
Un paraíso rupestre en el Lácar
El lago junto al que descansa la ciudad de San Martín de los Andes esconde cavernas con pinturas centenarias y apasionantes leyendas
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SAN MARTIN DE LOS ANDES .- Fuera de los circuitos turísticos tradicionales, el lago Lácar esconde una maravilla casi inexplorada: pinturas rupestres centenarias realizadas en cuevas que la naturaleza excavó en la roca. Pero la mano del hombre ya estuvo allí y desconocidos robaron en dos ocasiones en los últimos 15 años al menos cuatro dibujos.
Sin embargo, algunos de ellos todavía quedan en el lugar.
Una buena dosis de coraje, tal vez también una linterna y una lancha son necesarios para llegar hasta las cavernas. El club náutico de San Martín de los Andes, en el muelle de la ciudad, es un buen lugar para hallar la embarcación. Se organizan viajes por 20 pesos.
Otra alternativa es contratar una excursión, que navega el lago y se acerca a las cavernas. El viaje dura todo el día y se llega hasta cerca del paso fronterizo con Chile. El costo es de 35 pesos, más los cinco de acceso al Parque Nacional Lanín.
El área no está protegida, por lo que sólo es posible visitarla con la autorización de Parques Nacionales. Hay proyectos para preservar la zona, pero aún no se pusieron en práctica por razones presupuestarias.
Por eso, su ubicación exacta es un secreto para ahuyentar a los vándalos que, incluso, escribieron encima de algunas de las imágenes.
Proa al pasado
En un día calmo, Adrián Barcán y su Ulises con motor fuera de borda, y de 85 caballos de fuerza, enfila por el lago hacia el Sur. A la izquierda pronto desfilarán las playas de Catritre y Quila Quina.
En medio de tablas de windsurf y de canoas, la embarcación se adentra aún más en el amplio lago, el primero que desagua en el océano Pacífico.
Son 25 minutos de navegación, en los que el agua vira del celeste al turquesa y del ámbar a otros colores que desafían la escala cromática. Sobre todo al acercarse al cerro Abanico, donde la leyenda popular sitúa un lugar secreto donde se sumergen ovnis. Si esto es así, es un lugar ideal por su pared de roca de 400 metros de alto que penetra otros 270 debajo del agua. Allí ya todo es soledad.
En ambas márgenes se aprecian, encumbradas en los cerros, algunas casas perdidas de mapuches, vigías de los movimientos lacuestres.
Una de ellas está sobre el Cerro Malo, bautizado así porque la leyenda mapuche cuenta que allí habita un demonio. Los antiguos habitantes debían hacer el sacrificio de algún animal como una forma de protegerse antes de ascender a la montaña.
Otra vivienda, enfrente, fue construida en Trompul. La mitología cuenta que cuando una piedra gigante, situada en su cara anterior, resuena en todo el valle, invariablemente llueve o nieva. Dicen los de aquí que es más que una leyenda.
Más allá se levanta el cerro Vizcacha. Su ladera en forma de pico, modelada por las glaciaciones cuaternarias, oculta las preciadas cuevas con el testimonio dejado por el indio antes de la llegada de los españoles a América. Una de las cavernas se puede ver desde el agua, la otra está cubierta por un árbol.
El Ulises desafía a la roca y, amarrada en un promontorio, permite a los visitantes acceder al lugar.
Lucila, de 26 años, que acompaña la expedición, se anima. Linterna en mano penetra en la grieta vertical que se abre como una cicatriz en la roca. La reciben el silencio y la oscuridad. Una pequeña pila de guano de ardillas, de unos 10 kilos, según los pobladores, es uno de los pocos rastros de vida apreciables, junto con los nidos de las aves.
Allí los mapuches se refugiaron ante la llegada del español y durante la Campaña del Desierto, explica Silvia Vera, una guía mapuche de la Secretaría de Turismo que informa sobre los lugares y las cosas de su pueblo.
La caverna tiene unos 10 metros de profundidad y en el techo se aprecian otras cuevas de incierta extensión. Las pinturas datarían del siglo X o del XV.
La pared izquierda de la cueva revela el paso del hombre: el primitivo, que supo manifestarse con su arte, y el moderno, que lo robó.
A pocos metros de la entrada se ven las figuras de la cara de un chivo, con sus cuernos retorcidos, en un rojo herrumbrado, y junto a él, una especie de mariposa con alas amarillas.
Más abajo hay huellas rojizas. Estos motivos, algunos de ellos de significado desconocido para los actuales aborígenes, se repiten en los trabajos en telar que realizan aquí. Alrededor de los dibujos todavía se aprecia la marca del cincel, que golpeó la piedra para sacar, en forma de lajas, al menos otras cuatro pinturas, en los 80. Uno de los frisos desaparecidos tenía una escena de caza, con animales. Otro más pequeño fue robado hace dos temporadas.
Pero las que quedan alcanzan para vislumbrar esa cultura. Otra pintura similar, muy pequeña, se aprecia desde Quila Quina, luego de media hora de caminata entre el bosque, guiado por mapuches.
Son algunas de las centenares manifestaciones que dejaron los primitivos habitantes de esta zona, que llegaron por el itsmo del canal de Bering o cruzaron el Pacífico desde la Polinesia.
Sólo para intrépidos
Son pocos los visitantes que se adentran en las cuevas, donde los murciélagos son los dueños de la oscuridad. La mayoría prefiere el recorrido en el catamarán Mari-Mari, que incluye el punto entre los ocho que toca en su navegación por el Lácar.
Más adelante, la playa de Ruca Ñire, a la que sólo se llega por agua, se abre solitaria. Si hay combustible suficiente para volver, es el lugar ideal con el sol, que ayer templó hasta los 26 grados esta aldea cordillerana.
El lago Lácar, cuyo nombre proviene del mapuche "rotura", atraviesa este largo valle de casi 25 kilómetros, que llevan de regreso al muelle, navegando con el viento en la cara y la satisfacción de hallazgo que vuelve a poner a prueba la capacidad de asombrarse.




