Pinamar festeja bajo el sol sus 60 años
En 1940 era un páramo; el balneario existía en los sueños del arquitecto, ingeniero y proyectista argentino Jorge Bunge
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PINAMAR.- Era un páramo. La vista sólo conocía de arena. Y más allá de su alcance, más arena. Arena viva. Movimiento constante. Los médanos se tragaban las pocas construcciones que se levantaban por estos lares. Desaparecían casas enteras. Si hasta en el hotel de Ostende se debía entrar por el segundo piso. Y a palear, nomás. Era 1940 y Pinamar no existía más que en los sueños de Jorge Bunge. Arquitecto, ingeniero y proyectista de 50 años. Viudo y con una hija de 19 años, Cecilia.
Cecilia llegó a estas playas y quedó fascinada. Horas antes, ella y su padre habían cerrado la puerta del departamento situado frente a la plaza Francia, en Buenos Aires, rumbo a la estación de trenes de Constitución. Tomaron el que iba en dirección a General Madariaga. Los esperaba una zorra tirada por caballos que, por las vías del ferrocarril, los dejó en medio de esta nada.
Dejaron el carro, se subieron a un par de caballos y montaron hasta que los médanos les dejaron ver el mar. Cecilia supo de inmediato que su padre no se había equivocado. Sabía que ese balneario que había proyectado iba a ser especial. No una mera ciudad al margen del mar. Quería que el verde se fusionara con las olas sin que la urbanización rompiera con esa armonía.
Se crea Pinamar SA
La familia Guerrero era la dueña de estas tierra y con ellos Bunge creó una sociedad anónima a la que llamaron Pinamar SA. Fue un desafío al que más tarde se sumaron amigos e inversores contagiados por el entusiasmo del arquitecto. Por esos tiempos, Cecilia no veía arena y más arena. Veía trazados, casas, oficinas postales, proveedurías... Todo estaba allí, en los planos de su padre.
Pero antes de que todo eso fuera posible, había que fijar los médanos con pinos y regarlos a mano. Bunge se instaló en una casa rodante y con la ayuda de peones empezó a plantar y a abrir caminos.
"Al poco tiempo construyó una casita en el vivero. Vivíamos en un ala y los peones en la otra. Allí funcionaban la administración, la escuela y la comisaría. Estábamos a tres kilómetros del mar. La playa estaba vacía y yo me iba a caballo rezando que no se me escapara", recordó Cecilia Bunge de Shaw.
Por ese entonces, Hugo Tarrasino ya había sido tentado por un amigo de su Roque Pérez natal, un señor Iriarte Calderón. Tenía 21 años, había terminado el servicio militar y vino a trabajar en la administración. Se ocupaba de que todo estuviera en orden. Que la proveeduría no se desabastezca, que el surtidor de nafta con una palanca que cargaba de a cinco litros no se rompiera, que la herrería trabajara a toda máquina y que la huerta, esa huerta que lo tenía cautivado, diera verduras necesarias para el personal.
"Era formidable. Las verduras se plantaban en la arena y con sólo un poco de abono. Hace 56 años que vine y hoy tengo 77. Pinamar era agreste y salvaje. Todo se hacía con mucho esfuerzo. Recuerdo que para construir la cancha de golf se llevaba la tierra con un carrito de cuatro ruedas tirado por dos caballos. Había que hacer miles de viajes. Era un trabajo de titanes.
"Sólo una persona como Bunge podía hacer una cosa así -continuó Hugo-. El esfuerzo se convertía en placer." Tarrasino fue uno de los pioneros de Pinamar. Su casa, la misma en la que hoy vive, fue una de las primeras en construirse. Eligió una esquina a pocas cuadras de la playa, con paz y tranquilidad. En Bunge y Libertador. Nada más y nada menos. La paz y la tranquilidad, de más está decir, ya forman parten de la historia.
Hugo ya se había hecho cargo de la carnicería, aunque -dice- no sabía siquiera si las vacas tenían cuatro o cinco patas. Después compró camiones y se dedicó a la construcción de caminos en Cariló y Valeria del Mar. Más tarde puso una fábrica de pastas. Lucas de Mare, Luis Sandrini, Angel Magaña o Pepe Arias, le encargaban cajas para llevarse a Buenos Aires.
Los inviernos eran duros. Una sudestada hacía a los caminos intransitables durante días: "Yo tenía tres chicos y acá no había farmacia, ni médico, ni nada. Era bravo. Y había mucho viento".
El balneario se inauguró y abrió al público el 14 de febrero de 1943. Con la intención de traer turistas y potenciales inversores para conocer el lugar, Bunge construyó el hotel Playas. En ese mismo lugar, hoy avenida Bunge a dos cuadras del mar, funcionaba en un principio el único motor que generaba la corriente necesaria para abastecerse de luz y agua. A las 10 de la noche se apagaba y había que encender velas o lámparas con tubos de vidrio para continuar esos interminables partidos de truco.
En 1949 llegó Ismael Barabino. Tenía 12 años y su padre venía a hacerse cargo de la estación de ferrocarril que se había inaugurado un año antes. Vivía en la casa del vivero e iba a la escuela N° 11. No eran más de 18 alumnos y su maestra, lo recuerda bien, era la señora Elida Belucci de Garbarini. "Había dos trenes: uno de carga con una pilota y otro de pasajeros que venía de Madariaga y también traía encomiendas. En temporada, la gente podía hacer trasbordo en General Guido, cerca de Dolores, y de allí llegar a Pinamar. Tardaban seis horas y diez minutos. Exactamente."
Herman Parini tiene tantos años en estas playas como este balneario de existencia. Y unas anécdotas fabulosas. Llegó en 1943 con su mujer y un hijo de dos años. Tenía 30 años y vino a hacerse cargo del Atlantic Palace hotel, situado a un kilómetro de Pinamar, en lo que hoy es Mar de Ostende. Un nombre que, a propósito, le puso él.
Cuando se bañaban desnudos
"Esta zona era un imán para los turistas. Un verdadero desierto. El hotel quedaba a 50 metros del mar y los hombres usaban un traje de baño con pollerita. Las mujeres iban muchos más cubiertas. Pero igual se hacían diabluras. Se decía que de noche las parejas se bañaban desnudas. Igual que ahora, pero hoy lo hacen con mucha más libertad. No sé si era verdad, pero el cuento era un gran atractivo", dice.
Este señor fue uno de los pioneros en el trasporte público en estas zonas. Tenía un auto similar a aquellos que se usaban en cortejos fúnebres con capacidad para siete personas. El problema es que el auto se encajaba en la arena y había que aplicar una técnica que, cuenta y se ríe, sólo él bien conocía. Se desinflaban un poco las llantas... y a empujar. No había más remedio.
"Me acuerdo y me mato de risa. Si hasta a las señoras las ponía a mover el auto. Yo les preguntaba: "¿Ustedes quieren llegar a tiempo a tomar el tren? Bueno, entonces abajo y a empujar. Las cosas que dirían las señoras cuando llegaban a Buenos Aires", dijo Parini, que más tarde se encargó de la comercialización de la fracción de tierra que hoy es Mar de Ostende.
Carlos Iglesias heredó de su padre la pasión por los caballos. Hoy organiza cabalgatas y recuerda cómo su papá llevaba arena en carros tirados por caballos: "Abrían calles a palazos, era un trabajo fenomenal". Al principio no había pájaros. Era todo arena y no había atmósfera vegetal. "El tío Jorge era muy alegre", dice Elsa Shaw de Canale, nieta y no sobrina de Jorge Bunge. Ese mismo hombre que su hija y su nieta recuerdan entre risas es el que, según Cecilia, hace 60 años abrió la tranquera de este Pinamar. Y no las cerró nunca más.
El paso de los años junto al mar
- 1940
Se inician los primeros estudios de infraestructura en la zona.
- 1941
Lentamente comienza la fijación de médanos con la plantación de pinos.
- 1942
Empieza la urbanización del lugar.
- 1943
El 14 de febrero se inaugura oficialmente como balneario. Se construye el hotel Playas, la usina eléctrica, un pequeño centro comercial, la escuela, la sala de primeros auxilios, el destacamento policial, la iglesia y la estación meteorológica.
- 1944
Se extiende la red vial y se tienden redes eléctricas y de agua corriente.
- 1945
Se venden los primeros lotes; se inaugura la cancha de golf y el muelle
- 1948
Se inaugura la estación de trenes.
- Hoy
Los festejos comenzaron el miércoles último con una maratón, al día siguiente empezó el torneo de golf y el campeonato hípico. Mañana se inaugurará un espacio conmemorativo a Enrique Shaw y una muestra de Quinquela Martín en Alerta Galería, entre otros actos.
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