Risas y lágrimas en Lolita
Por Hernán C. Cappiello Enviado especial
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SAN MIGUEL DE TUCUMAN.- En la colonia agrícola Lolita la vida de sus 150 familias gira en torno de la escuela. Y, desde anteayer, también la muerte.
Esto es así porque en la tragedia del micro tucumano que se estrelló cerca de Camboriú fallecieron dos maestras rurales que salieron juntas de vacaciones. En medio de tanto dolor sólo quedó el alivio de saber que la directora del colegio, que viajaba en otro ómnibus, salvó su vida.
A 30 kilómetros de esta capital, donde muchos vecinos nunca escucharon hablar de Lolita, se afinca ese caserío sin calles, municipalidad ni iglesia.
Es en la escuela 111, eje de la vida local, donde se celebran bautismos, comuniones y hasta velatorios, como el que planean allí para las docentes Malvina Fátima Molina, de 33 años, y María Alejandra Reyes, de 26.
Los hijos del pueblo, mayoritariamente compuesto por jornaleros que sobreviven de la recolección del limón y (cada vez menos) de la zafra azucarera, fueron todos alumnos de ellas.
Hubo lágrimas y caras largas ayer bajo los eucaliptos del patio de tierra de la humilde escuelita construida en el siglo XIX. El sonido metálico de las chicharras aumentaba el calor del mediodía.
"La señorita se me fue. Tuvo el accidente y se me fue. Ahora no la tenemos más en la escuela. Estoy triste porque ella me enseñó a respetar... ¿Y ahora qué? No está más con nosotros...", balbuceaba, entre lágrimas, Margarita, de 16 años, que fue alumna de Malvina. Calzada con ojotas polvorientas y un vestido que alguna vez fue blanco, la joven estaba desconsolada.
Malvina enseñó durante 10 años aquí y María Alejandra desde hacía cinco. "Se hacían querer. María Alejandra era muy buena maestra" cuenta Gladis Alderete, cuyo hijo Gastón, de ocho años, fue su alumno. Carina Navarro, también evoca a Malvina: "Más que una maestra era una amiga para la gente. Yo fui a su casa porque me invitó."
Malvina recorría a diario, en una Trafic, los cinco kilómetros que separaban su casa de Los Ralos de la escuela de Lolita. Gastaba en transporte unos 50 pesos de su sueldo de 360. Ese dinero es el que pagó por las vacaciones en Camboriú. Claro que en cuotas.
Después de despedirse hasta el año que viene en la fiesta de fin de curso, Malvina, madre de tres chicos, volvió al pueblo en bicicleta. Vino a saludar a sus alumnos para Navidad. "Fue la última vez que la vimos", cuenta Blanca Villanueva, portera del colegio.
"Mis hijos lloraron cuando se enteraron... María Alejandra ha sido una madre para ellos. Primero prendimos velas y rogamos a la Virgen que no les hubiera pasado nada, pero ahora ya sabemos que ella está muerta", contó Rita Cancino, que vive frente a la escuela.
Un pueblo triste
Marcelo Cajal, el pelo negro y duro, mira fijo con sus ojos marrones y evoca a Malvina: "Era muy buena, y cuando nos daba una tarea y no entendíamos, nos ayudaba mucho". Todos la recuerdan como muy coqueta. "Para la fiesta de fin de año se había hecho un nuevo corte de pelo."
Los chicos juegan descalzos entre algunos pollitos y gallinas, y se asoman a las aulas, ahora vacías.
La de María Alejandra, con el techo alto de chapa, está adornada con una máxima: "Ocuparse de las inquietudes íntimas del niño significa reconocerlo, respetarlo y esperarlo." Eso les dio y eso le devuelven sus alumnos con el recuerdo. El salón de Malvina tiene poemas: "Niño de fin de siglo/como quisiera dejarte un mundo de primavera/ donde llovieran sólo pastillas/ que rebotaran en tus mejillas." En medio de tanto dolor sólo tienen un alivio: la directora Laura Lilia Beck salió sana y salva.
Viajaba en el ómnibus que iba detrás del interno 18, el que se accidentó, y por eso salió ilesa.
Todos en el pueblo la esperan. Quieren volver a verla. Aguardan con esa mezcla de alegría por saberla viva y tristeza por las muertes de las otras.
Pero también sobrevuela Lolita una pena honda e inocultable, porque nadie quiere ocultarla.
Las maestras Malvina y María Alejandra ya no volverán.



