Se suicidó delante de la prensa, en el despacho del intendente

En Tandil, un hombre decidió matarse en el edificio comunal
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4 de diciembre de 2001  

TANDIL.- "Muchachos, tengo para ustedes la noticia del año." Matías Bello, un ex convicto y empleado municipal de 26 años, llamó a conferencia de prensa en el palacio comunal y contó a los periodistas su dramática situación económica.

"Ahora síganme, que voy a hacer un desastre", dijo antes de dirigirse al despacho del intendente. Se sentó en el sillón del funcionario, tomó un pistolón que llevaba bajo su campera y lo apuntó a su boca. Se tomó 23 minutos para hacer más declaraciones periodísticas. "Ya estoy jugado", fue lo último que dijo. Entonces, dio la última pitada a un cigarrillo y se quitó la vida de un disparo frente las cámaras de televisión y ante más de 20 testigos.

El suicida confirmó que durante tres días meditó acerca de esta decisión. Y que para él no había ayuda posible. Aunque era empleado público, su salario había sido embargado y, por eso, había quedado sin vivienda. Precisamente ayer hizo su último intento y fue a la sede comunal para reclamar que se le diera una casa que -creía- se hallaba disponible, pero que finalmente fue otorgada a un hospital. Luego trascendió que, además de problemas de dinero, Bello soportaba una cruel enfermedad.

El intendente local, Julio Zanatelli, no estaba en la sede de gobierno. Sí, en cambio, su secretario privado, Carlos Capodicci, uno de los que más intercedieron ante el suicida para que desistiera de su terrible elección. "No lo puedo creer, no lo puedo creer", repetía una y otra vez, mientras iba de una oficina a otra sin encontrar explicaciones.

Bello había anunciado ayer que a las 10.30 iba a hablar con los periodistas que cubren la actividad del municipio. "No falten, no se van a arrepentir", les prometió con un poco de intriga.

Cuando los principales medios estaban en la sala de prensa comenzó con su relato. Contó que había estado preso desde 1995 y que tras cumplir la condena se había juramentado no volver a delinquir. Se lo planteó a Zanatelli y le pidió trabajo. Lo consiguió en el área de parques y paseos de la comuna.

Luego fue sospechoso por el crimen de Juan Cano, un papero de la zona. "Esa noche estaba con una amante", dijo a los investigadores. Salvó la imputación, pero no su relación de pareja. Su concubina, enterada de la situación, lo echó de la casa.

Estuvo en Ushuaia hasta que su ex compañera le avisó que iba a ser papá. Al regreso recompuso la relación y recuperó el empleo, esta vez en Vialidad Municipal, donde revistaba hasta ayer.

Pero deudas acumuladas y sueldos embargados lo tenían en aprietos. Su mujer lo abandonó y una cruel enfermedad lo tenía sentenciado. "Sabía que no tenía retorno", admitió un amigo de la víctima, que sabía que era portador de un virus mortal.

"Ahora hago un desastre", avisó a los periodistas antes del mediodía, y se encaminó al despacho del intendente, desocupado en esos momentos. Se sentó en el sillón, cargó un pistolón calibre 12 y lo mantuvo en su boca por 23 minutos.

En ese lapso ningún especialista llegó al lugar para evitar el peor de los finales. El suicida dedicó el tiempo a dar notas en vivo a las radios, sin abandonar su actitud. Apenas si bajaba el caño a la altura del mentón para poder hablar. Ni siquiera el director de Vialidad, Mauricio Cabrera, pudo convencerlo. Apenas si le aceptó un cigarrillo.

"Ya estoy jugado", le insistió a su jefe de área. Y gatilló.

"Nos quedamos helados, no creímos que llegara a tanto", dijo un periodista del diario El Eco de Tandil, testigo de todo, y remarcó que era imposible quitarle a Bello el arma por la fuerza: "Nunca sacó el dedo del gatillo -explicó- e intentar quitárselo podía significar herir o matar a otra persona".

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