Más trabajo bajo tierra en la Capital
Artistas, lustrabotas, constructores y choferes de subtes pasan gran parte de su vida en los túneles
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En los túneles de la ciudad, subterráneos, galerías comerciales y obras en construcción trabajan 2750 personas que no ven el sol, pero que desempeñan tareas similares a sus pares de la superficie.
Bajo el asfalto metropolitano conviven lustrabotas, galeristas, artistas, kiosqueros, conductores de trenes subterráneos y hasta enfermeras que toman la presión de los transeúntes.
Tienen códigos propios, a veces pierden la noción del tiempo y deben adivinar cómo se comporta el clima observando la vestimenta de quienes bajan a las entrañas de la ciudad. Sin embargo, la mayoría eligió ese submundo tan particular.
Hay un mundo debajo de la ciudad
Debajo del asfalto,-como dice Sandra Mihanovich- existe un mundo distinto, con códigos y una cultura propia que hacen de la vida subterránea un sitio único para quien trabaja o pasa gran parte de su vida bajo tierra. Y cada vez son más, en razón de las obras que se llevan a cabo debajo de la ciudad.
En la Capital Federal, 2750 personas se desempeñan en tareas disímiles pero con un factor en común: su labor se realiza a decenas de metros de la superficie, ya sea en los subterráneos de Metrovías, las obras de Aguas Argentinas en construcción o los negocios.
Cada uno de ellos cumple las mismas funciones que un colega suyo en la superficie, pero destacan que la vida allí tiene un atractivo especial, que en la mayoría de los casos no cambiarían por nada en el mundo.
Personas y vías que se cruzan
Los 35 kilómetros de extensión de los rieles de los subtes de Buenos Aires se entrecruzan una y otra vez. La gente pasa y parece distraída, apurada, como si corriera al tiempo.
Sin embargo, más de uno se hace un minuto para lustrar sus zapatos en el legendario "salón de lustrar" Diagonal -como gustan llamarlo sus encargados-que se encuentra en la intersección de las líneas C y D entre las estaciones 9 de Julio y Carlos Pellegrini.
Allí el lustre es más que un trámite para mejorar el aspecto de los zapatos, involucra todo un ritual que Antonio Véspoli, de 63 años y 29 en la profesión, conoce muy bien.
"Tinta, pomada, cepillo y trapo" repite Antonio como en un rezo, y agrega "es el mejor laburo que hay, hablás con el rico y el pobre, conocés gente, mucha gente . . . ah, también hay habitués".
Justo Manrique, quien comparte lustradas desde hace doce años y viaja desde Moreno cada mañana para cumplir religiosamente su horario de 7 a 18 , completa: "Antes éramos seis, pero ahora sólo quedamos dos, por la disminución del trabajo." Y aclara que lo único molesto que tiene su trabajo es el aire viciado que respira diariamente.
Si de arte se trata, nada mejor que pasear por los túneles situados debajo del Obelisco. Allí rasga las cuerdas de su guitarra Miquel, un español de Barcelona que con veinticinco años desembarcó en nuestro país, atraído por una argentina. "Se paran pocos, la gente piensa con los pies, la gente va donde van los pies, los pies los mandan, me imagino que será el trabajo", dice pausadamente y con un inconfundible acento que delata su origen.
Está molesto y no lo disimula. Desde hace tiempo mantiene una ardua lucha con un policía, a quien él le dice jefe. No lo dejan tocar su guitarra porque lo consideran mendicidad. "Las leyes en Barcelona son más flexibles -aclara-, se puede tocar con más libertad. Si no fuera porque me gusta la sonoridad que tienen estos túneles, ya me habría ido a otra parte".
"Te acordás hermano..." un reducto para coleccionistas de material gráfico y fílmico del 1800 en adelante, está a cargo de Gabriel, un joven de 22 años, que manifiesta no encontrar diferencias entre trabajar ahí abajo o dentro de una galería.
Contrariamente a lo que se podría pensar, Gabriel se encuentra muy a gusto entre los discos de vinilo, postales antiguas, libros y objetos que tienen su propia historia.Se ocupa de la venta, compra y canje, y asegura que muchas personas a pesar de su apuro, se detienen a recordar, aunque sea por un instante, parte del pasado popular.
Un servicio a la comunidad
Ester Margarita Agüero se encuentra sentada en su puesto de la Cruz Roja, a la salida de la estación Carlos Pellegrini. Es una enfermera de la filial Villa Crespo que se pasa entre seis y siete horas a la espera de toda persona que quiera controlar su presión.
De 72 años, viuda y sin hijos, considera su trabajo como una terapia y un servicio que brinda a los demás: "La gente va cambiando, generalmente. Cuando se sientan cuentan sus problemas y yo trato de ayudarlos".
Al relatar su tarea se emociona y agrega que "la edad es según como se siente uno, hay gente joven que se quiere suicidar, en cambio yo elijo vivir".
Trabajos no tan gratos
Tal vez uno de los trabajos menos conocidos sea el llevado a cabo por los empleados de Aguas Argentinas. Antes de descender a controlar las cloacas, deben tomar las precauciones necesarias para asegurarse de contar con el oxígeno requerido, los elementos de protección adecuados para la tarea que vayan a realizar y que esté correctamente colocado el "cabo de vida", vínculo o nexo con la superficie que puede ser una soga con un arnés, para un eventual rescate.
Mientras tanto, en medio del polvo, y ajeno al tráfico que se desplaza encima suyo, José Aranda maneja con maestría su soldador autógeno. Es un albañil de piel morena y agrietada por el trabajo, que actualmente se encuentra en una obra a unos diez metros bajo tierra.
Junto con él, otras 300 personas pasan diez horas por día debajo de la tierra, con una hora de intervalo para comer.
En muchos casos las empresas constructoras prefieren personas de nacionalidad boliviana o chilena, porque según explican, "son más pequeños y están acostumbrados a este tipo de trabajos" ya que muchos de ellos trabajaron en las minas. Fichan en la sede de la empresa contratista y los llevan y traen en camiones.
No todos están acostumbrados a trabajar en este tipo de condiciones: poca ventilación, poca luz y mucho esfuerzo. Algunos están en la obra para realizar terminaciones, como los ceramistas o decoradores, pero los excavadores y colocadores de hormigón son expertos bajo la tierra y no conciben otro tipo de ocupación.
"No hay nada nuevo bajo el sol", dice en el Eclesiastés. Sin embargo,, todas estas personas coinciden que todavía queda mucho por descubrir debajo de la tierra.
No tienen noción del tiempo ni del clima
Costumbres: por el aspecto de los pasajeros de subterráneo o de quienes visitan las galerías, los que pasan sus días abajo adivinan cómo está afuera; hay verdaderos especialistas en descifrar sus códigos.
Quienes pasan la mayor parte de su vida bajo el asfalto manejan códigos diferentes a los que ven el sol a diario. Uno de ellos consiste en el poder de observación, que muchos de ellos agudizan.
"Se pierde totalmente la noción del tiempo. Al principio cuesta acomodarse. Para saber si el día está feo, nos fijamos si los pasajeros vienen con pilotos o paraguas. Le prestamos mucha atención al aspecto de la gente que viaja, así nos formamos una idea de lo que pasa afuera", dice Roberto Viancheta, conductor de subte de la línea C desde hace poco más de un año.
"En realidad, para estar bajo tierra hay que acostumbrarse", aclara rápidamente Juan Lado, a quien podría nombrarse especialista en vida subterránea, ya que 22 de sus 50 años los pasó bajo tierra.
Llamado de las cavernas
Juan trabajaba frente a una estación de subte y un buen día decidió que su lugar estaba allí. Pasó por todos los puestos: fue peón, boletero, guarda, y conductor antes de llegar a ser lo que es hoy: conductor especializado.
El se encarga de realizar las maniobras más riesgosas y de preparar los coches que luego utilizarán los distintos conductores de las líneas de subterráneos.
"Cuesta acomodarse, pero después no notás muchas diferencias, no te sentís distinto de los demás comenta Roberto.Tal vez yo lo sienta más en esta línea. Antes trabajaba en la B que va a Federico Lacroze. Allí se realizan maniobras de cola, es decir, salís a la superficie por una rampa, y de esa forma sabía si había sol o estaba nublado. Nosotros allá esperábamos ese momento, porque abríamos las puertas, entraba aire y se oxigenaba un poco. Acá es distinto".
Hablando del clima
Sin embargo, todos los que conviven con la oscuridad de los túneles se las ingenian para saber mínimamente qué pasa en la superficie.
Las distintas líneas permiten interpretar los fenómenos climáticos. Por ejemplo, en caso de que el día esté húmedo, en la B se percibirá más calor que en la C porque se encuentra más abajo, mientras que en un día seco la temperatura se hace sentir en la C porque sus túneles son los más angostos. Por su parte, la línea A es la más codiciada, ya que en invierno permite usar un suéter.
No creen que su trabajo sea monótono, "siempre hay algún pasajero que te divierte con sus quejas", dicen. Y aseguran que así como ellos recibieron una capacitación para desempeñarse correctamente, los pasajeros también deberían recibir instrucciones para aprender a viajar.
Ninguno de ellos se siente diferente por trabajar unos metros bajo tierra, dicen que su trabajo es así y lo aceptan con naturalidad.Tal vez los más sorprendidos sean sus hijos, que más de una vez quieren ir a trabajar con ellos, y a la hora de los paseos, eligen indefectiblemente el subte.
Según cuenta Roberto, su hija Micaela, de tres años, cada vez que ve un subte, sea real o de juguete, repite "papá, que tren que tren, papá maneja el que tren que tren".
La oposición entre la luz y las tinieblas
"Legendariamente, la vida subterránea constituye un mito o una leyenda", explica Nicolás Casullo, sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA), a quien La Nación consultó.
A lo largo de la historia, la vida bajo tierra es un tema recurrente en varias civilizaciones.
En la mitología griega, aparece recién después de la muerte y ni siquiera los dioses tenían acceso a ella. Mientras que en el 1500, el artista, inventor, diseñador y constructor Leonardo Da Vinci diseñó una ciudad utópica, con una línea divisoria entre la superficie y las profundidades.
A aquellos que poseían menos recursos intelectuales o económicos los ubicaba debajo de la tierra, sólo los privilegiados podían ver el sol.
En los tiempos modernos, tomó gran importancia el trabajo subterráneo por las penurias y tragedias de los mineros, cultura de sufridos trabajadores del carbón y de los metales.
Los años sesenta dieron lugar a las grandes luchas de los trabajadores de las minas, que adoptaron posturas de izquierda y paralizaron la actividad. Siempre estuvo ligada a la pelea por las reivindicaciones sociales y las mejoras en las conidicones de trabajo.
"Fundamentalmente, agrega Casullo, es un signo. Implica penurias y oscuridad, una oposición luz-tinieblas, una relación poco clara entre la vida y la muerte, allí parece no haber telas divisorias."




