Mapuches que usan celular y 4x4 en Loma de la Lata
Viven sobre un terreno de 9000 millones de dólares; son propietarios de esas tierras y reciben pagos por el uso del suelo
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LOMA DE LA LATA (Neuquén).- Gabriel Cherqui, hijo del cacique mapuche de los Kaxipayn, ha salido al patio de su casa. Lleva jeans americanos, borceguíes y una camiseta Topper, y del cinturón le cuelga un teléfono celular.
La casa es un rancho de madera y adobe en medio de la meseta patagónica. En el frente, insólitamente, están estacionadas cinco camionetas japonesas de 60.000 dólares cada una y, del techo, como un hongo blanco, emerge una antena parabólica de televisión satelital. En el aire flota un extraño olor a nafta.
Cherqui señala unos caños amarillos y laberínticos que entran y salen de la tierra, cincuenta metros más allá, y dice sin resignación: "Mire: éste es el precio que estamos pagando por el progreso. Vivimos sobre un polvorín y no sabemos cuándo va a estallar. Nos están destrozando la tierra, pero acá nos quedaremos..."
Esta postal surrealista de mapuches de celular y 4x4, viviendo en un territorio altamente contaminado del que no quieren irse, es hoy la que mejor sintetiza lo que es Loma de la Lata, una suerte de nueva Texas en la Patagonia neuquina.
Aquí, en un área de 2000 kilómetros cuadrados a una hora en auto desde la ciudad de Neuquén, está el yacimiento de gas más grande de la Argentina, capaz de abastecer por sí solo la cuarta parte del consumo del país durante los próximos 17 años.
Aunque parezca increíble, bajo el patio reseco y las paredes de adobe del rancho de los Cherqui espera una reserva de 175.142 millones de metros cúbicos de gas, que, puestos en el mercado mayorista, equivalen a unos 9000 millones de dólares.
El rancho está rodeado de chivos y gallinas que buscan su comida en el suelo árido. Como no hay agua potable, los bidones se apilan a un costado del patio de tierra, donde una anciana amasa pan sobre una mesa desvencijada. Unos cueros se secan al sol sobre un alambre vencido y los chicos juguetean a la sombra de un gran sauce. A la redonda, la tierra desierta está salpicada de cerros y matas duras; hacia el oeste, unas sierras bajas y rojas ponen límite al horizonte.
Este es el escenario donde hoy transcurre el viejo cuento del oro y la sangre. El gas es el oro para Repsol YPF, la empresa española encargada de la explotación del yacimiento y, al mismo tiempo, es la sangre para los mapuches. "Para nosotros -dice Gabriel Cherqui-, los hidrocarburos de Loma de la Lata son la sangre de la Madre Tierra."
El oro y la sangre. La contradicción parece difícil de resolver.
Expropiación y desarraigo
La de los 120 mapuches que de un día para el otro se encontraron viviendo sobre 9000 millones de dólares es una historia de desarraigos.
Hasta mediados de los años sesenta vivían en el norte de la provincia. Pero un buen día el gobierno descubrió que en sus tierras había minas, los expropió y les dio 6000 hectáreas en la Planicie Banderitas. Pasado el tiempo, cuando ya estaban instalados, alguien decidió que ese lugar era bueno para hacer dos lagos artificiales, y, antes de morir ahogadas, las familias Cherqui y Painemil tuvieron que tomar sus cabras y emigrar hacia el Oeste, hasta apretarse contra las sierras rojas.
Hace cinco años, los mapuches empezaron a percatarse de que el agua de pozo que tomaban en el nuevo asentamiento estaba contaminada por la explotación del gas y el petróleo, y descubrieron que algunos de sus hijos tenían un alto índice de plomo en la sangre.
Fue entonces cuando decidieron consultar a un abogado.
"Lo que han conseguido hasta ahora es que les dieron el título de propiedad de las tierras -dice el doctor Mariano Mansilla- y que el caso de la contaminación del suelo llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos." Como lo cuenta él mismo, Mansilla se especializa en opositores. Además de los mapuches, atiende a los piqueteros, los cortadores de rutas y a los combativos empleados del Estado provincial.
Pero los Cherqui y los Painemil tal vez sean sus mejores clientes.
"Todavía no se ha reclamado una cifra por compensación, pero suponemos que sólo por el daño ambiental pediremos unos 1000 millones de dólares", comenta. El cálculo se basa en un estudio hecho en Neuquén por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que en 1998 estimó en esa cifra el perjuicio causado al medio ambiente en toda la provincia.
"Hay que ver para creer -dice Mansilla-. Si en el terreno se hace un pozo con una pala y se le acerca un fósforo, la tierra se enciende. Y esto no sólo pasa en el campo, sino también en Añelo, el único pueblito de la zona."
Ni un peso de las petroleras
Añelo es un pueblo chato y de calles polvorientas, habitado por escasas 1500 almas. Tiene una estación de servicio sobre la ruta 7, una única calle pavimentada y un comedor que a las 14 -porque es la hora de la siesta- está cerrado a cal y canto.
Si alguna vez, por la cercanía con los yacimientos, soñó con ser el Dallas de Neuquén, enseguida volvió a la realidad. Norberto Izaza, de 29 años, es el intendente. "Yo no sé lo que pasa- se lamenta-, pero en Añelo nunca vimos ni un centavo de las petroleras. En todo el departamento hay tres campamentos grandes que en total tienen 2000 trabajadores, pero la plata no se la gastan acá."
Hace veinte años, cuando el boom del petróleo llegó a la zona, el pueblo se esperanzó sólo para decepcionarse luego. Desde 1980 hasta hoy, consiguieron que a la municipalidad y a la única escuela les donaran computadoras, y que las empresas dieran trabajo a unas 100 personas, lo que bajó a 30 el número de desocupados. Pero nada más.
"Necesitamos una autobomba", dice Izaza, "pero no la podemos conseguir. Por suerte, cuando hay un incendio ellos envían a sus bomberos para ayudar", dijo.
El pueblo le corresponde 1,3 millón de pesos de presupuesto anual y unos 60.000 mensuales de coparticipación provincial. Los que no están en las petroleras son empleados públicos o chacareros. La única novedad en los últimos tiempos fue la llegada de una particular inmigración: siete señoritas de Bahía Blanca, que llegaron para trabajar en el cabaret Millenium.
"Los petroleros vienen poco por acá", razona Izaza. "Cuando mucho, una o dos camionetas algunas noches, con hombres que vienen a ver si encuentran chicas."
Para el intendente, como miembro del Movimiento Popular Neuquino, sólo hay un consuelo para tanta frustración: "Pero es bueno para la provincia", dice. "Es bueno que las petroleras estén acá."
El negocio
Héctor Haag es el director general de Medio Ambiente de la provincia de Neuquén. Su despacho está sobre la calle Rioja, frente a la Casa de Gobierno, y su escritorio rebalsa de mapas, gráficos y estadísticas.
"La oposición critica lo que se va a llevar la empresa, pero para Neuquén el negocio es lo que queda", dice. Por la ley nacional de hidrocarburos, Repsol YPF tendrá que pagar a la provincia el 12 por ciento del gas de Loma de la Lata que venda. En el transcurso de diecisiete años, y si no se descubren nuevas reservas, será una cifra cercana a los 1000 millones de dólares.
Para Haag, la parte del león para Neuquén serán la mano de obra que se ocupará, los asentamientos de la empresa en la provincia y lo que vaya quedando de inversión.
"Esta es la gran riqueza que tenemos acá", se entusiasma. "Neuquén produce casi el 30 por ciento de todo el petróleo que se extrae en el país y casi el 50 por ciento del gas. Para Repsol, la explotación de Loma de la Lata es un negocio fantástico, pero lo dimos porque no lo podíamos hacer nosotros. La provincia no puede hacer la inversión necesaria para la extracción, y ni siquiera se podría hacer una prospección seria."
Sobre la oposición al proyecto y las denuncias de contaminación de los mapuches, Haag tiene una opinión decidida: "Las cosas se están haciendo como se deben, y la provincia está supervisando todo el trabajo. Se está cuidando el patrimonio histórico de los indígenas, y si hay daño ambiental, se va a reparar".
Además, según Haag, a los mapuches no les va tan mal. "Vaya y véalo usted mismo. Andan en 4x4, usan celulares y no aceptan el trabajo que les ofrece la empresa. También se están haciendo construir casas..."
Desde que descubrieron que viven sobre un bolsón de 9000 millones de dólares, las comunidades Kaxipayn y Painemil han comenzado a prosperar.
Reconocidos legítimamente como dueños de la tierra, las empresas petroleras tienen que pagarles por el uso del suelo. Repsol le paga un adelanto de 30.000 dólares por mes a cada comunidad, y en casos concretos de perforaciones, se estipula un dinero extra. Además, cobran una especie de alquiler por el paso de cañerías por sus campos.
Del suelo para arriba, la tierra es yerma, seca, desahuciada. Del suelo para abajo se ocultan 9000 millones de dólares. Los mapuches de celular y 4x4 son la síntesis de esa paradoja.
Lo de siempre: es el viejo cuento del oro y la sangre.





