Nadie entra en la villa de emergencia San Jorge
Es una zona muy peligrosa
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Tres muchachos que visten ropa deportiva y calzan zapatillas de más de 100 pesos cruzan las vías del ex ferrocarril Belgrano, de espaldas a la villa San Jorge, y se detienen. Escrutan, con ojos duros, a los periodistas que están parados a unos 50 metros, frente al country El Viejo Vivero, en Don Torcuato, donde vive Juan Román Riquelme.
"Que tengan cuidado. El barrio está pesado, ahora. Y más si quieren entrar con la yuta (por la policía). Hoy vino uno de la tele con la yuta . Como vino, se fue", dice Gastón, de 19 años. Por algún motivo, ahora Gastón exhibe un dragón y un león que tiene tatuados en la espalda.
Y sigue: "Hoy el bajo de la villa está de fiesta, porque apareció El Chanchi; así le decimos al Cristian. Pero no conviene entrar, porque los de la parte alta están picantes ."
Los Riquelme son del sector bajo. Todos viven allí: papá Ernesto, mamá María Ana y los nueve hermanos de Juan Román, que se fue de la villa pero sólo un poco: se instaló del otro lado de la vía.
Ese sector de la villa se mantuvo en vilo durante las 29 horas que Cristian estuvo cautivo: "No me podía dormir, anoche. Teníamos miedo de que lo mataran. Su hermano Román es muy bueno con la gente y nadie quiere que le pase nada a la familia", dijo una amiga de los tres muchachos que acaba de salir de la villa.
El Gallo, un sujeto macizo de 20 años y ojos de obsidiana, agrega: "Para el Día del Niño, Román compró asado para todo el mundo. Y mirá que somos como 2000 pibes en la villa... Si le pedís plata, siempre te presta. Se porta bien con la gente."
El diálogo discurre lentamente, a cuatro metros de las vías, y el cielo se cubre de nubes. Un relámpago. Algunas gotas crepitan sobre los techos de chapa de las casas de la villa. Enseguida para de llover.
Esto hace que aparezcan otros jóvenes, de lugares indeterminados. Y en el grupo ahora hay diez personas, tal vez más. "Está para venir con los fierros ", grita un adolescente intoxicado que está parado sobre las vías, con otros dos, y señala la entrada del barrio cerrado. Después se va.
"Ojo con esos pibes. Están de la cabeza . Son de una bandita de la parte de arriba y andan dando vueltas para afanar", dice Gabriel, de 15 años, amigo de Gastón.
Bandas dominantes
Hasta hace unos años, cuentan los lugareños, era el bajo de la villa San Jorge el que dominaba el lugar. De esa parte es El Tono, un peso pesado del hampa de la zona norte que ahora está preso. Todos respetaban al Tono, dicen, y él protegía a su gente.
"Con El Tono todo era mejor. Es grosso El Tono. Cuando le allanaron la casa, los ratis se llevaron ametralladoras, bombas y chalecos antibalas. Ahora es distinto, porque el que manda es El Calabaza, que trajo a unos pibes del barrio San Pablo y está todo mal con esos. No tienen códigos", dice Alejandro, de 16 años.
El Calabaza -según el adolescente- maneja un desarmadero de autos dentro de la villa y "les vende la droga a los pibes chorros".
Un grupo de chicos de entre 12 y 15 años corre hacia la villa. "Tiene una re-nueve Don Nico. Ahí viene". Un hombre con mirada de hielo se levanta la remera y en efecto, allí, calzada en la cintura, se alcanza a ver la empuñadura de una 9mm. Es sólo una advertencia. El hombre no quiere que le arrojen piedras a su perro.
Ese es el aire que se respira en el barrio de los Riquelme, en el que la violencia parece petrificada. Los vástagos del conurbano más espeso se dispersan. La mayoría cruza las vías y se pierde en los pasillos de la villa.
Una mujer que lleva de su mano a una niña de unos siete años se detiene ante LA NACION para decir: "Un consejo de madre: es mejor que te alejes de este lugar. Porque a esta hora empiezan a salir los pibes".
Más lejos, cerca del lugar donde secuestraron a Cristian, vive un hermano de la madre de los futbolistas, Francisco, albañil, que prefirió no acercarse al country. "Estuvimos muy preocupados por Cristian, aunque nos vemos de vez en cuando. No me llevo bien con el padre. El sábado voy a ir a verlo", dice.
En efecto, pronto llegará el ocaso. La gente se meterá en sus casas bajas y los pasillos de la villa se irán vaciando y después, seguro, se oirán tiros y el ulular de las sirenas.




