
Un médico admitió que cometió errores
Hugo Giménez, encargado de la primera autopsia, reconoció que cometió gruesas equivocaciones durante la necropsia
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SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA.- A menos que el asesino confiese, es probable que nunca llegue a saberse de qué forma murió María Soledad Morales.
Esa fue la impresión que dejó ayer al tribunal el prolongado y titubeante testimonio del médico forense Hugo David Giménez, quien realizó la primera autopsia al cadáver de la víctima.
Tras admitir que lo primero que hizo fue lavar el cuerpo porque "tenía tierra", con lo que destruyó evidencias importantísimas, reveló que desde que había ingresado en la policía, seis meses antes, ése fue el primer caso de muerte violenta que le tocó investigar.
Giménez, cuya especialidad es la ginecología y la obstetricia, pero no la memoria, dijo no recordar qué oficial estuvo a cargo de los peritajes criminalísticos realizados en el lugar donde fue hallado el cadáver, la mañana del lunes 10 de septiembre de 1990.
"En realidad, no recuerdo que se hayan hecho esas pericias que usted menciona, no teníamos recursos..., ¿sabe?", dijo el facultativo al presidente del tribunal, Santiago Olmedo de Arzuaga, quien no salía de su asombro.
Atosigado por los abogados de las partes, Giménez admitió, entre otras cosas, que hubo por lo menos una lesión interna en el cuerpo de María Soledad, nada menos que en el corazón, pero que él no consideró importante y se "olvidó" de incluir en el informe de la necropsia.
Hematoma en el corazón
Así vino a saberse, siete años después, que el cadáver presentaba un hematoma de "tres a cuatro centímetros de superficie" en el órgano vital, y que no tenía su correlato sobre la epidermis del pecho.
El abogado de la familia Morales, José Buteler, le preguntó: "¿No cree usted que ese hematoma pudo haber sido causado por una punción cardíaca, como las que se practican para resucitar a un paciente en estado de shock?" "Y... sí, doctor, pero en ese momento no se me ocurrió, por eso no lo anoté en el informe", volvió a asombrar a los jueces el forense.
La cuestión no es menor, ya que se vincula con la hipótesis de que María Soledad fue llevada por gente allegada a los Luque, para un fallido intento de reanimación, a la clínica Pasteur de esta ciudad, donde finalmente murió.
La falta de tejido epitelial en los costados del cuello -también le arrancaron las orejas y el cuero cabelludo- pudo haber obedecido a querer borrar rastros de electroshocks en las carótidas, otra forma de resucitación.
Pero para explicar mejor el alcance de su impericia, hay que recordar que Giménez revisó el cadáver en la morgue al mediodía del lunes, dos días después de que se viera con vida por última vez a María Soledad.
Tras advertir la triple fractura del maxilar inferior como consecuencia de un golpe fortísimo, el forense arriesgó la siguiente secuencia: la víctima recibió un golpe, sangró profusamente, aspiró ese fluido y se le obstruyó la tráquea. Al no poder respirar se asfixió y murió.
Confuso dictamen
Ese primer y confuso dictamen _la segunda autopsia, realizada en febrero de 1991, plantearía la sobredosis de cocaína como causa de la muerte_ fue el que abrió el camino a toda una serie de pérdidas y ocultamientos de pruebas que hacen que hoy sea prácticamente imposible esclarecer qué ocurrió realmente.
Con respecto al lavado del cadáver -Giménez aclaró que no lo hizo con una manguera como se dijo sino con algodón humedecido-, el especialista local Eduardo Argañaraz Ponessa sostuvo que "con eso se perdieron detalles muy importantes, y puede ser tomado como algo tendiente a borrar huellas".
Giménez, cuyo interrogatorio duró más de 8 horas, no supo establecer tampoco si la víctima tuvo relaciones sexuales antes de morir o si fue violada post mortem. Cabe recordar que los hisopos en los que se recogieron muestras del semen hallado en la vagina y ano de la víctima desaparecieron sin dejar rastro.
Tras el enésimo "no recuerdo" del testigo, el presidente del tribunal le preguntó quién había sacado las fotografías del cadáver en el lugar donde fue encontrado, registradas en un mal definido blanco y negro.
"¿Por qué no las sacaron en color?", se quejó el magistrado.
"Es que en esa época (1990) no existía la foto color, doctor", se atajó el forense, que por su tipo criollo y su escasa talla tiene algo del cantante Ricky Maravilla.
La técnica de la fotografía cromática se remonta a mediados de la década de 1950. Pero Giménez tampoco lo sabía.
No hubo explicación
SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA.- La realización de la autopsia de la víctima es un elemento clave de cualquier investigación de un homicidio, sobre todo cuando se trata de un caso sumamente complicado como es éste.
Por algo, en el Derecho se conoce a ese estudio como la madre de todas las pruebas.
Fue por ello que en la sesión de ayer el tribunal y las partes inmovilizaron con preguntas al tímido y poco pedagógico médico legista Hugo David Giménez, para que tradujera la ambigua redacción de la primera necropsia practicada a María Soledad Morales.
Las imprecisiones y dudas intermitentes que ofreció el galeno en cada una de sus respuestas desnudaron posibles signos de negligencia por parte del profesional.
El tribunal y las partes sólo pudieron avanzar con paso dubitativo. Los interrogantes se instalaron de tal forma que la maraña de confusiones enhebrada por el profesional llegó a rozar un probable delito: el encubrimiento.
Incógnitas irresueltas
En el caso Morales perduran todavía los interrogantes más importantes que rodean cualquier asesinato: cómo, cuándo y dónde ocurrió.
El extenso interrogatorio del tribunal al médico Giménez -que por cierto fue más minucioso que el registrado durante el primer juicio- dejó pocos resultados positivos en el tamiz de las pruebas.
Por un lado, según los observadores, se puede afirmar que los asesinos sabían muy bien lo que querían: no sólo cometer el crimen, sino también entorpecer cualquier investigación para esclarecer el hecho.
En cuanto a los autores, se los podría encasillar como profesionales en el manejo del cuchillo, bisturí o armas blancas, pero cargados de una perversión incontrolable que les permitió, sin remordimiento alguno, mutilar el armonioso cuerpo de una joven de 17 años.
"La ciencia es cierta y categórica", fue una de las pocas afirmaciones lógicas de Giménez. Pero, a lo largo de su concierto de indefiniciones, ese declamado principio científico brilló por su ausencia. Su testimonio, en suma, no ayudó mucho a esclarecer el caso Morales.
No quedó claro, tampoco, cuál fue, en realidad, la fecha ni la hora de la muerte. Giménez llegó a decir que por el estado de los restos el momento del deceso podría remontarse hasta 72 horas antes. Algo sumamente improbable, ya que la víctima fue vista con vida en la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1990, esto es, con una antelación de sólo 53 horas.
Para hoy se espera el testimonio que brindará el jefe de Giménez en el cuerpo forense policial de Catamarca, Héctor Omar Vázquez.
También será interrogado, siempre que el tiempo lo permita, el también médico legista Eduardo Argañaraz Ponessa.
Pero las precisiones podrían llegar sólo pasado mañana, cuando comparezcan los especialistas que realizaron la segunda autopsia al cadáver, análisis que tuvo lugar en Buenos Aires.
Se trata de los médicos del Cuerpo de Forenses del Poder Judicial de la Nación Daniel Crescenti, Osvaldo Cursi, José Angel Patito y el conocido Hugo Osvaldo Raffo, quien participó en otros resonantes casos.
Silencio de radio
SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA (De nuestros enviados especiales).- El nudo corredizo que rodea el cuello de los periodistas que cubren las incidencias del juicio de María Soledad Morales se ajustó ayer un poco más.
El tribunal ordenó a la policía que se incautara de los grabadores que los enviados de las radios de todo el país cuidan como sus más preciados tesoros. Y con razón, ya que es su principal herramienta de trabajo.
Los uniformados hicieron oídos sordos a todo reclamo mientras entregaban recibos por los aparatos, que sólo eran devueltos a sus propietarios al abandonar la sala de periodistas vecina al recinto.
Cortés pero firme, la secretaria coadyuvante del tribunal, María Fernanda Vian, explicó a los cronistas desposeídos que la prohibición de registrar por cualquier medio electrónico lo que ocurre en el debate fue dispuesta en la acordada del 6 del actual, y que sólo se hizo efectiva ayer.
El lunes último el cerrojo les había llegado a los representantes de los canales de televisión, ya que no hubo imágenes en directo para ellos.
De nada sirvieron los reclamos de los abogados de la familia de María Soledad Morales, la víctima, ni de Guillermo Luque, uno de los imputados. La Corte catamarqueña rechazó los recursos de amparo presentados para que el tribunal revoque su medida y permita la televisación.
Verde y rojo
Tal como lo adelantó La Nación el jueves último, el juez Santiago Olmedo de Arzuaga tiene en su escritorio una consola con dos botones, uno rojo y otro verde. Así puede cortar y restablecer, a voluntad, la emisión de imagen y sonido que por circuito cerrado llega a los monitores de video que están en la sala de prensa.
El espectro de la cobertura periodística se achica. Hasta anoche, los únicos que se mantenían invictos eran los enviados de los diarios, revistas y agencias de noticias. Algo es algo .
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