
Son tantos los que piden como los que agradecen
Cuando en la década del ´40 el sacerdote Juan Di Falco decidió enviarle una estampita de San Cayetano a cada abonado a la guía telefónica no imaginaba que su acción despertaría tanto fervor. Hoy los peregrinos que se acercan al santuario de Liniers para pedir ayuda u ofrecer su agradecimiento se cuentan de a miles.
La Nación recorrió ayer las quince cuadras repletas de fieles, que, como cada 7 de agosto, esperaban para estar frente a la imagen del santo.
"Aunque la cosa está cada vez peor", según aseguró un peregrino, la mayoría de los que va a Liniers agradece tener un trabajo. Comerciantes, enfermeras, operarios, albañiles, empleados, metalúrgicos son algunas de las profesiones que más se repiten.
Ayer a la tarde abundaban las mujeres y los hombres de más de 50 años. Con el correr de las horas, los jóvenes y los trabajadores que concluían sus tareas se iban acercando y hacían que las filas se alargaran.
A las 17, dentro de la iglesia era casi imposible caminar. Una hora después, la imagen del santo recorrería las calles desde el final de la cola hacia la iglesia.
La procesión tenía el objetivo de repetir el sendero de los peregrinos: caminar, esperar, rezar, recoger las intenciones de los miles de feligreses que esperaban su paso con devoción.
Desde lejos
Aunque la mayor parte de las personas llegan desde el Gran Buenos Aires y desde los barrios más remotos de la ciudad, no son pocos los que viajan desde las provincias y los países limítrofes para venerar a San Cayetano.
Por ejemplo, Raymundo Castillo, un panadero de 52 años, llegó en micro desde Corrientes para agradecerle al santo por el empleo que tiene.
El párroco del santuario, Fernando Maletti, uno de los sucesores del cura Di Falco, aseguró que no es extraño tropezar con peregrinos que vienen desde Paraguay, Bolivia, Perú o Uruguay.
La cantidad de fieles que se acercan cada año es algo de lo que Maletti prefiere no hablar. Sin embargo, informó que los peregrinos superaron el año último las 35 cuadras de cola.
"Es difícil calcular cuánta gente viene porque son 36 horas de un movimiento continuo -explicó a La Nación -. Y nadie se queda afuera, aun los que no vienen al santuario". El sacerdote se refería a los devotos al santo que lo veneran en otras iglesias y en sus propios altares caseros.
En cuanto a lo que San Cayetano se refiera, todas las cifras son grandilocuentes: 120 sacerdotes, 1600 servidores de los peregrinos, un centenar de voluntarios de la Cruz Roja se ocuparán de recibir y atender hoy a los fieles.
Si consideramos el trabajo del Servicio Social del santuario desde el último 7 de agosto, los números crecen. A las más de 45.000 personas que recibieron comida, medicamentos o trabajo, se agregan los 150.000 kilos de alimentos y los 5189 de ropa que se recepcionaron como ofrendas.
Muchos años, una esperanza
La devoción de los fieles para con San Cayetano es increíble. La fidelidad con el patrono del trabajo se mide en decenas: basta conversar con los que aguardan para descubrir que todos llevan muchos años haciendo la misma cola. Y con la misma esperanza.
"Hace 38 años que vengo. Mi tres hijos, uno abogado y otro ingeniero están sin trabajo", lamentó Leticia Posadas (62). Unos metros adelante, pero en la misma fila, Silvia Molina Paz, junto a su marido, dijo con orgullo: "Desde que me casé, hace 33 años, que no faltamos ninguno y todo lo que le pedí al santito me lo concedió".
"Hace 32 años que vengo al santuario. Este año para pedir por mis dos hijas, que no consiguen trabajo", afirmó Felisa Manteiga, de 68 años, del barrio de Pompeya.
Los tres testimonios anteriores no son casos aislados. La gran mayoría de los que le rezan a San Cayetano repiten la vigilia del 7 de agosto desde hace muchos años.
Con tantos años de fe en su haber, todos coincidieron en señalar dos cambios en el perfil de los peregrinos: son más y cada vez más solidarios.
La encargada de los servidores de los peregrinos, Nilda Bóscaro, es una de las fieles más veteranas: 45 de sus 51 años los pasó en el santuario.
A Bóscaro la esperaba una larga noche y, no obstante ello, no dejaba de sonreír. Tenía a su cargo dirigir las tareas de 1600 voluntarios. Una de las actividades previstas es preparar mate cocido con pan para los peregrinos. Las cantidades de la inmensa receta pondrían a prueba a la mejor cocinera: 400 kilos de yerba, 700 de azúcar y 900 de pan.
Sin embargo, también están los debutantes. Sentada en el empedrado de la calle Bynnon, a tres cuadras del santuario, Gabriela, de 21 años, técnica en hemoterapia, reconoció que era su primer año de vigilia. "No tengo trabajo. ¿De qué busco? De lo que sea".
No es sencillo conseguir una buena ubicación de la larga fila. Noris Lencina, la primera, hace dos meses que acampa a pasos del santuario. Los que la siguen llegaron a principios de julio.
Los feligreses se turnan para no perder el deseado lugar. Y cuanto más cerca del santo estén, mejor. Tal vez sea por eso que las imágenes de San Cayetano y los pequeños altares se repiten cuadra a cuadra.
"Teníamos una carpa, con un brasero y una garrafa, en la que vivíamos", comentó Selva Delmonte, de 67 años.
Antonia Aguirre, de 47 años, no se movió de su puesto desde el 25 de julio. "Me duchaba en el baño de la iglesia, tomábamos mate y comprábamos vianditas. Entre todos, nos arreglábamos", reconoció.
La solidaridad entre los fieles se percibe tan fácil como la fe de los que esperan. En tantas horas de vigilia se comparten charlas, mates, un poco de pan y el infaltable truco.
Algunos aprovechan el tiempo de espera para trabajar. Como Ena Alfano, que tejía sombreros y carteras. "Me quedé sin trabajo y tejo para vender lo que hago", contó a La Nación esta rubia mujer de 63 años, que desde hace 10 reza en Liniers los días 7 de cada mes.
Otros instalaron puestos de choripán al paso y de productos religiosos para la celebración. Sin ir más lejos, Miguel Leiva (37) transformó su bar en una gran parrilla. "Hay más gente, pero son más pobres", dijo sin dejar de trabajar. Pero con la misma fe de todos, agregó: "No está todo dicho. Mañana (por hoy) es el gran día".
Tenía razón. Para él y para centenares de miles de fieles hoy es el gran día. El del agradecimiento. El del pedido. El día de la esperanza.
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