
Un museo que invita a conocer la vida íntima de un escritor
Fue la casa de Ricardo Rojas
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Existe un tipo de vivienda que puede calificarse como "casa de escritor". Es aquella en la que, obviamente, abundan los libros (no en mera función de adorno), y además posee espacios privados -destinados a leer o a escribir-, retratos de autores y hasta elementos decorativos muy personales, a veces indescifrables.
En síntesis: una estructura con el sello característico de alguien vinculado con la literatura, que no ha privilegiado cánones habituales de confort, ni los modestos ni los más sofisticados. Uno de los exponentes porteños más perfectos de este "estilo" es la Casa Museo de Ricardo Rojas, en el 2837 de Charcas, en Recoleta.
Declarada Monumento Histórico Nacional en 1958, la señorial finca -en la que vivió el destacado escritor, desde 1929 hasta su muerte, en 1957- ostenta un muy particular eclecticismo, de difícil comparación con el de cualquier otra estructura habitable del paisaje capitalino.
La primera impresión, desde afuera, es que se trata de un edificio colonial, pero al trasponer su portón se advierte que ese encuadramiento resulta, cuanto menos, insuficiente.
El arquitecto José Angel Guido (padre de la novelista Beatriz Guido y autor, también, del Monumento a la Bandera, de Rosario) construyó la casona entre 1927 y 1929. Siguió fielmente instrucciones de Rojas en cuanto a que aquélla debía ser una representación física de la Eurindia, su doctrina de conjunción cultural del viejo y el nuevo continente.
En arquitectura, ese concepto debía estar representado por la mixtura entre los rasgos de la clásica edificación hispánica y los que fueron típicos de viviendas y templos de la América precolombina.
Para lo primero, Guido tomó como modelo la histórica casa de Tucumán en la que se firmó la Independencia -logró una réplica casi perfecta de la fachada- y en el interior desarrolló formas de un palacio altoperuano y del folklore y la mitología incaicos.
Son paradigmáticas de esto último las aberturas que conectan ámbitos, especialmente la situada entre la galería y el escritorio y biblioteca principal (25.000 volúmenes), que reproduce la Puerta del Sol, en el Tiahuanaco: semeja el acceso a un templo, macizo e irregular, sin puertas, angosto y recto arriba y laterales en pendiente piramidal, que va acentuándose hacia el piso.
Otro tanto se observa en los pilares que dan al hermoso patio de recepción, o patio arequipeño, hechos en imitación piedra y recubiertos de figuras veneradas en tiempos de Manco Capac: presididos por el dios Inti, frutos de la Pacha Mama, como zapallos, uvas, mazorcas de maíz, la perfecta silueta de un colibrí o los exóticos pétalos de la kantuta, la flor andina emblemática de Bolivia.
Pintorescos rincones
Aparte del estupendo jardín, el edificio, de dos plantas, posee un amplio salón, con mobiliario español y uno de los tres pianos existentes en la vivienda. El solemne ámbito -hoy destinado a actos y representaciones teatrales- retrotrae por un momento a tertulias intelectuales de otras épocas.
En el piso superior se encuentra el dormitorio de Rojas, con otra biblioteca que contiene ejemplares de sus libros (más de 40, de poesía, narrativa, política, ensayo, teatro y biografías) y la cama en la que murió el 29 de julio de 1957, declarado Día de la Cultura Nacional. A un costado, el aguafuerte "Elevadores", que en 1944 le dedicó su amigo, Benito Quinquela Martín.
Resulta curioso el panorama que se impone desde la ventana de esa habitación: las grandes torres de departamentos, que rodean la casa, parecen recluir a ésta en una extraña pausa, como un oasis a la vez material y cronológico.
Julieta Quinteros, esposa de Rojas, fue quien donó la casona al Estado, junto con la biblioteca, los cuadros, valiosa documentación histórica y objetos varios. Al hacerse cargo del inmueble, el Poder Ejecutivo le dio carácter de museo y, en 1972, le atribuyó también la condición de instituto de investigaciones y lo puso bajo la órbita de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Susana Nievas dirige desde 1992 la Casa de Ricardo Rojas. Se revela como una buena conocedora de la vida de esta polifacética e insigne figura de la cultura argentina, que nació en Tucumán en 1882. Luego de recordar sus principales actuaciones -fundador de la Biblioteca Argentina, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, rector de la UBA y asiduo colaborador de LA NACION- , Nievas admite la posibilidad de una suerte de "presencia" suya que pervive en la casona.
"Hay en nuestro plantel quienes dicen haber escuchado muchas veces el sonido de una tecla en alguno de los pianos. No me ha pasado, pero sí me parece que Rojas se hace presente cuando hay dificultades. Eso sí lo he sentido. ¡Y entonces encontramos la solución!", confiesa la directora.
El íntegro "Mataquito"
Matices de la personalidad de Ricardo Rojas fueron evocados por la señora Jeanette del Río de Rojas, pariente del escritor que -en diálogo con LA NACION- destacó su condición de "hombre íntegro, de amplísima formación cultural y de una extraordinaria generosidad". Esas características se ponían de manifiesto en el trato con los demás, al adecuarse siempre al nivel de su interlocutor.
Un pintoresco ejemplo -"que nunca se me borró de la memoria", dijo- lo obtuvo por medio de una espontánea expresión de su sobrino nieto, Julio Rojas, cuando tenía 9 años. De visita en la casa de Charcas, y cuando el niño conversaba con el escritor, fue llamado por su madre para retirarse, ante lo cual recibió esta respuesta: "¡No puedo, mamá, estoy hablando con Ricardo!"
Sus virtudes intelectuales no estaban acompañadas por la apostura física. "Era más bien feo", admite Jeanette. Recuerda una anécdota muy conocida por la familia. Viajando con su padre Absalón -que fue gobernador de Santiago del Estero- cuando era muy pequeño, se cayó de la carreta en una calle. Al verlo, un enemigo político de su padre exclamó: "¡Pero miren el mono que tiene de hijo el gobernador!"
De allí surgió el mote que se le puso: "El Mataquito". Muchos años después, Rojas lo utilizaría como título de uno de sus libros.





