
Para estos chicos, dulce casero significa trabajo
Estudiantes asesoran a mujeres en el negocio de la mermelada
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Gracia Gabina no imaginaba que a los 71 años iba a conseguir un empleo. A los 17, María Casalis no podía creer que una idea que impulsó con sus compañeros les cambiara la vida a tantas mujeres. La realidad las sorprendió.
Como parte del Programa de Liderazgo Comunitario de Junior Achievement, los chicos de segundo año del colegio Juan XXIII crearon "Por una vida más dulce". Se propusieron capacitar a mujeres de Villa Jardín, en Boulogne, para que ellas pusieran en marcha un microemprendimiento que las ayude a ganarle a la crisis: hacen y venden dulces caseros.
El proyecto tenía que ser sustentable. Tenía que perdurar más allá del tiempo en que se desarrollara el programa, que era de 12 semanas.
El programa, oficialmente, terminó en la primera semana de agosto último. Esa semana los chicos se llevaron una sorpresa: llegaron a la casita y encontraron 300 frascos sobre la mesa. Una producción asombrosa. "Ellos no esperaban que nosotras respondiéramos con tanto entusiasmo", confesó Norma Gómez, una de las cocineras.
Las mujeres se reunían en la Casita de la Virgen de la parroquia San Benito. Esta comunidad y el colegio dependen de la parroquia Santa Rita, donde el padre Damián funciona como usina de proyectos. Cuando los chicos lanzaron la propuesta, se anotaron 31 mujeres. Hoy son 14 las que llevan adelante el microemprendimiento. Se turnan: algunas van por la mañana, otras por la tarde y ninguna descuida su casa. "Los chicos nos ayudan, nos protegen. Estamos muy contentas", dijo Norma.
"A ellos se les cumplió su proyecto y nosotras conseguimos una fuente de trabajo", agregó Carmen Soria. Tiene 44 años y cinco hijos, de entre 24 y cinco años. Este emprendimiento la ayuda a pagar los gastos que el sueldo de su marido no cubre.
Susana Acuña está muy agradecida con los adolescentes. Separada y sin trabajo, se hacía difícil mantener un hogar con cinco hijos. "Esto es de gran ayuda y el grupo que se formó es muy lindo. No sólo trabajamos, también nos escuchamos", contó.
Rosario Rojas llegó de Perú hace ocho años. Tiene tres hijos y viven de las changas que consigue su esposo. Pero ahora está orgullosa de poder colaborar con la economía doméstica.
Fue una rueda. La iniciativa despertó la solidaridad de los vecinos del barrio, que empezaron a juntar frascos; motorizó el intercambio entre grupos, ya que las mujeres "canjearon" dulces a un grupo de señoras que les cosieron los delantales y las cofias, y activó la imaginación de los chicos, que organizaron un campeonato de truco para reunir fondos.
Con el tiempo, se invirtieron los roles. "Al principio, nosotros les dimos unas donaciones con las que compraron mercadería, pero después les pedimos dinero para el trámite en Bromatología", recordó Nicolás Graciani. "Cortamos el cordón", rió Norma.
La primera experiencia en venta los asombró a todos: en sólo media hora vendieron 78 mermeladas en la puerta de la parroquia Santa Rita. "Ahí vimos nuestro esfuerzo hecho realidad", aseguró Norma.
Empezaron con dos gustos. Ahora cocinan siete clases de dulces, entre otros, los de manzana y naranja, que cuestan tres pesos, y los de frutilla y zapallo, que valen cuatro. Todavía necesitan ayuda: cocinan los dulces en una única olla, que, para colmo de males, es prestada. Por eso piden que quienes puedan ayudarlas les envíen ollas, frutas, azúcar, papel para envolver los frascos, cintas. Quienes quieran comprar un dulce o ayudarlas, pueden llamar a Alicia al 4719-5276.
Después de hora
Se trataba de una actividad extracurricular, una tarea fuera del horario de clase. La mayoría de los encuentros se hacían los sábados a la mañana: un horario poco conveniente para los que habían trasnochado.
"Cuando llegábamos y veíamos el entusiasmo de ellas nos cambiaba el humor. No nos importaba que fueran las 10 de la mañana", afirmó María Casalis. "Ver que había gente que creía en una idea de chicos de 16 años fue muy emocionante -dijo Virginia Vercelli, otra de las estudiantes-. Era ponerle nombre y apellido a nuestra idea."
Capital Markets Argentina es la empresa que donó el importe del programa. El programa de Junior Achievement cuenta con tres asesores voluntarios: empresarios que aconsejan a los chicos para que puedan llevar a buen puerto su idea.
Ernesto Güller es asesor financiero y trabajó con los chicos. Ya tenía experiencia en estas lides: había colaborado en otros proyectos de este estilo. "Pero estoy contento porque este proyecto es muy sustentable. Va a dejar una huella duradera", aseguró. Pablo Cairoli y Miguel Brea fueron sus compañeros para guiar a los chicos.
Ahora esperan saber qué proyecto recibirá el premio a la idea más sustentable. Saben que tienen muchas chances. No sólo crearon una fuente laboral: enseñaron a trabajar en grupo, despertaron las ganas de soñar. A este grupo de mujeres le demostraron que se podía.
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