
Separados por la guerra, unidos por Facebook: después de 20 años encontró a su hermana
Alejandro Trybuchowicz quiere cumplir el deseo de su padre, quien en la Segunda Guerra Mundial fue confinado a un campo de concentración y se vio forzado a separarse de su hija; la conmovedora historia de "los Polacos"
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CLAROMECÓ. - Parado atónito, frente al monitor de la computadora, Alejandro Trybuchowicz lee y relee el mensaje mientras las lágrimas se deslizan sin fin durante una hora. Le cuesta respirar: había esperado aquel momento más de 20 años. Baja las escaleras corriendo y abraza a su mujer. "Encontré a mi hermana, encontré a mi familia", le dice sin poder contener la emoción.
En el recuerdo, quizá, estaban aquellas tardes en las que su padre alzaba la vista hacia el horizonte. Soñaba cada día con poder volver a ver a su hija, Stasia. La Segunda Guerra Mundial le produjo heridas imposibles de olvidar: no sólo nunca más volvió a verla, tampoco tuvo noticias de su mujer, que fue confinada a un campo de concentración.
Stasia tiene 71 años y vive en Polonia. Ella también estaba buscando a su medio hermano y fue su hijo quien logró contactarlo a través de las redes sociales. Alejandro se imagina una y otra vez el instante en que finalmente podrá abrazarla, pero sabe que aún falta un paso más: juntar la plata para el viaje.
Pasaron tres años desde aquel día y, aunque se habla con frecuencia, aún no pudo encontrarse con ella. La ansiedad es cada vez mayor. No es sólo su deseo, sino también el de su padre.
"Necesito cerrar esta historia. No es sencillo ni va a ser nada común pisar suelo polaco. Seguramente será como ese sueño de mi viejo que nunca pudo concretar. Es como un mandato que tengo que cumplir", expresa.
Stasia tiene 71 años y vive en Polonia. Ella también estaba buscando a su medio hermano y fue su hijo quien logró contactarlo a través de las redes sociales
Nunca olvidará jamás el momento en que su padre antes de morir tomó fuerte su mano. Padecía cáncer de garganta. Desde la cama del hospital donde estaba internado, abrió apenas los ojos y lo miró fijo. No hubo palabras, pero Alejandro, que entonces tenía 18 años, sintió que tenía que encontrar a Stasia. Era su legado...
***
-Estoy en Dunamar, preguntá por "los Polacos". Me ubicás fácil- dice. En el pequeño balneario de Claromecó, en el sur de la Costa Atlántica, casi todos se conocen. Como tantas otras tardes hay mucho viento y se escucha el ruido constante de cuatriciclos y motos.
La casa está repleta de objetos y referencias a Polonia, como su escudo, que está fijo en la pared. "Heredé totalmente la pasión que tenía mi papá. Es increíble, pero de chico empezó a marcarme que yo era el elegido y que el día que no estuviese más yo tendría que seguir el camino de reencontrarme con su familia y su tierra", dice.

La búsqueda de Stasia no fue fácil. En la embajada de Polonia en la Argentina le dijeron que buscan refugiados polacos en el país, pero nada podían hacer por los que están allá. Su padre había mantenido contacto con ella a través de cartas, pero con la Cortina de Hierro perdió la comunicación.
Con la tecnología e Internet todo se facilitó. Aún así pasó mucho tiempo sin saber nada de Stasia, y, por momentos, se resignó. Fueron 20 años hasta lograr dar con su hermana. Ella tiene cuatro hijos y vive en la provincia de Lubusz, al oeste de Polonia, cerca de la ciudad alemana de Berlín.
Pasaron tres años desde aquel día y, aunque se habla con frecuencia, aún no pudo encontrarse con ella. La ansiedad es cada vez mayor. No es sólo su deseo, sino también el de su padre.
Lo que no sabía Alejandro es que tiene otras dos medias hermanas, Helena, de 73 años y Teresa, de 72. El Polaco- así le decían sus amigos a su padre- jamás le habló de ellas. Él desconoce el porqué. Fue tan sólo hace un mes que se enteró de su existencia y que ambas viven también en Polonia y se hablan regularmente con Stasia.
"Recibí otro golpe muy fuerte. No puedo creer que mi padre no me hubiese contado que hubiera dos hermanas más. Cuando me contactó uno de los nietos de Helena no entendía nada. Me agarró en un momento muy complicado. Pero hoy lo tomo con mucha felicidad y alegría", dice y se quiebra al recordar la noticia.
Sin embargo, no le reprocha nada a El Polaco. Sabe que le tocó sufrir demasiado. Su mujer fue aprehendida por el ejército nazi, tras la invasión a Polonia, y, luego del pacto de paz entre Rusia y Alemania, él fue enviado prisionero a un campo de concentración en Siberia.
Ese dolor- reflexiona-se trasmite. Jamás vio a su papá llorar ni reír. Después de que un sobrino suyo muriera de hambre en sus manos; de ser sacado a la intemperie con 40 grados bajo cero mientras le arrojaban agua helada… De subsistir comiendo sólo cáscara de papa…., simplemente no podía.
"Todo tiene un porqué. Yo creo que después de la muerte hay vida y que el alma de mi papá está dentro de mí, marcándome el camino. No pueden ser tantas cosas. Es una energía que está dentro mío la que me impulsa a encontrarme con mi familia", dice
"Siempre me habló de su historia. De su hija. Nunca pudo disfrutar de la vida. La pesca y el mar eran su descargo, su cable a tierra. Inclinaba permanente la vista hacia al horizonte buscando alcanzar lo que no podía con las manos", cuenta Alejandro.
Cuando terminó la guerra, Polonia era parte del régimen comunista ruso. Su padre, que murió antes de la disolución de la Unión Soviética, no pudo regresar nunca a su país porque volver significaba ser fusilado.
"Todo tiene un porqué. Yo creo que después de la muerte hay vida y que el alma de mi papá está dentro de mí, marcándome el camino. No pueden ser tantas cosas. Es una energía que está dentro mío la que me impulsa a encontrarme con mi familia", dice. Falta sólo un paso más.
Una familia marcada por la guerra
La mamá de Alejandro, la segunda mujer del Polaco, también había sufrido la guerra. Se conocieron en Buenos Aires. Ella escapaba de Italia. Compartían el dolor. Tardó 36 años en volver a ver a su hermana que se había refugiado en Canadá.
Los Trybuchowicz llegaron a Claromecó buscando paz. El Polaco había sido estafado en un negocio y había perdido todo. A Alejandro nunca le faltó nada, en gran medida por la tenacidad e imaginación de su madre. Nunca se fue a dormir sin comer, pero hubo muchos días en que el plato que se servía en la mesa era sólo pan con aceite y pimienta o huevo batido.
"Siempre sentí bronca con todo lo que pasó. La guerra destruyó muchas vidas. Mi papá no tenía ningún objetivo después de la guerra, le faltaba fuerza. Siempre quiso volver a Polonia a ver a su hija y no pudo. Y yo veía que sufría. El día que retorne podré decir que he cumplido con el legado", dice.
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