Martha Argerich: "¿Si me siento argentina? Sí, por supuesto, pero en esta vida uno pertenece a todos los lugares"
La pianista, quien raramente concede entrevistas, en 1969 dio ésta junto a Charles Dutoit, director de orquesta y por entonces su marido. Se refiere a sus intereses musicales y a sus admirados Bartok, Rubinstein y Abbado, entre otros
1 minuto de lectura'

Del archivo
Esta entrevista fue publicada en LA NACION el 21 de julio de 1969. La pianista se presentará el 17 en el Centro Kirchner y luego en el Colón.
Un genio? ¿Un prodigio? Pero no, por Dios, esa palabra no se me puede aplicar a mí, ni a casi nadie; ¿no le parece que es un término del que se ha abusado, del que se abusa permanentemente? Creo que en cierto modo se está volviendo al romanticismo, a una idealización del intérprete que ni siquiera conocieron los grandes compositores...No hay que exagerar: lo que se requiere es una cierta sensibilidad, imaginación sonora, fuerza de expresión, sensibilidad receptora, pero no somos creadores...
Martha Argerich rechaza toda alusión al mito que de ella pueden haberse creado los argentinos, habla de sí misma como si fuera la primera vez que se somete a una entrevista, con una sencillez que desmorona en un instante todas las leyendas creadas en torno de su temperamento o su vida privada.
Las preguntas referidas a esos temas la sumen en una suerte de perplejidad divertida. Sentada en un diván en la sala de su departamento en la calle Uriburu, donde lo único que parece pertenecerle es el piano, entronizado en medio de un conjunto heterogéneo de cuadros y de muebles de estilo francés, todos revestidos de esa vaga impersonalidad que transmiten los ambientes de los que viven haciendo y deshaciendo valijas, escucha con atención, clavando en su interlocutor una mirada aguda, inteligente.
"No, no es cierto que rehúya al periodismo", dice. "Lo que ocurre es que trabajo, tengo que trabajar permanentemente, y, en este caso, piense que al llegar a Buenos Aires me encuentro con toda mi familia, mis amigos, la gente que conozco; también tengo que ocuparme de ellos. No hay otro motivo."
"Neurótica, partidaria de un despreocupado existencialismo", han dicho alguna vez de ella los periodistas. Parecerían palabras que nunca ha escuchado. Sonríe, y ante la duda se vuelve esta vez, y otras cien durante la entrevista, hacia su marido, el director de orquesta Charles Dutoit. Aparta la mirada y parecería que repentinamente se aislara, con ese aire entre remoto y ausente con que a veces impresiona desde la platea. "Es la miopía -explica-, nada menos que seis dioptrías..."
Sin abandonar por un minuto el cigarrillo, se interrumpe para disparar preguntas o transferir respuestas a su marido. Entre ellos se entabla un diálogo en francés salpicado de un castellano que pronuncia cantando suavemente algunas sílabas: es casi un contrapunto, entrecortado por la risa de ambos, y que exige al que lo escucha un ritmo de atención que quita el aliento.
Dutoit, de aspecto atlético y casi cinematográfico, vestido con corderoy, polera y saco de tweed, aclara: "No, no tiene mal carácter. ¿No ve que es adorable? Quizá simplemente un exceso de imaginación, que a veces le hace confundir la realidad con la fantasía".
-¿Tendrá relación con esto su signo nativo de Géminis?
-No sé -explica Martha-. Yo creo que todos somos poco o mucho duales, sólo que los geminianos hablamos más de ello. Además, siempre se dice que tendemos a cambiar de profesión y yo no tengo más que el piano, únicamente el piano. [Ésa es su vida desde que a los dos años y medio regresó del curso de jardín de infantes, se sentó al piano a tocar "London Bridge is falling down" y alertó a su madre, que desde entonces supervisó la primera etapa de una carrera excepcional.] Un verdadero geminiano fue Schumann, por quien siento en este momento una admiración profunda; su obra y su vida son las de un hombre desgarrado por la dualidad.
Schumann encabeza su preferencia en este momento. "Pero tengo períodos de interés marcado por un creador", agrega. "Actualmente me ocurre con Beethoven. ¿Los modernos? Bartok, Stravinsky, Prokofiev? Pero no tengo demasiado tiempo para estudiar cosas nuevas. Quizá se deba a eso, y a que soy muy haragana, el que no tenga más música argentina en mi repertorio. Pero no faltará, creo que en breve.
-¿Sus preferencias entre intérpretes?
Muchísimos. Schnabel y Rachmaninov, entre los que lamentablemente no he conocido personalmente; Sviatoslav Richter y Rubinstein, entre los que he oído. Hace pocos meses conocí a Rubinstein, y fue una experiencia inolvidable. Yo tocaba en La Haya y él en Rotterdam. Fui a escucharlo y esa noche lo vi comiendo solo en la mesa de un restaurante. Me dio vergüenza acercarme a pedirle un autógrafo, pero cuando lo hice se quedó sorprendidísimo "Yo creí por sus fotos que usted era una mujer mayor, y de aspecto tenebroso", me dijo. [Esto les produce a ambos una gracia infinita.] Le mentí sobre mi concierto, porque no quería que me escuchara en una noche que tocaba un repertorio nuevo -entre otras cosas la Sonata 101 de Beethoven-, pero fue de todos modos, de incógnito. Pero lo maravilloso, lo increíble, es escuchar a este hombre de ochenta y tantos años tocar tranquilamente cinco noches en la semana, sentir esa juventud, esa frescura intacta que en la mayoría de las personas suele estacionarse alrededor de los 30 años. No conozco a nadie que tenga ese humor, esa inteligencia, esa universalidad. Me dijo que está escribiendo sus memorias, pero que casi no tiene tiempo para hacerlo.
El diálogo gira de intérpretes a directores. Martha menciona a los jóvenes: Claudio Abbado, Sergiu Commissiona "y Charles, por supuesto?". Dutoit agrega, con un énfasis nervioso que acompaña sus gestos y palabras:
-Pero no nos olvidemos de los grandes, los mayores, de antes y de ahora: Furtwängler, Münch, Solti, Karajan: en los seis meses que fui violista bajo la conducción de Karajan aprendí más que en cualquier aula.
Nacido en Lausana, Dutoit estudió allí y en Ginebra violín, viola y percusión, antes de dedicarse de lleno a la dirección.
-Y Ansermet. Fue la gran figura de nuestro país y un hombre por muchas razones singular. Su famoso libro, Fenomenología, es discutido, creo que con razón, pero no por eso deja de ser altamente respetable: ha influido mucho sobre nuestros gustos y la manera de abordar la profesión.
Dutoit es actualmente titular de la Sinfónica de Berna, donde reemplazó a Paul Klecki, y codirector en la Tonhalle de Zürich. Dirige con frecuencia en otras ciudades, Londres, París, Munich, Belgrado, Bucarest? Fue durante una de esas presentaciones cuando se conocieron.
-Era mi primer concierto -rememora-, con la Orquesta de Cámara de Lausana; ella debía tocar como solista el Concierto en Sol, de Ravel. El debut me tenía muy nervioso, y como mi solista no llegaba, la hice llamar: me respondió que estuviese tranquilo. Se presentó la noche anterior al concierto, cuando no quedaba más tiempo para el ensayo. Me llamó la atención que se fuera a dormir a las 9, cuando entre todos nosotros lo habitual era empezar a preparar spaghetti a las 4 de la mañana. Después del concierto, que felizmente transcurrió muy bien, me confesó que tenía olvidada la obra y se había ido con la partitura a la cama para memorizarla. Menos mal que no lo supe: no habría podido dormir ni dirigir.
A Martha esto le produce el mismo efecto que un cosquilleo: se echa a reír inmediatamente, alisándose con las manos ese descontrolado pelo negro suyo, como de gitana, y explica que, inevitablemente, entre encuentros y desencuentros, volvieron a verse varias veces.
Los viajes y los públicos son otro tema que los apasiona. A pesar de que mantienen su casa en Lausana, coinciden en elegir París como lugar ideal para vivir, "aunque si se tratara solamente de belleza y no de conveniencia -acota Martha- nadie me movería de Venecia o de la comarca toscana". Dutoit agrega:
-La música nos deja poco tiempo para hacerlo, pero nada me entusiasma tanto como conocer países, buscar la aventura. Creo que conozco ya la mitad del mundo; hasta he remontado el Amazonas. Esta es, en verdad, mi cuarta visita a Buenos Aires; lo que ocurre es que en las dos primeras mi nombre no figuraba en los programas. Vine como primera viola del Collegium Musicum Helveticum, una orquesta de cámara que dirigía Richard Schumacher.
Esta visita, sin embargo, no lo deja del todo satisfecho.
-La organización debería mejorar, y la orquesta (la Sinfónica Nacional) no se encuentra en buenas condiciones, aunque me comprometo a que con dos meses de trabajo continuado este conjunto aparezca transformado. Pero lo malo es otra cosa: ¿cómo es posible que se den los conciertos en una sala que no reúne las exigencias mínimas (el Coliseo), y que no se cuente en esta ciudad con una buena sala? Además los ensayos son trabajosos, a veces faltan hasta treinta instrumentistas. Luego, un breve ensayo general en la sala del concierto; los músicos no se oyen entre sí, no hay posibilidad de equilibrio sonoro...Por otra parte, yo preparo mis programas con dos años de anticipación; mando aquí mis proyectos y nadie me responde. No puedo traer material, puesto que no sé qué tocaremos, y a mi arribo me entero de que lo que he propuesto, por una u otra razón, no puede figurar. Así, evidentemente, el rendimiento ha de ser inferior por parte de todos.
De aquí viajarán a Suiza, luego Martha intervendrá como solista con orquesta en el Festival de Edimburgo y de allí a Persia, donde transcurrirán sus vacaciones, preludio de una extensa gira que los separará durante algunos meses. Pero volvemos a Buenos Aires. Aquí nació Martha hace 28 años. En el escenario del Astral tocó por primera vez, como solista, a los 5 años, y en el Colón a los 11. Le preguntamos cuál es su reacción ante la acogida triunfal que le han brindado el público y la crítica.
-Siempre he sentido le trac y tuve miedo antes de salir al escenario la noche del primer concierto, pero ya no lo sentí la segunda vez. Usted sabe, hay algo tan variable en los públicos: la comunicación se advierte inmediatamente, y es recíproca, pero también depende de cómo esté uno, de cómo se siente consigo mismo en ese instante. Creo que el de Buenos Aires es, para mí, uno de los públicos más cálidos. El de Buenos Aires y el de París, probablemente. Hay otros tradicionalmente fríos, como el holandés, cronométrico hasta en el aplauso. En cuanto a las críticas? son personales, cada una vale por sí, no pueden encerrarse en una apreciación global. ¿Si me siento argentina? Sí, por supuesto, pero en esta vida uno pertenece un poco a todos los lugares. Ahora estoy leyendo a Cortázar, y me encanta. Pero quizá también tenga algo de española. Me encanta el flamenco. ¿El jazz? También; Miles Davis, muchísimo, Gerry Mulligan, Ella Fitzgerald, Thelonious Monk.
No es tan sencillo hacer hablar a Martha Argerich de sus éxitos en Europa; de los concursos ganados -el Internacional de Bolzano, el "Ferruccio Busoni" de Ginebra y, hace cuatro años, el célebre Concurso Internacional Chopin de piano en Varsovia-; de actuaciones memorables como su primera presentación en La Scala de Milán, como una de las solistas más jóvenes de su historia; el concierto tocado ante Paulo VI en el Vaticano; el homenaje que recibió en Poznan, cuando al término del concierto una sala fervorosa le cantó el "Stala Iat" (que viva cien años), tributo que únicamente había recibido antes Rubinstein, al volver a su país luego de una ausencia de 25 años.
Inmediatamente se coloca unos anteojos verdosos y murmura: "Hace mucho tiempo de todo eso", como si se tratara de otra persona, y se pone de pie anunciando que es la hora del ensayo.
Martha Argerich y Dutoit caminando por la calle son como dos chiquilines enamorados: se abrazan, se ríen de todo, encienden y apagan cigarrillos, vuelven a encenderlos, se toman de la mano, incluyen a sus ocasionales interlocutores en sus complicidades y sus bromas. "Creo que me enamoré de Charles -dice- porque cuando lo conocí me hizo reír durante tres horas seguidas."
Pero en el momento de entrar en la sala de ensayos de Radio Municipal se quita el tapado, se sienta al piano y es como si se desvaneciera de su cara todo rastro de esa despreocupada naturalidad. Esta es Martha Argerich tocando. El piano habla por todo lo que ella no ha dicho antes, y los espectadores guardamos silencio.
Bio
Profesión: pianista
Edad: 74 años
A los 4 años dio en el Teatro Astral de Buenos Aires su primer concierto. Eran los tiempos en que estudiaba con Vicente Scaramuzza. Todo cambió cuando conoció a Friedrich Gulda y estudió en Viena. En 1965 ganó el primer premio del Concurso Chopin. Su repertorio es restringido y graba poco y con amigos, pero basta para que sea la gran pianista de esta época. Nocturna, patológicamente tímida e increíblemente audaz, Argerich consiguió el milagro de crecer sin dejar de ser niña
Alberto Emilio Giménez y Susana Pereyra Iraola
- 1
Logro en Luján: trasladan a un santuario a los dos osos que quedaron a la deriva en el exzoo junto con otros 60 animales
2Hay alerta amarilla por tormentas y vientos para este lunes 23 de febrero: las provincias afectadas
3La enigmática visita de “MBZ”: el exclusivo complejo a una hora de Bariloche donde se alojaría el emir de Abu Dhabi
4Detox digital: el tratamiento que recomiendan para adolescentes con excesiva dependencia de las pantallas





