Un museo recrea la vida tras las rejas desde el siglo XIX
Está en San Telmo y conserva antiguos uniformes y armas; los presos célebres
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Hace más de medio siglo se eliminó el traje a rayas en las cárceles argentinas. El último era amarillo, cruzado por bandas horizontales negras. El número del interno estaba grabado atrás y adelante. El detalle le dio letra a Agustín Magaldi para componer su tango "El penado 14". Pero -como veremos- las reformas iniciadas a partir de un conmocionante episodio culminaron con la desaparición del vistoso atuendo.
La historia de los principales ámbitos carcelarios del país se recorre en las siete salas del Museo Penitenciario Antonio Ballvé, en el 378 de la calle Humberto I, en San Telmo. Se llama así en homenaje a uno de los más destacados directores de la ex Penitenciaría Nacional (actual plaza Las Heras).
Ese tramo de la calle Humberto I contiene sitios que tuvieron heterogénea función durante casi tres siglos. El museo está unido a la parroquia de San Pedro Telmo, que empezaron a construir los jesuitas en 1735 y que primero funcionó como casa de ejercicios espirituales. Por la expulsión de la orden, la parroquia pudo ser inaugurada sólo en 1760, lo que la convierte en una de las más antiguas de la ciudad.
Por el 378 se accede también a la Academia de Estudios Penitenciarios y a la capilla de Nuestra Señora del Carmen, cerrada por serios problemas estructurales. El edificio fue también casa de retiro para hombres (dirigida por sacerdotes bethlemitas) y, en 1822, Bernardino Rivadavia la convirtió en presidio para deudores, con un anexo para enfermos mentales. Desde 1890 y hasta 1974, al lugar lo atendieron religiosas de la orden del Buen Pastor.
Después, fue cárcel de mujeres del Servicio Penitenciario Federal, reubicada en Ezeiza en 1978, como Instituto Correccional de Mujeres.
El museo se inauguró el 4 de diciembre de 1980 y, dos años después, todo el complejo fue declarado monumento histórico nacional.
El alcaide mayor (R) y museólogo Horacio Benegas, a cargo de la dirección de las salas, señala el objetivo de "reunir y conservar en ellas todo el material representativo de las etapas de la vida penitenciaria, desde el Cabildo a nuestros días".
Los ámbitos del reservorio, que se suceden a lo largo de una galería de aspecto colonial, guardan gran cantidad de testimonios. Entre ellos, documentación referida al funcionamiento de diversas cárceles, como la famosa de Ushuaia; armas usadas por los guardias, desde revólveres y fusiles del siglo XIX hasta las más modernas ametralladoras, y uniformes del personal penitenciario con el correr del tiempo.
Se han reproducido dos tipos de calabozos: uno muy precario, de la época virreinal, y otro más equipado, con inodoro y lavabo. Hay fotos de internos "ilustres", como Cayetano Santos Godino (el "Petiso Orejudo"), Simón Radowitzky, que mató al entonces jefe de policía coronel Ramón Falcón, y Severino Di Giovanni, además de una réplica de la silla en la que el delincuente anarquista fue sentado para fusilarlo.
Sobre el traje a rayas amarillo y negro que lucen algunos maniquíes, Benegas explica que se lo usó entre 1923 y 1947. Recuerda que en el 23 se produjo la espectacular evasión de presos de la Penitenciaría Nacional, por lo que fue echado su director, Juan B. Ramos, y comenzó una etapa de cambios que concluyeron en 1946, cuando el entonces director del penal, Roberto Pettinato, presentó al presidente Juan Domingo Perón el proyecto de eliminar ese atuendo por considerarlo "infamante". La medida se concretó al año siguiente, en coincidencia con el cierre de la cárcel de Ushuaia.
El museo -que funciona de miércoles a domingos, de 14 a 18- es visitado por estudiosos y, últimamente, por turistas brasileños y de algunos países europeos, comenta Benegas.
Ante la consulta por el deterioro de la vetusta casona, lo atribuye a la escasez de recursos de la única entidad que provee "un limitado" apoyo económico, la Asociación de Amigos del Museo. "Ojalá que esta nota promueva algún tipo de asistencia oficial, que podría canalizarse por medio de la asociación", se esperanza.
El ingenio de los presos
Del sorprendente ingenio de los presos para intentar fugarse, entretenerse o vivir mejor dan prueba -en la sala VI del museo penitenciario- facas, púas, ganzúas, latas unidas por un largo hilo para comunicarse, bombas caseras (usadas en fugas), palas para cavar túneles, hondas con las que se lanzaban pelotas de tenis con droga, cigarrillos rellenados con mensajes, pipas para fumar marihuana, dados y fichas de dominó hechos con huesos, linternas confeccionadas con envases de desodorante, zapatillas con doble plantilla en la que se llevaba un elemento filoso, un termo usado para ocultar palomas mensajeras, etcétera.
Pero también realizaciones de otro carácter, como un soberbio barco, de tres mástiles y 1,20 m de largo, y un minilibro, de 2,5 centímetros, con máximas de San Martín en varios idiomas, que en 1950 se distribuyó en América y Europa.
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