
Muchos universitarios escriben con dificultades
Bajo nivel: la mayoría no sabe interpretar un texto académico; el 40% no puede redactar por incapacidad para encadenar conceptos.
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A la tan conocida como alarmante realidad de que los chicos de hoy leen poco y escriben menos se suma ahora otra luz roja.
Los resultados de una investigación realizada por la Universidad de Buenos Aires entre 2000 alumnos del CBC que aspiran a seguir carreras humanísticas o relacionadas con las ciencias sociales, demuestran que los estudiantes que llegan a la universidad tienen severos problemas para comprender textos acádemicos y tambien para expresarse a través de algo tan antiguo -y elemental, si se quiere- como la escritura.
El estudio revela asimismo que los estudiantes tienen serias dificultades en escribir un texto de mediana complejidad, algo que en esos claustros debería ser moneda corriente. El 40 % de los que participaron en la muestra no puede conferir a sus escritos una orientación global, ni tampoco integrar sus diferentes partes. Según especialistas consultados por La Nación , estos chicos desconocen que hay un código específico de la escritura, diferente del oral, razón por la cual no pueden redactar textos coherentes y organizados.
Graves dificultades para leer y escribir
Buena parte de los jóvenes que egresan de la escuela media elaboran textos incoherentes y estudian sin actitud crítica.
Los estudiantes que ingresan a la universidad tienen graves problemas para comprender los textos académicos y también para expresarse mediante la escritura. A esta conclusión arribó un equipo de especialistas del programa de investigaciones de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Buenos Aires (UBA CyT), que está estudiando las capacidades de los alumnos del Ciclo Básico Común (CBC).
Una de las principales fallas detectadas, por medio de las pruebas planteadas en la investigación, fue la escasa o nula revisión de los escritos por parte de los estudiantes: una vez que redactan un texto, ya no se toman la molestia de releerlo. Esto apareció en el 44%de los casos analizados.
El universo analizado, a partir de una muestra representativa, abarcó a 2000 alumnos.
Además, el trabajo reveló que la mayoría de los estudiantes escribe sin planificar lo que va a redactar. En el 80% de los casos apareció un índice que delata la ausencia de un plan textual: ese porcentaje de alumnos no le asigna al primer párrafo de sus trabajos una función de introducción al tema.
También se observó, en más del 40% de las pruebas escritas, la falta de una orientación global y definida de los argumentos y la ausencia de integración entre las diferentes partes y párrafos del texto.
La investigación hizo foco en los alumnos del CBC que concurren a los talleres de lectura y escritura que incluye la materia Semiología. Esta asignatura es obligatoria para quienes desean cursar, en la UBA, humanidades o ciencias sociales.
Entrevistada por La Nación , Elvira Arnoux, lingüista y directora del equipo del UBA CyT que tuvo a su cargo el trabajo, comentó que la investigación puso énfasis en la manera de escribir de los estudiantes porque "los problemas de la lectura aparecen en la escritura".
Y explicó que los alumnos "tienen serias dificultades con la lectura y la escritura. Les resulta muy difícil comprender y organizar un texto que responda a las características que pide la universidad, es decir, textos básicamente expositivos y argumentativos, en los que se discuten diferentes posiciones y luego se asume una".
Los protagonistas
Desde las aulas, la perspectiva de los protagonistas, profesores y alumnos, no es muy distinta. Emiliano Parella, un estudiante de geografía que acaba de finalizar el CBC, contó a La Nación : "Particularmente, no tuve problemas al cursar, pero a muchos de mis compañeros les resultaba complicado comprender el vocabulario de los textos y les parecía mucho lo que había que leer. Además, los profesores siempre se quejaban por la mala redacción y los errores de ortografía".
Por su parte, Oscar Steimberg, profesor de semiótica -la ciencia que estudia los signos- en la UBA, aseguró que percibe grandes dificultades para leer y escribir en muchos de sus alumnos.
"Hay dos aspectos que inciden en esas habilidades: el ejercicio escolar y la estimulación temprana en el hogar -dijo Steimberg-. Muchos padres exigen a sus hijos que se esmeren en el estudio pero, si no existe un entrenamiento familiar en la percepción y discusión, ya sea de libros o películas, los chicos no pueden desarrollar su capacidad crítica y será inútil que se esfuercen en la escuela."
Una opinión similar sostuvo la directora del Departamento de Ciencias del Lenguaje de la Facultad de Medicina (UBA), Edit Labos, aunque destacó también el papel decisivo de la escuela: "El tipo de lenguaje necesario para leer y escribir en la universidad -el discurso científico- no se usa cotidianamente. Por eso, es fundamental la formación escolar, que puede comenzar desde los ocho años."
Universidad y escuela
Frente a las ejercicios propuestos por el estudio del UBA CyT, salvo el 11% de los alumnos que no logró construir ningún escrito, el resto produjo textos muy pobres y elementales.
"Muchos alumnos escriben como si estuvieran hablando -dijo Arnoux-. No saben que hay un código específico de la escritura, diferente del oral."
La lingüista reveló, por otra parte, que los estudiantes que llegan a la universidad, en su mayoría, "leen superficial y literalmente. Cuando se enfrentan con un texto que incluye citas de varios autores, cerca del 30% no reconoce quiénes escribieron los distintos enunciados. Y, a menudo, leen sin tomar en cuenta el contexto en que la bilbiografía fue escrita".
En el mismo sentido, afirmó que, cuando estudian, los alumnos hacen lecturas acríticas y casi siempre orientadas a la retención de datos.
El dato esencial que logró identificar el estudio del UBA CyT es que los estudiantes llegan a la universidad sin haber acopiado, en la escuela, una práctica sistemática de la escritura.
Ana María Bellusci de Elaskar, profesora de lengua y literatura en el colegio Nuestra Señora de la Misericordia, de Belgrano, aseguró que los alumnos "traen muchos problemas desde su primera formación en el hogar y en la escuela primaria. Y esas dificultades no se pueden solucionar en la secundaria, porque no hay tiempo para hacer un trabajo personalizado".
Las conclusiones del informe del UBACyT señalan que, mientras la enseñanza media privilegia los trabajos de reproducción y síntesis de la información, la universidad apela a la presentación de escritos que requieren operaciones más complejas, tales como el reconocimiento de problemas y su resolución por comparación.
"La enseñanza media -advirtió Arnoux- no suele tener un espacio para ejercitar la escritura en general. Esa tarea es necesaria para lograr una buena preparación para la universidad." Consultado por La Nación acerca de este tema, el secretario de Educación porteño, Mario Giannoni, reconoció la existencia de dificultades en la lectura y escritura, y afirmó que la escuela media "tiene que adecuarse a las exigencias del mundo moderno". Para él, el problema no sólo se debe a las fallas de la enseñanza media, sino a la cultura de la imagen, que ha crecido en detrimento de la letra escrita.
Una realidad previsible
Me alegra que se enciendan las alarmas. Que se prendan muchas luces rojas y las chicharras atruenen. El nivel cultural de nuestros jóvenes asusta. Y cuando recorren las universidades, asusta más aún. Muchos graduados deben empezar de nuevo, si quieren competir con éxito. Las excepciones, como siempre, no impugnan las reglas.
La información que aquí se brinda puede ser ampliada o perfeccionada, pero describe el sombrío panorama que, con un mínimo de objetividad, cualquiera descubre.
Hace rato que se ha dejado de prestar atención al entrenamiento de los estudiantes en materia de lectura y escritura. Ha predominado la inercia y la irresponsabilidad.
Se suponía que bastaba con dejar pasar el tiempo, jugar a la espontaneidad, creer que la tecnología reemplazará al caduco instrumento de la palabra.
No es así.
Y cada vez lo será menos.
Es necesaria la palabra oral y, con ella, la palabra escrita. La oral aprende de la escrita, la escrita de la oral. Tener un léxico amplio y la capacidad de construir frases correctas no es sólo un don con el que algunos nacen, sino la cualidad que la mayoría desarrolla con la gimnasia mental.
El descuido de la palabra deteriora la capacidad de pensar, bloquea los caminos de la abstracción y convierte a las neuronas en callos plantares.
Hace tiempo dije que la irrupción del teléfono sentenció a muerte a uno de los géneros literarios más ricos y caudalosos, como era el epistolar. Las cartas eran el repositorio de infinitas teorías científicas y filosóficas, de secretos militares y pasiones del corazón.
Las cartas dejaron de escribirse cuando la palabra oral pudo transmitirse a puntos lejanos. Ahora, sin embargo, el género epistolar resucita milagrosamente bajo la forma del fax y el correo electrónico.
La informática exige
La informática compite parcialmente con los libros, pero no con la escritura. La insomne pantalla obliga a leer y escribir. A comprender lo que se lee y a escribir con calidad. Son exigencias del mundo que se viene y que no cesarán en el mediano plazo.
Quien escribe con errores de ortografía, con ignorancia sintáctica, con falta de orden y graduación, revela sus falencias, aparece lamentablemente desnudo.
Gracias a las formidables redes que circunvalan el planeta nos comunicamos con gente a la que jamás encontraremos en forma personal. Pero es gente que nos evaluará de inmediato, según el texto que le enviemos.
Es hora de que se tome en serio el grave déficit que abruma a nuestros jóvenes -y profesionales incluidos- en el campo de la lectura, la comprensión de textos, la crítica de formas y contenidos. Y que se realice un permanente entrenamiento de la escritura, para ponerlos en condiciones de enfrentar sus desafíos. A mi juicio, la espontaneidad no siempre favorece la creatividad, sino que encubre la pereza o ignorancia del que enseña.
Poca lectura
Los problemas de los estudiantes, cuando de leer o escribir se trata, no son ajenos a la escasa afición por la lectura.
En la Argentina, las cifras al respecto no son alentadoras. Según una encuesta realizada en 1997 por el Centro de Estudios Unión Para la Nueva Mayoría, el 46% de los mayores de edad -entre quienes se encuentran los que ingresan a la universidad- lee entre uno y tres libros por año.
En el mismo lapso, el 38% de los adultos lee cuatro o más obras, mientras que el 16% no abre ni un sólo libro.





