
Once: una ciudad dentro de otra
El frenético ritmo comercial diurno cambia con la caída del sol, cuando aparece un escenario lleno de basura y marginación
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El Once no existe. Balvanera, el barrio formal que lo incluye, tampoco. Entre los porteños, salvo por el catastro y el mercado inmobiliario, nadie piensa en Balvanera cuando habla de Once.
¿Alguien considera la intersección de las avenidas Pueyrredón y Corrientes una esquina de Balvanera? Es "Once" o "Eleven", según el bautismo moderno. Lo otro, lo burocrático, es un capricho, aunque todavía en las crónicas policiales queda mejor decir "Balvanera". Y está bien. Es que esta zona es un no lugar, "no data", de la ciudad.
La presencia independentista de Once se manifiesta a través del clásico frenesí comercial, los personajes prosaicos, las tradicionales colectividades judía y coreana, las más nuevas peruana y boliviana, y hasta el surgimiento del rock nacional, en un baño del ahora coqueto bar La Perla, de Jujuy y Rivadavia.
Sus calles irradian también un profundo dolor. En su relativamente pequeño perímetro (unas 80 manzanas) se produjeron las dos tragedias argentinas más infames de los últimos años: el atentado a la AMIA y el incendio de República Cromagnon. Doscientos setenta y nueve muertos en total. Casi la mitad de los caídos en la Guerra de Malvinas.
Noche. "Estás hablando con el Señor Once... ¿qué querés saber amigo? Yo te llevo..." Así empieza la recorrida nocturna de La Nacion. Un ofrecimiento tentador, pero peligroso. En las inmediaciones de la plaza Miserere, a pesar de las cámaras de seguridad y la frondosa iluminación, moran "los pirañitas", como les dicen los peruanos a las bandas de chicos rateros. "No le des pelota, seguí caminando tranquilo pero andá con cuidado", advierte Sonia, una peruana que todas las noches monta su comercio callejero de ceviche en la esquina de Mitre y Pueyrredón, a 25 pesos el plato.
-¿Cómo es Once de noche?
-Un desastre - dice.
Día. Tres de la tarde de un martes en Lavalle y Larrea. Cualquier cosa que pueda moverse o arrastrarse anda por aquí. Autos, camiones, cartoneros, recolectores de basura, bicicletas, peatones, porteadores de telas en carros... y más porteadores de telas en lo que sea.
"Esto es como Hong Kong o la zona comercial de cualquier otra ciudad grande; muchos vienen a buscar lo que no encuentran en ningún otro lugar... en el Once lo encuentran, si no, no existe", explica Carlos, un comerciante de origen judío. Esta comunidad transformó esta zona de la ciudad en su tierra prometida.
Creció, hizo crecer al resto y mantiene sus tradiciones en una decena de templos, escuelas como el Talpiot, organizaciones -la Sociedad Hebraica y Macabi, entre otras- y comercios de tela y ropa. El aporte sociocultural de los judíos desde Once hacia el resto de la ciudad fue inmenso. Los teatros de la colectividad, como el IFT (Idisher Folks Teatrer), el Corrientes y el Soleil; periódicos y radios; buenos escritores y cineastas surgieron de estas calles. Entre las avenidas Córdoba y Corrientes, y Riobamba y Pueyrredón, los judíos mantienen su epicentro tradicional.
En cambio, desde Corrientes hasta Rivadavia, los letreros en idish cambian por el lenguaje hangui del "Coreatown": el mismo mundo con otros caracteres.
Noche. El Once nocturno es completamente distinto del diurno. Todo el fragor y la locura diaria desaparecen por completo después de las 20. No hay un alma. Cuando los últimos trenes se van de la estación dejan una estela de criaturas de la noche. Los alrededores de la estación son un hueco receptivo de espíritus opacos de cerveza y paco, gente puesta a sobrevivir en la calle, prostitutas que trabajan mal en la plaza, malandras fracasados y trabajadores fatigados que prefieren perder el tren.
Liliana y Néstor Ledezma viven en Perón al 3000. El edificio, estilo antigua vivienda colectiva, podría ser una joya en otro barrio. Aquí es un lugar más, con 43 departamentos que balconean a una galería central con plantas. "El barrio está muy bravo; después de las 22 tenés que cuidarte mucho y es un basural; es como una zona olvidada de la ciudad", dice Liliana, que desde hace 27 años vive en esa casa. Cruzar a pie por el túnel que pasa bajo las vías del Ferrocarril Sarmiento por la calle Jean Jaurès, que comunica con la desaparecida calle Mitre (sepultada por las ruinas de Cromagnon), puede acarrear serios problemas, advierte Liliana.
Día. "Los argentinos me caen mal." Kyung es un comerciante coreano del "South Eleven" -de Corrientes hacia Rivadavia-. Dice que se lleva muy bien con los peruanos y, sobre todo, con los argentinos judíos. Pero no le gustan los porteños. "Son mal educados", confiesa.
Los coreanos llegaron a Once hace décadas, pero comenzaron a hacerse fuertes a partir de los años ochenta. Por aquí las marquesinas de los comercios anuncian sin doble sentido que no hay excusas para la venta. "Lencería la Bomba-Chita"; "hay talles para gordos... y súper gordos"; "Mundo Peluche"; "Adolfo Perchas"; "La Casa de las Fajas"; "Paseo de compras + de 200 locales"; "11 Elefantes...". Según algunos cálculos, hay más de 3300 comercios en Once.
Uno de los cambios comerciales más polémicos de los últimos años fue la instalación de grandes complejos subdivididos en locales tipo La Salada (11 Elefantes). La especialidad son las películas y juegos de PlayStation ilegales y la ropa, más que "de" marca, "con" marcas de manos "esclavas", según dice Carlos. Algunos temen que esta tendencia aliente la informalidad... y los controles.
Por lo pronto, Once desnuda, a simple vista, que muchas cosas comercializadas en otras zonas de la ciudad -ropa de niños, bijouterie, etcétera- provienen de aquí. Y que pueden conseguirse bastante más baratas.
Noche. Alguien espía por la cerradura esperando algo. Esto es Jean Jaurès al 300, a poco de iniciar la travesía hacia el túnel que cruza las vías (la zona hostil, según Liliana Ledezma). Perturba el crujido de unas puertas de madera que amenazan con abrirse en una vivienda antigua de dos pisos. No pasa nada. La calle está tranquila. El túnel despejado, envuelto en hedor a orina. "El paso a nivel de la calle Ecuador, acá a 100 metros, está cerrado desde hace años después de que violaron a una chica", comenta Roberto Enríquez. Unos pilotes clausuran la entrada, donde hay un sillón y una mesa. De la oscuridad más negra de esa cueva urbana surgen las voces underground del barrio. "Están hace mucho... qué se la va a hacer... sobreviven." Roberto mira con cierta pena. Al parecer, la política informal de esta parte de la ciudad es que donde ocurre algo trágico, como en este túnel de la calle Ecuador o en Mitre, a la altura de Cromagnon, el paso, el camino, debe cerrarse. Aunque las heridas sigan bien abiertas.
Día. Matías Rothkopf, "ciudadano del Once", afirma que el mejor pollo broaster (plato peruano) de la ciudad se sirve en Leo's. Gastronomía peruana auténtica y abundante. Mirta Benique es la dueña. "Abrimos hace un año y trabajamos mucho con los peruanos y los argentinos; los judíos no vienen porque tienen sus propias comidas y costumbres; son gente buenísima." Mirta resume en un párrafo cómo los peruanos que llegaron en masa al país en las mieles del 1 a 1 terminaron por instalarse definitivamente. Es que muchos de ellos fueron empleados de los judíos y ahora son propietarios de sus comercios.
Final del viaje. Cae la tarde en la esquina de Valentín Gómez y Ecuador. Una familia judía cruza la calle, se saluda con un señor mayor de origen coreano y, de fondo, unos afiches pegados en una pared anuncian el nuevo disco del grupo peruano Hnos Yaipen. Un detalle: el edificio abandonado donde fueron colocados los afiches son los despojos de una de las sucursales del liquidado Banco Patricios. Otro de los hitos de estas tierras sin nombre.




