Noche joven en Pinamar: los controles conviven con venta de DNI falsos y una demanda que no encuentra espacios habilitados
LA NACION recorrió boliches, accesos y zonas de juntada para observar cómo es la movida nocturna de los chicos
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PINAMAR (Enviada especial).– El láser verde aparece de golpe, corta la penumbra y apunta directo al pecho de un chico que duda en la puerta. “Vos, afuera”, dice un custodio, sin levantar la voz. El adolescente mira alrededor, como buscando complicidad, pero nadie responde. A pocos metros, la música del boliche se escucha desde la vereda y un grupo se abre para dejarlo pasar hacia la salida. Son las 2.30 de la madrugada y, frente a Boutique Club de Mar, uno de los boliches del centro de Pinamar, el control del ingreso se convirtió en una escena repetida.

LA NACION hizo un recorrido por distintos puntos de esta ciudad balnearia para observar la movida nocturna en pleno inicio de temporada. Lo que aparece no es una postal única ni ordenada, sino un entramado de situaciones que se superponen: boliches céntricos con controles estrictos, ventas ilegales en las inmediaciones, grupos de menores concentrados en el espacio público, personal de seguridad desbordado y una demanda juvenil que no encuentra lugares habilitados para canalizarse.
En Boutique, ubicado en el área céntrica de la ciudad, el operativo es visible desde la vereda. Parte del personal de vigilancia controla el exterior, mientras que adentro distintos equipos revisan documentos. Autos de la policía bonaerense permanecen estacionados en las inmediaciones como parte de un esquema preventivo. El pedido es claro y se repite sin matices: DNI en mano. Algunos ingresan sin inconvenientes. Otros quedan detenidos en el umbral.

Las excusas aparecen rápido. “Lo tengo vencido”, “Me olvidé la billetera”, “Es el mismo de siempre”. Cuando la respuesta es negativa, la dinámica se endurece. Los apuntan con un láser para marcar visualmente a quienes deben retirarse y, si no avanzan por sus propios medios, los toman del brazo y los sacan. El procedimiento es firme. No hay negociación. Desde el boliche comentan a este medio que el día posterior a la sudestada no abrieron por precaución, una decisión que implicó resignar una noche completa de actividad.
A pocos metros de la entrada, casi como una extensión del circuito nocturno, funciona otra escena. Una persona entrega DNI falsos. El intercambio es rápido y discreto. Los jóvenes se agrupan para tapar la operación, se cierran en círculo, comparan fotos y rasgos. “¿Decís que soy igual?”, pregunta una chica, con el documento en la mano. “Sonreí menos”, le responde su amiga. Minutos después, la misma chica es rechazada. “Bueno, lo intenté”, comenta antes de irse.

La mayoría de los que quedan afuera tiene entre 15 y 17 años. El alcohol, los gritos y la forma de moverse hacen evidente lo que los documentos intentan disimular. Cuando quienes venden los DNI o los propios grupos advierten la presencia de LA NACION, la escena se corta: miradas tensas, gestos de incomodidad, dispersión momentánea. A los pocos minutos, vuelven. La dinámica se repite durante toda la madrugada.
El recorrido continúa hacia otro punto de concentración juvenil, lejos del centro y del circuito de boliches. Sobre la Avenida del Mar y Del Caracol, en la entrada y la boletería del complejo de toboganes de agua de Pinamar, ubicado a mitad de camino entre el parador El Atlántico y el parador Negroni, alrededor de 30 adolescentes y jóvenes —muchos de ellos menores de edad— se reúnen en el espacio público. Toman alcohol, tiran petardos y entran y salen de la playa hacia la calle. No hay música organizada ni controles visibles. Solo jóvenes ocupando el lugar y una circulación constante que vuelve difuso cualquier límite.

“¿Acaso no nos podemos divertir? No nos dejan entrar a ningún lado y yo quiero disfrutar con amigos. Son mis vacaciones”, advierte Lucía, de 15 años, a este medio. La situación se descontrola por momentos. Hay un solo empleado de seguridad del parador cercano. Está solo, sin refuerzos, con el celular en la mano y el número 911 visible en la pantalla.
“No sé qué hacer. Hace dos días me rompieron todo y lo pago yo. No puedo hacer mucho porque son menores, pero están alcoholizados. Lo único es que los padres los busquen, pero mirá cómo están, descontrolados. Mi jefe dice que llame a la policía, pero no sé”, explica el hombre a LA NACION. Mientras habla, los chicos van y vienen entre la playa y la calle. No hay adultos responsables ni presencia estatal sostenida.

Más tarde, el recorrido llega a UFO, un boliche bailable ubicado en la intersección de la Avenida del Mar y Tobías, sobre el frente costero de Pinamar. El lugar funciona como una discoteca de gran capacidad, con pista central, cabina elevada para DJ y una puesta en escena marcada por luces LED, visuales y pantallas, tal como se exhibe en sus redes sociales. La propuesta apunta a un formato de fiesta electrónica y urbana, con DJs invitados y eventos temáticos según el día.
El ingreso es ordenado y escalonado. La fila avanza de manera sostenida y, aunque algunos quedan afuera por la vestimenta, no se registran discusiones prolongadas en la puerta. Desde el boliche explican a LA NACION que el rango etario varía según el día y la fiesta: de domingo a miércoles predomina el público de entre 18 y 20 años; los jueves y viernes el rango se amplía; los sábados, el promedio sube.
También reconocen una caída marcada en la primera quincena. “El año pasado la ocupación fue del 75% al 80%. Ahora estamos entre el 45% y el 50%”, detallan. Según explican, la estrategia pasa por adaptar el producto a la realidad económica. “La gente no deja de salir, pero cambia cómo consume. Sale menos veces, gasta menos, cambia marcas”, señalan. El objetivo es sostener el volumen de público, aun con márgenes más chicos.

Sobre los menores, la postura es clara: no ingresan. “Es una cuestión de ley y este lugar no los necesita para funcionar”, afirman. Sin embargo, plantean una crítica más amplia: “Hay mucha hipocresía social. Los padres dejan salir a chicos de 15, 16 o 17 años, les dan plata, pero después no hay espacios para ellos. Terminan en la calle”.
El código de vestimenta también genera conflictos. No es estricto, sostienen, pero existen límites. “Con bermudas, no”, dicen, aunque reconocen que la aplicación puede ser discrecional. Uno de los rechazados, Lucas Auletta, relata su experiencia a este medio. Llegó por primera vez, sacó el QR en la puerta y recién entonces le informaron que no podía entrar por tener el pantalón gastado en la rodilla.
“Después dejaron pasar a otros con pantalón corto. Encima no me querían devolver la plata. Eran 120 lucas para entrar a este lugar”, reclama. Según cuenta, le dijeron que debía contactarse con la página para el reintegro. “Esto es doble ganancia: te cobran y después meten a otros”, acusa. Antes de irse, anuncia que subirá un video a sus redes.

A lo largo del recorrido, el contraste se vuelve evidente. En los boliches, controles privados que intentan ordenar el ingreso y cumplir con la ley. En el espacio público, ausencia de dispositivos claros para contener a los menores que quedan afuera. En todos los casos, jóvenes que buscan divertirse.
La noche avanza y las escenas se superponen: controles firmes, ventas ilegales, grupos de chicos sin contención, personal de seguridad desbordado, discusiones por edad, por ropa y por dinero. La temporada avanza sin resolver una tensión que se repite cada verano.
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