
Plaza Lavalle: las dos caras que dejó el Bicentenario
Sólo aparece remozado el sector frente al Teatro Colón; en otra franja hay homeless y falta luz
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Las dos caras de la plaza Lavalle, frente al Teatro Colón, quedaron al descubierto después de los festejos por el Bicentenario, hace dos semanas.
El gobierno porteño realizó una serie de obras de remodelación de uno de los tres módulos que componen este espacio situado frente al ingreso del reabierto coliseo porteño.
Allí, colocó rejas en todo el perímetro, sembró césped nuevo y desalojó, mediante el pago de un subsidio, a varias familias que se habían instalado hacía meses en uno de los márgenes de ese sector.
Incluso, un guardián de plaza, Ramón Cardozo, es hoy el encargado de velar por la limpieza del espacio verde y de mantener el orden. "El cambio es impresionante... y no lo digo yo, lo dice el vecino", afirmó Cardozo durante una recorrida de LA NACION.
Sin embargo, los otros dos módulos que componen esta plaza emblemática de la ciudad muestran un aspecto bastante desolador. Salvo por la revalorización, con los aportes del Banco Galicia, de la fuente ubicada frente al Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), el resto remite al "Hueco de Zamudio", tal como se conoció a esa zona hacia fines del siglo XVIII.
A la manzana de la plaza situada sobre la avenida Córdoba, entre Libertad, Talcahuano y Viamonte, los bríos del Bicentenario, al parecer, nunca llegaron. Allí, grupos de indigentes -ya históricos según algunos vecinos- siguen habitando el lugar; también falta el césped, las esculturas están descuidadas, la iluminación prácticamente no existe y, sobre todo, llama la atención el contraste con la manzana central de la plaza.
"De noche, el que cruza por esta parte de la plaza está loco; te piden peaje y es una boca de lobo", dijo Marta, una vecina de Tribunales que lleva allí a pasear a su perro. "La plaza sigue estando tomada y, si bien cambió la del medio, el resto está igual", agregó la vecina.
Desde hace años, este espacio público es escenario de una disputa bastante extraña entre grupos de indigentes, la policía, vecinos y gente que trabaja por la zona. Es una especie de "laboratorio" de la problemática social, en tres actos, frente a los Tribunales, el Colón y el Teatro Cervantes.
"Acá se arregló la parte del frente del Colón para que los invitados no vieran la realidad: esto es tierra de nadie", dijo José Araujo, que trabaja en una oficina sobre Talcahuano.
"Estamos en la calle porque no nos dan nada, amigo; yo no robo ni hago ninguna...", gritaba Juan Emanuel a un policía de la comisaría 3a. que acudió al lugar tras una llamada al 911. Según el cabo de la Policía Federal, que pidió que su nombre no fuera citado, los episodios se reiteran: "Nos llegan un montón de llamadas al 911 denunciando que unos limpiavidrios quisieron arrebatarle algo a alguien pero, cuando nos presentamos en el lugar, el denunciante ya no está".
Tensión
La escena ocurría bajo un añoso ombú que ha sido testigo de situaciones de tensión similares casi diariamente. "Hay un montón de gente que limpia vidrios y nos vienen a buscar a nosotros. A mí me pegaron por nada", se quejaba Juan Emanuel, que, junto con unas diez personas sin techo, vive en esa parte de la plaza Lavalle. "Estos están buscando un subsidio como los que estaban viviendo en la parte central", dijo por lo bajo el agente de la Federal en referencia a los homeless .
El recorrido de LA NACION continuó por el otro extremo: el módulo delimitado por Viamonte, Libertad, Talcahuano y Lavalle. Esa parte de la plaza está situada frente al Palacio de Tribunales y es conocida por los puestos que desde hace más de 40 años venden libros.
"La mejora se hizo frente al Colón para que quedara lindo en la reinauguración, pero sigue viviendo gente y en esta parte de la plaza no se hizo nada", dijo Diana, propietaria de uno de esos puestos.
"Hace 40 años que yo trabajo acá y siempre fue igual; la gente se instala a vivir porque, según me comentaron, recibe más solidaridad que en otros lugares", añadió Diana con cierta perplejidad.
La plaza Lavalle no es una más de la ciudad. Representa un lugar histórico donde se desarrollaron muchos capítulos de la historia bicentenaria de la Argentina. Además, cuenta con árboles de gran antigüedad como, por ejemplo, el centenario E rythrina falcata ("árbol jujeño"), plantado en 1878 por Torcuato de Alvear, entre varios enormes ombúes.
"Hoy apenas se notan y es una pena", opinó Diana, la librera.





