Solidaridad: historia de un valor que se afianza en el país

La cultura de la ayuda organizada, que data de los tiempos coloniales, fue mutando a lo largo de las crisis políticas, sociales y económicas del país; hoy, los jóvenes son sus grandes protagonistas
Emilse Pizarro
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14 de julio de 2015  

Referencias tan inequívocas como los semáforos y los carteles de las calles habían perdido sentido. En segundos, las calles de La Plata se habían transformado en ríos. Algunos vecinos, subidos a los techos de sus casas, esperaban que el horror no los alcanzara. Aquel temporal de 2013, en el que murieron al menos 89 personas, provocó una de las movilizaciones solidarias más grandes de los últimos años en el país. Los principales protagonistas fueron los jóvenes.

La Argentina tiene una cultura de la ayuda organizada que data de tiempos coloniales –entonces ya existía la Hermandad de la Caridad de Buenos Aires y Córdoba, por ejemplo– y que mutó con el devenir de la historia y las crisis. Sus causas y formas cambiaron con los vaivenes políticos y sociales.

A principios del siglo XX aparecieron las asociaciones de ayuda mutua y las organizaciones de las comunidades inmigrantes. Después, entre los años 30 y 50, fue el tiempo de las entidades de índole barrial, como las sociedades de fomento y los clubes sociales y deportivos.

"En los años 70 tenían muchísimo peso las intervenciones que hacía la Iglesia Católica con los movimientos cristianos de base", explica Marcelo Urresti, sociólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Según el especialista de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), esos movimientos "terminaban teniendo una vinculación muy directa con la política. Entonces era absorbido por una polarización que movía hacia lo que en su momento era el peronismo de los jóvenes, la resistencia, la tendencia revolucionaria donde había un liderazgo inocultable de la Juventud Peronista (JP) y los Montoneros."

"La crisis de 2001 llegó con el universo asociativo en ebullición"

En los ochenta, luego de la dictadura, las organizaciones vinculadas a la lucha por los derechos humanos emergieron con muchísima fuerza. En esa época también se conocieron en nuestro país los primeros casos de VIH (1982), lo que provocó que en 1989 surgiera la Fundación Huésped. "Cuando nace una problemática social siempre existe gente que está dispuesta a organizarse para resolverla", dice Mario Roitter, titular del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes).

"La década del noventa –explica Urresti– llega con un desencantamiento con los principales productores de militancia y participación: el radicalismo y el peronismo se debilitan, y le van dando lugar a más formas que tienen que ver con el tercer sector. No provienen de la política, sino de una forma moderna de hacer filantropía social."

Paralelamente, en la atmósfera de las políticas neoliberales de los gobiernos de Carlos Menem, se instalan empresas extranjeras y llegan, así, varias fundaciones corporativas. A la luz de un Estado debilitado nace la Red Solidaria (1995): "Era una década más individual; queríamos recuperar la participación democrática que había estallado en los ochenta", cuenta Juan Carr, titular de la entidad. Era la explosión del mundo asociativo. Dos años después, en 1997, Gallup, que realiza medición de voluntariado y donaciones en varios países, lo hace por primera vez en la Argentina. Otro síntoma de la época es la profesionalización: ese mismo año nace el posgrado de Especialización en Organizaciones sin Fines de Lucro de la Universidad de San Andrés (UdeSA).

Daniel Yoffe es licenciado en Psicología y Sociología de la UBA y profesor de esa maestría. En su juventud, antes de la dictadura, militaba en el peronismo de base y trabajaba en programas de desarrollo comunitario. "En los noventa, cuando lo partidocrático se desprestigió, la aparición de Greenpeace fue un ejemplo de activismo militante confrontativo que no respondía a ningún partido político. Que no se necesitara estar en un partido para tener una acción transformadora captó la atención de los jóvenes."

2001: crisis y boom solidario

La crisis de 2001 llegó con el universo asociativo en ebullición. El año posterior al estallido se dio el pico más alto de voluntariado en la Argentina: en el informe de Gallup, el 32% de la población decía haber realizado tareas voluntarias durante ese año. Urresti agrega que la acción fue, sobre todo, de los jóvenes. "Había un desborde de voluntarios en las ONG. Ese pico de 32% estaba vinculado a gente que no tenía trabajo. Era un período con alto índice de desocupación de personas calificadas que quedaron fuera del sistema y que, frente a eso, decidieron hacer algo por otros", cuenta Mariana Lomé, que es directora del posgrado de la UdeSA y fue parte del equipo de Vida Silvestre en los noventa. "Años más tarde la desocupación cedió y la capacidad de donar horas disminuyó", agrega.

"Con el mayor retraso en la asunción de roles parentales, los jóvenes disponen de mayor tiempo para dedicarse al voluntariado"

Por entonces, según explica Carolina Pérez Wodtke, de la Red Argentina para la Cooperación Internacional (RACI), en 2002 y 2003 aumentaron los fondos de ayuda oficial internacional. En 2004 disminuyeron nuevamente –cuando el nivel de PBI per cápita comenzó a crecer–. Lo mismo sucedió con el voluntariado y desde ese año, Gallup destaca una baja sistemática. La última medición (2014) es la más baja desde 1997: 13 por ciento.

Fuente: LA NACION

La lectura de estudios y comparaciones con otros países puede ser engañosa. Roitter encabezó en 2010 con el Cedes una medición para el gobierno de la ciudad de Buenos Aires en la que agregaron un módulo sobre voluntariado a la encuesta de hogares que hace anualmente la dirección de estadísticas porteña. Así accedieron a 9000 casas. "Nos dio la posibilidad de hacer una medición más precisa; uno de los temas del voluntariado es el tipo de preguntas y el contexto cultural, que puede incidir en que el grado de respuesta a esa misma pregunta sea mayor o menor. En Reino Unido los datos que hay sobre voluntariado son mucho más altos que los de la Argentina, pero para los ingleses hay acciones que están dentro de la noción de voluntariado que para nosotros, latinoamericanos, no. En un formulario inglés, una pregunta sobre voluntariado es si ayudó a alguna persona a realizar un trámite. Nosotros eso o indicarle a un turista una calle no lo vemos como una acción voluntaria", dice. Carr coincide y suma: "Para los anglosajones, el voluntariado es «tengo tiempo libre, ¿qué puedo hacer?» Y puede ser desde biodanza hasta ir a un hogar de niños. Es un esquema muy de tiempo libre. Lo que tiene el voluntariado latinoamericano es que es gente que entrega su tiempo todo el tiempo muy informalmente. Esas mediciones, que respeto, están muy oenegeinadas. Lo que tenemos ahora que no lo mide Gallup es que está lleno de jardines, clubes, escuelas, entidades. La Argentina está desbordada de cultura solidaria, que no se puede medir porque nadie le dice voluntario a eso: ni siquiera yo".

"las crisis políticas y sociales que se repitieron en nuestro país educaron en la solidaridad"

Kristie Robinson es inglesa, periodista y vive aquí hace nueve años. Es la directora local de Good Pitch –una iniciativa que impulsa el cine documental con foco en la justicia social en América latina– y trabajó en ONG de ambos países. Para ella, "aquí hay más voluntariado, mucha solidaridad. Aquí aportan tiempo, en Inglaterra es más el dinero: una decisión rápida". Porque es un intangible, imposible de devolver, Lomé sostiene: "Las organizaciones deben romperse la cabeza para que ese tiempo que entregó la gente cambie el mundo, sea pleno, porque no lo podrán reclamar en ningún lado".

Robinson cree que las crisis a repetición en nuestro país educaron en la solidaridad. Allí es donde Roitter encuentra otro problema respecto de los indicadores de voluntariado: "Si miramos con respecto a 2001 y 2003 cualquier cosa dará por debajo de esos años. Es un período de nuestra historia muy complicado: cinco presidentes, crisis económica y política, un derrumbe muy fuerte. En ese contexto se armaron asambleas de vecinos, clubes de trueque, grupos de ayuda: había una voluntad de participación muy grande asociada a una especie de cataclismo social".

El resultado del estudio de 2010 fue que el 5,5% de los porteños realizó trabajo voluntario durante ese año, en el que la franja que iba de los 22 a los 40 años fue la más alta (35%). "Y debajo de los 21 años, 13%. Sumados los dos tramos es del 48%, que es muy alto. Creo que hay una cuestión de mayor involucramiento e identificación con causas. También hay muchos programas de promoción de voluntariado universitario a escala nacional y en escuelas", dice Roitter.

Matilde Morales, secretaria ejecutiva del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales (Cenoc), destaca que durante los últimos años, "el voluntariado se vio favorecido por un impulso renovador y creativo a partir de la incorporación de jóvenes, tanto de grupos de base así como aquellos que se dedican a la política. Un ejemplo fue la movilización masiva en el trabajo comunitario que suscitaron las emergencias por inundaciones y la construcción de plazas en los barrios".

Candela Hortiguera, que participa desde los 13 años en el grupo misionero Padre Carlos Mugica de la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, en Olivos, destaca que para las agrupaciones políticas que hacen trabajos solidarios no hay temas tabú. "Pueden hablar de que a Luciano Arruga lo habría matado la policía, de que Julio López sigue desaparecido en democracia, de tantas cosas que por ahí nosotros cuando vamos a algún barrio no hablamos." Y dice que quizá no comparte ideología con ninguna, pero que le parece adecuado que hagan algo, "sobre todo porque ese «algo» lo hacen los jóvenes".

Para Gonzalo Rinaldi, de 29 años, creador de la iniciativa 1 Minuto de Vos –que consiste en invitar a las personas en la vía pública a donar ese tiempo para lograr un objetivo–, "la mayor herramienta de transformación de la realidad es la política. Nuestra deuda pendiente, como sector, es la falta de cuadros políticos. La política, bien entendida, es el acto de servicio más importante que podemos brindarle a los postergados y olvidados de siempre. Los jóvenes cada vez tenemos más claro eso. Si el problema más grave que tenemos hoy es que los jóvenes eligen involucrarse con la realidad, pero con una pechera bienvenido sea este tiempo y ese «problema»".

Para Yoffe, lo que sucede es que ellos, los jóvenes, son "más visibles", y destaca un regreso a la ayuda que sucede en la tercera edad. Ana Miranda, doctora en Ciencias Sociales e investigadora de Conicet/Flacso, marca un hecho central: "Con el mayor retraso en la asunción de roles parentales, los y las jóvenes disponen de mayor tiempo para dedicarse a tareas de voluntariado".

Las redes sociales

Desde la primavera árabe hasta el 15M como la organización para la ayuda de las inundaciones en La Plata, Facebook y Twitter han sido herramientas de revolución organizativa. Ni hablar de las aplicaciones móviles, como por ejemplo Frío Cero.org, que crearon Matías Tucci, de 23 años, y Joel Dos Santos, de 22 (si hay gente durmiendo en la calle, sirve para indicar dónde está el centro más cercano en el que le darán abrigo y un plato caliente de comida).

Entre Facebook y Twitter, la Red Solidaria tiene 350 mil amigos seguidores. "Que estén comprometidos, esperando ponerse en movimiento por la comunidad en un país de 40 millones de personas…, ¡es un ejército de paz fabuloso!", dice Carr, que se lleva pésimo con la tecnología. Comprende que es un lugar de encuentro, "si se lo utiliza así. Pero nada cambiará un abrazo mirándote a los ojos con otra persona que necesita algo. Hoy estamos tapados de tecnología: estamos tratando de que alguien deje el teclado y abrace a otra persona". Mucho de eso entendió Camila Alanis, estudiante de Psicología Social. Tiene 21 años y desde hace dos es voluntaria en Caminos Solidarios, una organización que realiza recorridos nocturnos para llevar ropa, frazadas, sopa: "Nuestra labor no va a cambiar el mundo, pero sé que hoy una persona se acostó con la panza llena y recibió amor desde el no prejuicio, desde una mirada de amistad".

Cuando arrancó la Red Solidaria, allá por 1995, Carr quería recuperar la participación de algún modo. Él entendía que la solidaridad era –y es– para un instante, porque "la que transforma la realidad es la política. Nosotros esperábamos que el mundo social de ese momento, sub 40, generara liderazgo, creíamos que algunos iban a ser gobernadores, diputados, ministros: eso aún no ocurrió. Nuestro plan era que esto durara un rato, pero falta para ese encuentro soñado".

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