Sadaic condenó el plagio de uno de sus empleados

Defraudación: según la ley, Daniel Azetti, que copió una obra de Giovanni Papini, podría pasar hasta seis años en prisión.
Defraudación: según la ley, Daniel Azetti, que copió una obra de Giovanni Papini, podría pasar hasta seis años en prisión.
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7 de enero de 1998  

La Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (Sadaic), mediante un comunicado de prensa firmado por Atilio Stampone, en ejercicio de la presidencia de la entidad, expresó ayer su indignación por el plagio cometido por Daniel Omar Azetti, ganador del concurso La Nación en el rubro cuento.

Azetti, que presentó como propio un relato que Giovanni Papini escribió a principios de este siglo, trabaja actualmente en el área financiera de Sadaic.

El comunicado, remitido al director de La Nación , señala: "Nos dirigimos a usted para expresarle nuestra indignación por el desdichado caso del Sr. Daniel Omar Azetti, ganador del concurso de cuentos organizado por el diario que usted dirige.

"Sadaic, defensora del derecho de autor, condena el delito cometido, paradójicamente, por uno de sus empleados.

"Nos comprometemos a exigir al plagiario que devuelva el premio y a aplicarle la sanción que le corresponda legalmente.

"También víctimas de otro profesional trucho, sin responsabilidad directa sobre el caso, y, en nuestro carácter de custodios de la propiedad intelectual, nos solidarizamos con La Nación para pedir disculpas a los herederos de Giovanni Papini, al jurado y a los lectores."

El puesto de Azetti

En cuanto a la suerte de Azetti como empleado de Sadaic, Stampone dijo a este diario que en la entidad "no puede estar trabajando un plagiario", aunque aclaró que esta opinión tiene carácter personal.

Habrá que esperar hasta el mes próximo para conocer una decisión oficial al respecto. Entonces, el directorio de Sadaic resolverá si Azetti conserva o no su empleo.

* * *

La legislación argentina castiga con una pena de hasta seis años de prisión la conducta de Daniel Omar Azetti, el joven que logró ganar el premio La Nación 1997 con una copia casi exacta de un cuento de Papini.

La ley número 11.723 protege desde 1933 la propiedad intelectual de las obras científicas, literarias o artísticas. Se considera un tipo especial de defraudación o estafa "la edición, venta o reproducción de una obra suprimiendo o cambiando el nombre del autor, el título de la misma o alterando dolosamente (con intención) su texto".

No hay que ser experto en letras ni tampoco conocer a fondo el derecho para saber que Azetti hizo cada una de las acciones que reprime expresamente el inciso "C" del artículo 72 de la ley de propiedad intelectual.

Reprodujo el cuento "El espejo que huye", de Papini; le cambió el título por "La ilusión que se escurre"; se lo autoadjudicó y modificó dos o tres palabras del relato original.

Además de la posible responsabilidad penal, la conducta de Daniel Azetti también puede ser materia de estudio en los fueros Civil y Comercial.

Papini falleció en 1956, pero la ley establece que "la propiedad intelectual corresponde a los autores durante su vida y a sus herederos y derecho habientes durante 50 años a partir de su deceso".

Son los intereses económicos y morales de los verdaderos creadores de obras artísticas los que protege la ley de propiedad intelectual.

En el caso de Azetti, Papini y el concurso La Nación 1997, la ley ampara a los herederos del escritor florentino y al nombre del diario que premió, sin advertirlo, al falso autor de un hermoso cuento.

Descargo de un jurado

Me siento estafado. Después de meses y meses de leer un interminable montón de carpetas, con un total de casi cuatro mil ochocientos trabajos, me entero de que el escritor al que hemos premiado con el primer puesto es, en realidad, un simple copista.

Lo extraño es que no se trata de alguien que ha querido hacer una broma. Cuando se le pregunta al respecto, el señor Daniel Omar Azetti se escandaliza y para justificar una simple traslación habla, con una pretensión digna de mejor causa, de intertextualidad, homenajes y otras yerbas.

Esta mala fe, tan absurda que uno se pregunta si no será la simple manifestación de una enfermedad mental, no es, por cierto, lo más importante del episodio.

Impunidad

Creo que lo más penoso es la evidencia de que se instala en la literatura algo cuyas consecuencias ya sufrimos y que nos espanta a todos: una fe ilimitada en la impunidad por parte de los canallas. Cada vez más, en estos años noventa, los que cometen delitos parecerían creer que los demás somos tontos; han perdido tanto el sentido de lo real que cometen sus sinvergŸenzadas a la luz del día.

Para colmo de ironías, el señor Azetti trabaja en Sadaic, una conocida institución que defiende la propiedad intelectual de los músicos. ¿Qué medidas tomará Sadaic contra su empleado? ¿Puede el señor Azetti, mientras defiende como un gran paladín los derechos de los músicos, vulnerar de esta manera idiota la buena fe que debe existir en todo concurso?

Todos sabemos que la confianza es indispensable para la vida civilizada. Ella existe gracias a actitudes predecibles, basadas en la honestidad: si no, uno no podría dar un paso. Y para que la confianza se restablezca debe haber una sanción. Por eso, yo espero que tanto La Nación como Sadaic tomen lo más rápidamente posible las medidas necesarias para que el señor Azetti no goce, como tantos otros, de la impunidad.

Por último, como el señor Azetti da a entender en sus declaraciones que yo he admirado sus penosos trucos, quiero agregar que la carpeta ganadora no era justamente una de mis preferidas. Se lo di a entender cuando hablé con él después de la entrega del premio y le dije que debía evitar los términos borgianos, los giros verbales calcados, sin saber que justamente vivía de eso.

Como un nuevo Pierre Menard, el escritor inventado por Borges que se propone reescribir fielmente el Quijote, Azetti copia a Papini letra por letra. Sin embargo, al alterar pequeños detalles sólo consigue quitarle grandeza a su tarea. Al revés de Pierre Menard, mantiene a rajatabla su pobre individualidad.

No se olvida de sí mismo, a la manera de un lector en una obra ya hecha; la modifica y, para peor, sus modificaciones son tan nimias que al conocer el truco resultan ridículas. Por ejemplo, en lugar de "una mañana imposible" escribe "una mañana brumosa". De esos preciosismos está hecho su aporte a las letras.

No más concursos

Siempre nos quejamos de la falta de justicia y de la inoperancia de aquellos que la tienen que ejercer. Por este medio propongo a los demás miembros del jurado que en forma conjunta exijamos que el señor Daniel Omar Azetti, como una lógica consecuencia de su mentira y de su delincuencia común, no pueda participar en otros concursos literarios, no sólo del diario La Nación sino de otras instituciones del país.

No vaya a ser que nuevamente la realidad argentina supere a la literatura fantástica y mañana nos enteremos de que el señor Azzetti es un flamante funcionario público a cargo de un área cultural.

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