Nuevas promesas a la Virgen del Valle

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1 de marzo de 1998  

SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA.- Ada Morales cumplió su promesa. Bajo un sol abrasador peregrinó desde el Colegio del Carmen, donde concurría María Soledad, y caminó hasta la Gruta de la Virgen del Valle, a 8 kilómetros de allí.

Una multitud decidió acompañar a la madre y su gesto se transformó en una peregrinación que, al llegar a destino, reunió a casi 300 personas para agradecer a la patrona de la provincia que se haya hecho justicia.

Tenía cinco margaritas aferradas en su mano derecha cuando Ada enlazó un brazo con el de su marido, Elías Morales, y el otro con el de la hermana Amalia. Faltaban diez minutos para las diez y partieron caminando.

Unas 80 personas, en su mayoría mujeres, se alinearon detrás. Allí estaban las hermanas de Ada y varios de los testigos del caso. Las ex compañeras de colegio de María Soledad, Mónica Barrios y Patricia de la Colina, se mezclaban con el ex policía Mario Casas, -que investigó el caso y aportó el testimonio de Jesús Muro, el barman de Clivus, uno de los ejes de la acusación fiscal- y el policía de tránsito Carlos Carrizo.

El clásico "No tenemos miedo", en una versión local del himno de Martin Luther King, fue la señal de largada. Antes Ada reiteró: "Son ellos dos (por Guillermo Luque y Luis Tula, a quienes nunca nombré por su nombre y apellido)." Y agrega:"Pero faltan todavía más. Tiene que haber unos seis más sentados en el banquillo. En algún momento alguien va a hablar y todo va a salir de boca de ellos. Va a haber un arrepentido".

Vivas a Pelloni y a la prensa

Mientras la gente caminaba y alternaba himnos religiosos con vivas a la hermana Martha Pelloni, a la prensa y a la Virgen del Valle, la gente se asomaba de sus casas. Sus expresiones eran la manifestación de que el veredicto no hizo esfumar divisiones en la sociedad, sino que éste se transformó en un puñado de sal sobre la herida aún abierta.

Algunos hubieran deseado estar entre los peregrinos y lamentaban no haberse enterado a tiempo para acompañarlos. Pero otros, insatisfechos con la sentencia, consideraron la profesión de fe un cachetazo.

"Si me muero, me gustaría que mis enemigos lloren, no que zapateen sobre mi féretro", se quejó Carlos, a la sombra de un árbol que lo protegía del calor. Pero no hubo ni una provocación.

Dos motos de la policía y el móvil de una radio abrían el paso de la caravana seguida por dos docenas de vehículos.

A las 11, ya había tomado la avenida Virgen del Valle, un camino que bordea la ladera de uno de los cerros del Ambato y llega hasta el lugar de peregrinación.

Allí los católicos catamarqueños se dirigen varias veces al año caminando, en cumplimiento de promesas, ya sea para agradecer el éxito en un examen, la cura de una enfermedad o un matrimonio feliz.

Un paraguas negro daba sombra sobre el rostro de Ada Morales. Otros rojos y floreados protegían a los caminantes. Siempre con su entrecejo fruncido, la mujer se detenía cada cien metros porque la gente se acercaba a besarla.

Hubo quienes miraban agazapados desde el interior de los negocios. Dos ambulancias seguían la marcha, lenta, agónica. Una comisión de mujeres tucumanas y otra de Caleta Olivia llegaron a Catamarca a acompañar a Ada. También lo hicieron José y su esposa, un matrimonio de San Pedro que llegó a esta provincia en medio de sus vacaciones.

Ada vio en una esquina, en un auto, al presbítero Santiago Sonsini, de la Parroquia de Santa Rosa de Lima, y se acercó. "Este fallo significa la paz de muchas conciencias y la tribulación de otras. Toda la vida luchamos por la verdad, como se la conoce ahora. No estoy en contra de nadie, pero sí en favor de la verdad", dijo el religioso, que desde el 10 de septiembre de 1990 apoyó la causa de los Morales.

A las 11.30, los peregrinos pasaron por la esquina de la casa donde vive Ramón Medina, el ex mucamo de los Luque que con su testimonio ayudó a la condena. Ada, miró, no lo vio y siguió.

"No tengo odio"

El cielo estaba diáfano y el celeste se recortaba contra las sierras. Una manada de chivos se cruzó con los peregrinos y subió rápido el cerro. El canto del Angelus prenunciaba el fin de la peregrinación. Ya se avistaba el santuario. Allí había más gente esperando a Ada Morales. Sus ojos profundos, hundidos, llevaban la marca del llanto y del cansancio.

"No tengo odio en mi corazón", decía la madre de María Soledad.

La madre subió los escalones hasta la gruta y se arrodilló frente al altar, sobre el que depositó dos claveles ante una imagen de Cristo en la Cruz y otra de la Virgen del Valle.

Rezó en silencio y renovó en voz alta su promesa: "Sole siempre venía caminando desde nuestra casa a darte gracias. Por eso te hice esta promesa. Yo te pido ahora que nos llenes de bendiciones a mis hijos, a mi marido, a la abuela Candelaria, que está en el cielo con Sole, a toda esta gente de Catamarca que luchó siempre, que jamás claudicó, a los policías honestos, que los protejas, y a mis abogados, que no los desampares.

Renovación de la esperanza

"Te vuelvo a hacer la misma promesa: venir a agradecerte, de la misma manera, cuando caigan todos los culpables y encubridores. Y otro pedido, virgencita. A los que mintieron, a los que recibieron dinero con la sangre manchada de mi hija, no les tengo odio. Quiero que les des muchos, pero muchos años de vida. Dales muchas bendiciones, porque en mi corazón no hay odio, virgencita."

Concluyó su ruego con una invocación a que los jueces que actuaron mal en la causa se arrepientan y un agradecimiento a todos los argentinos que la acompañaron "para que se hiciera justicia".

En el altar quedaron depositados los claveles y un poema. "Era una rosa en capullo y en capullo se quebró. De la muerte de esa rosa, también soy culpable yo".

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