
Un viaje por el río, que no siempre es placentero
LA NACION viajó en el Eladia Isabel para conocer el servicio
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"Buen día, señor. Que tenga un buen viaje." Con la sonrisa algo rígida, la empleada de Buquebus les da la bienvenida a los pasajeros al pie del barco Eladia Isabel, en la sala de preembarque de Puerto Madero. En poco más de tres horas de navegar por el Río de la Plata, el buque con capacidad para transportar a 1200 pasajeros arribará a territorio uruguayo, a Colonia. El recorrido, antes disfrutado por los turistas como un paseo de placer, tal vez hoy esté algo distante de esas consideraciones...
Después del episodio de pánico que vivieron cientos de personas a bordo del Eladia el viernes pasado, cuando una tormenta de viento de hasta casi 100 kilómetros por hora les impidió llegar a destino -le provocó, además, varios destrozos-, LA NACION subió a bordo de la embarcación de bandera uruguaya. El objetivo fue observar el estado y las condiciones en que la empresa lleva adelante su servicio Buenos Aires-Colonia; una experiencia, acaso, que merece ser contada en detalle.
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Los turistas llegan presurosos a la terminal de Buquebus, que en el sector superior todavía mantiene inconcluso el final de obra y su imagen no parece la mejor. Poco después de las 8.30, la larga fila de pasajeros se forma en el ingreso al sector de migraciones. Algunos todavía murmuran sobre aquel incidente. "¿Será seguro? ¿Viste que dicen que no hay salvavidas para todas las personas? Y bueno... De última, nos venimos nadando", bromea uno mientras abandona la manga y pone un pie en el hall central del Eladia Isabel.
Precisamente allí, sobre la alfombra roja que desde hace días parece no tener noticias de una aspiradora, las personas buscan su lugar. Quienes pagaron los 53 pesos por el boleto de turista, se dirigen hacia la confitería o bien descansan en unos asientos reclinables situados en la primera cubierta, con capacidad para 221 personas. La observación es inmediata: debajo de ellos no hay salvavidas. "Disculpe, ¿no hay salvavidas en este sector?", pregunta un pasajero a uno de los tripulantes. La respuesta no demora. "Sí; detrás de estas dos puertas, hay para todos. Y en caso de necesitarlos, nosotros nos agruparemos por aquí y les daremos uno a cada uno de los pasajeros que harán una fila", indica uno de ellos. A priori, y ante una situación de emergencia, no pareciera ser una mecánica ágil.
El recorrido continúa. La confitería principal es uno de los lugares más visitados por los turistas. Amplios ventanales y mesas con sillas atrapan la atención. Por allí, debajo de cada asiento, sí hay un salvavidas. Sólo tres sillas no los tienen. "Son las que se rompieron después del temporal", explica otro empleado.
El temporal: ése es el tema del que más se habla dentro del Eladia. "Es que si no nos hundimos el viernes, no nos hundimos más. El barco quedó con una inclinación de 30°. Compañeros que hace 15 años que están acá nunca pasaron por algo igual. No sólo los pasajeros estaban asustados: nosotros, también", contó un tripulante en el bar principal, que, de paso, se excusó por no poder imprimir un ticket: desde el viernes, tras aquel episodio, se rompieron las computadoras de los tres bares habilitados en el buque. También las del free shop, pero éstas sí funcionan.
Es cierto: a simple vista, se advierten algunas secuelas de la tormenta; hay dos baños con las mesadas rotas, y la mayoría tiene mucho olor a orina; se ven heladeras abolladas y algunos asientos con resabios de vómitos de los pasajeros que soportaron los caprichos del mar.
"Mirá: ¡acá no me siento ni loca!", grita una señora. "Es que el Eladia no se paró; se siguió adelante para ir y venir con pasajeros. Lo estamos limpiando sobre la marcha. Tengo compañeros que están trabajando sin dormir desde hace cuatro días. ¿Por qué? Porque hay laburo y las horas extras las pagan muy bien", reconoce otro empleado. Cuatro días sin dormir tal vez explique una cuestión llamativa: en general, los empleados no tienen muy buen humor.
Un paseo por la cubierta exterior permite verificar que el Eladia cuenta con 20 botes salvavidas. "Con estos hay lugar para todos, así el buque esté con 1200 pasajeros a bordo. Y estos están en regla, porque Prefectura Argentina hace inspecciones con frecuencia. Ellos son los más rigurosos", afirma uno de los 75 tripulantes del Eladia.
La escalera nos conduce al VIP, al sector de primera. Allí, no hay nadie que reciba el boleto, que tiene un valor de 70 pesos. Una joven, de unos 20 años, duerme en el piso debajo de una mesa. Mientras tanto, un solitario barman prepara un café. "¿No hay nadie que corte los tickets? Es insólito que haya una pasajera durmiendo en el piso. No vale la pena pagar de más si cualquiera sube acá", se queja una pasajera.
Por último, alguien requiere la presencia de un médico, aunque esta embarcación está exenta de tenerlo por norma (su travesía no supera las cuatro horas.) Aquí no hay vueltas ni rodeos, pese a la queja de las personas a bordo. "No tenemos médico, pero hay oficiales preparados con cursos", advierte uno de ellos. "¿Qué le pasa?", se interesa un tripulante. "Los oficiales saben tomar la presión y manejar cualquier situación. Hasta saben cómo hacer una resucitación", indicó con intención de acercar mayor tranquilidad. Vaya si lo consiguió.
El barco Eladia Isabel arribó a puerto uruguayo tres horas después, a las 12, tal como estaba previsto. Fue un viaje sin sobresaltos. Aunque tal vez sea cierto, navegar con algunas desprolijidades no suele ser muy placentero.





