
Piden justicia por el derrumbe en Villa Urquiza
Familiares, amigos y vecinos de las víctimas reclamaron que se asuman responsabilidades
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Emoción, llanto, impotencia... Al cumplirse ayer un mes del derrumbe de un gimnasio en Villa Urquiza, que dejó tres víctimas fatales, unas 500 personas, entre familiares, amigos y vecinos, marcharon hasta el lugar del trágico hecho en memoria de los fallecidos y con una consigna clara: el pedido de justicia.
Con una remera con la cara de su hijo, Patricia, madre de Maximiliano Salgado, el menor de los tres jóvenes muertos, encabezó la emotiva caminata desde Olazábal y Triunvirato hasta Mendoza 5030, donde se produjo la tragedia. Los primeros metros fueron en silencio y, a medida que se acercaban al lugar donde funcionaba el gimnasio Orión, comenzaron los aplausos.
Los familiares de las víctimas rompieron en llanto cuando se detuvieron delante del lugar del derrumbe. Era la primera vez que las tres familias volvían al lugar después de lo sucedido, según dijeron a LA NACION las madres de Maximiliano y de Luis Lu, y el hermano de Guillermo Fede.
"No puedo creer que mi hijo haya estado debajo de esos escombros -dijo entre lágrimas la madre de Maximiliano-. Espero que no haya sufrido; se lo ruego a Dios. Que no se haya dado cuenta de este desastre. Ese es mi consuelo".
En tanto, la madre de Luis Lu, aferrada a un portarretratos con una foto de su hijo, susurró: "Aun hoy sigo esperando que mi hijo abra la puerta de casa".
Pasó un mes del derrumbe y en la zona persisten los problemas derivados de la tragedia. Falta de gas en viviendas, y pronunciadas grietas en pisos y paredes de las casas lindantes son parte de la realidad vecinos de una cuadra que, de a poco, intentan superar lo vivido.
En una recorrida previa a la marcha, que LA NACION realizó por la tranquila calle del desastre, las cicatrices de la tragedia permanecen abiertas, a tal punto que sólo en la tarde de anteayer el gobierno porteño colocó una pasarela peatonal frente al lugar, que ayer sirvió como soporte para las velas y los carteles de los que marcharon para pedir justicia.
Trozos de espejos; cuatro escalones sin derrumbar; un rectángulo negro de goma con forma de pieza de rompecabezas que se utiliza para recubrir los pisos de los gimnasios; una funda portacedé abierta y con discos en su interior; un par de botellas de agua mineral sin terminar, y una zapatilla ubicada entre el brazo y el cuerpo de la retroexcavadora, son las señales más visibles para los que transitan frente a Mendoza 5030.
Aquel bulevar del tranquilo barrio no volverá a ser el mismo. Los comercios aledaños al gimnasio estuvieron hasta dos semanas sin abrir sus puertas "por respeto a las víctimas", según dijeron empleados a LA NACION.
El caso de María González, de 84 años, se destaca del resto. Ella vive y tiene un hotel familiar en Mendoza 5048, al lado del pozo de la obra que provocó la tragedia. "Hace un mes que no tengo gas. Por eso, todas las noches me viene a buscar mi hija que vive en el Tigre y me quedo a dormir en su casa. Desde lo que pasó, nunca más volví a dormir en mi casa."
Clausuras
A raíz de la tragedia, el jefe de gobierno porteño relevó de su cargo al director de la Agencia Gubernamental de Control (AGC), Raúl Ríos, y nombró en su lugar a Javier Ibáñez.
Además, desde el derrumbe, 200 inspectores del gobierno controlaron 615 obras, en la zona de Villa Urquiza, según información oficial.
Los resultados difundidos por el gobierno porteño detallan que fueron 29 las obras clausuradas; 195 habían finalizado; igual número tenía toda la documentación en regla, y 119 mostraron problemas menores", entre otras faltas.
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