Una centenaria cúpula porteña, 952 espejos y una historia sorprendente que revive en tiempos de homenaje a Gaudí
Elevada más de 16 metros sobre la terraza, la singular estructura fue restaurada en 1999 y sumó la frase en catalán “No hay sueños imposibles”; hoy pertenece a una arquitecta
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A pocos metros del Congreso de la Nación, una cúpula se eleva sobre el paisaje urbano y forma parte desde hace más de un siglo del perfil arquitectónico de la zona. Detrás de ese coronamiento se encuentra una historia que combina innovación constructiva, identidad catalana y una posible relación con el universo creativo de Antoni Gaudí, cuyo centenario de muerte se conmemora en este 2026.
La estructura está situada en lo alto del edificio construido entre 1903 y 1907 por el ingeniero y arquitecto argentino de origen catalán Eduardo Rodríguez Ortega. Junto con el cercano Palacio de los Lirios, levantado a pocos metros, forma parte de un pequeño conjunto de obras que anticiparon el crecimiento en altura de Buenos Aires en los primeros años del siglo XX, cuando la ciudad comenzaba a transformarse en una capital moderna.
El elemento más distintivo del edificio es su cúpula vidriada, una pieza arquitectónica compleja que funciona al mismo tiempo como remate ornamental y como estructura habitable. Elevada más de 16 metros por encima de la terraza, la cúpula se organiza en tres niveles y culmina en un cupulín acebollado rematado por una aguja pararrayos y una rosa de los vientos.
En lo alto del edificio de avenida Rivadavia 2009, además se puede leer una frase escrita en catalán “No hi ha somnis impossibles”, que se traduce al español como “No hay sueños imposibles” y fue colocada como homenaje a Gaudí durante la obra de restauración y recuperación patrimonial de 1999 que estuvo a cargo del arquitecto Fernando Lorenzi.
Desde el punto de vista formal, la cúpula presenta una composición poco habitual en la arquitectura porteña de la época. En total, presenta 16 aberturas ovaladas, distribuidas en dos niveles: ocho en el cuerpo principal de la cúpula y otras ocho en el cupulín superior. Entre ambos niveles se disponen 952 piezas de vidrio espejado colocadas en marcos metálicos delgados. Cada pieza se adapta a la geometría de la estructura y refleja el cielo, la luz y el movimiento de la ciudad, lo que modifica la apariencia de la cúpula según la hora del día.
La pieza también presenta un desarrollo técnico significativo para su época. Su estructura se resuelve mediante curvas catenarias y sistemas de compresión, principios que permiten distribuir las cargas a lo largo de las superficies curvas.
Estas soluciones se relacionan con las primeras aplicaciones del ferrocemento y del hormigón armado, materiales que comenzaban a difundirse en la arquitectura de principios del siglo XX. Su utilización permitió construir estructuras más livianas y adaptables a formas curvas.
Este enfoque constructivo se vincula con las investigaciones arquitectónicas desarrolladas por Antoni Gaudí, quien en Barcelona trabajó con arcos catenarios, superficies curvas y sistemas estructurales basados en la compresión.
Las similitudes entre su obra y la cúpula situada en la esquina de Rivadavia y Ayacucho despertaron el interés de historiadores y especialistas. Algunos estudios señalan coincidencias formales, como el uso de arcos catenarios en el coronamiento o la disposición de superficies curvas.
Más allá de las interpretaciones historiográficas, lo cierto es que la cúpula constituye una pieza que se destaca dentro del patrimonio arquitectónico porteño. Su diseño combina influencias europeas con una resolución estructural innovadora que pocos edificios de la época ostentaban.
Además de su valor técnico, la cúpula fue concebida como un espacio funcional. En la actualidad, el cuarto piso del edificio, una gran terraza y la cúpula pertenecen a una arquitecta. Sin embargo, fue el trabajo de restauración el que le devolvió el brillo original al coronamiento del edificio del barrio porteño de Balvanera.
La restauración
Cuando comenzó la recuperación integral del inmueble, el deterioro era evidente. La cúpula había perdido sus cerramientos originales, la terraza se utilizaba como depósito de residuos y los ornamentos presentaban roturas y desprendimientos. Los trabajos incluyeron la remoción de carteles publicitarios, la restauración de balcones y barandas, la limpieza del revoque de piedra París y la recuperación de la carpintería metálica original del basamento. También se restauraron los interiores, donde aparecieron detalles art nouveau ocultos bajo capas de pintura.
El hall principal, con sus escaleras de mármol Portoro y Carrara, fue recuperado respetando su diseño original, al igual que los barandales de bronce y los artefactos de iluminación. La caja de escaleras fue restaurada y decorada nuevamente con detalles dorados.
La intervención incluyó además una renovación integral de las instalaciones del edificio, desde cañerías de agua y sistemas pluviales hasta nuevos tanques de acero inoxidable y equipamientos modernos. También se reorganizaron los espacios de la terraza, que hoy funcionan como área de contemplación y recreo. Allí se incorporaron esculturas inspiradas en el imaginario gaudiniano, entre ellas réplicas del dragón Ladón del jardín de las Hespérides de la finca Güell, además de bancos ondulados revestidos con mosaicos cerámicos al estilo trencadís.
La ley de cúpulas de Buenos Aires, que quedó sin reglamentar, destaca que la ciudad es considerada una de las capitales con mayor cantidad de cúpulas y coronamientos arquitectónicos de América Latina.
Estas estructuras, que rematan edificios públicos y privados con formas que van desde cúpulas clásicas hasta torres, cupulines y remates ornamentales, forman parte del perfil histórico del centro porteño y de barrios tradicionales como Monserrat, San Nicolás, Balvanera o Congreso.
Con el objetivo de preservar ese patrimonio, la Legislatura porteña aprobó en 2007 una norma que buscaba crear un sistema integral para identificar, registrar y restaurar estas piezas arquitectónicas. La ley establecía como primer paso la creación del Registro Patrimonial de Cúpulas y Coronamientos de la Ciudad de Buenos Aires, un inventario destinado a localizar y documentar cada una de estas estructuras. El trabajo incluía relevamientos de campo, análisis histórico y registro fotográfico.
Además, planteaba un programa formativo de restauración y mantenimiento, destinado a capacitar profesionales y técnicos especializados en la recuperación de este tipo de estructuras. En paralelo, proponía avanzar con obras de restauración y puesta en valor, combinando financiamiento público y aportes privados a través de mecanismos de mecenazgo cultural.
Los estudios preliminares que acompañaron el proyecto señalaban que en la ciudad podrían existir alrededor de 2000 cúpulas y coronamientos, de los cuales unas 400 estructuras serían consideradas notables por su valor histórico, artístico o urbano.
Muchas de ellas se concentran en el casco histórico y en los grandes corredores construidos entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, como la que corona el edificio de Rivadavia 2009, cuando Buenos Aires vivía una fuerte expansión edilicia y buscaba consolidar una imagen cosmopolita similar a las capitales europeas.
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