
Una madrina que trabaja por los enfermos de Open Door
Silvana Sarrabayrouse colabora desde hace años con los pacientes de la colonia, pero son tantas las necesidades que quiere sumar más manos solidarias
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Ella llega y todos se alborotan. "¡Madrina! ¡Madrina!", le gritan cuando la ven aparecer y apuran el paso para recibirla. Apenas se detiene su auto, ya está rodeada por sus muchachos. Es que desde hace cuatro años, Silvana Sarrabayrouse reparte entre los pacientes de Open Door un remedio que no figura en ningún vademécum, pero que hace milagros: amor.
Se ganó el cariño de los internos del pabellón 10 del hospital neuropsiquiátrico Colonia Cabred, conocido como Open Door, cerca de Luján, porque está en todos los detalles. Un bolso, una campera, una torta y un regalito de cumpleaños... Silvana se convirtió en la protectora de muchos de los 1200 hombres de la colonia.
Tiene que hacerse tiempo para todos. Para que Saúl la ponga al tanto de cómo va la huerta, para la canción que le preparó Carlos, para escuchar recitar a Celestino, para enterarse de cómo anda Raúl de la tos. "Me hacen poesías, me escriben cartas... Son muy afectuosos", dice. La esperan, la abrazan, la siguen como un grupo de chicos inquietos.
"De locos a pobres"
"Mis chicos ya estaban grandes y me puse a buscar un lugar donde pudiera ser útil. Quería encontrar el lugar más difícil, el más olvidado... Y era éste", recuerda. Silvana llegó sin conocer a nadie. Pero rápidamente la adoptaron: "Nadie los visita. Pueden salir, pero no tienen donde ir. Llegan por locos y se quedan por pobres".
Conoció a José. "El decía que era la nuera... Cada vez que me lo llevaba, los otros también querían salir", recuerda. José le decía que se iba a morir al año siguiente. Y así fue. La marcó profundamente.
Después, llegó el turno de Miguel Navarro. "Hablé con la hermana y se hizo cargo de su externación", explica Silvana. "No era un capricho. Yo estaba bien", la interrumpe Miguel, de 44 años. Silvana intercedió para hacerle la vida más fácil. Le consiguió un trabajo y la posibilidad de sentirse útil. "Voy a cumplir dos años en este trabajo", se alegra Miguel.
Vive en San Isidro y le lleva un buen rato llegar al hospital. "La salida es tan fuerte, que es mejor estar lejos de casa. Tengo tiempo de pensar, de recomponerme", revela.
"Es un ángel... Nos llegó como un regalo del cielo. Les trae chocolates, cigarrillos, ropa, yerba... Pero lo importante no son las cosas materiales. Ella los quiere como si fueran de su familia", dice Olga, la enfermera del pabellón 10 desde hace 11 años.
Silvana estudió veterinaria y trabajó con drogodependientes. "Siempre tuve estas ganas de hacer -confiesa-. Muchos podrían correr la misma suerte que Miguel. Lo que ellos necesitan es que alguien los mire."
Simpática y desenvuelta, Silvana los reta como si fueran sus hijos. Tampoco tiene reparos a la hora de reclamar que las cosas funcionen mejor. Protestó ante las autoridades por la comida que le servían a los internos. El menú mejoró y ella descubrió que podía lograr más.
En el hospital viven hombres de entre 18 y 65 años, con distintas patologías mentales. El director, Leo Zavattaro, reconoce el valor de lo que hace Silvana. Tanto, que la invitó a participar del consejo directivo. La presidenta de la cooperadora, Graciela Aranovich, y la vicepresidenta, Virginia Casiraghi, también la ayudan.
Silvana sabe que no puede ocuparse de los 1200 internos del hospital. Por eso, quiere ayuda. Busca sumar voluntarios que les lean a los enfermos, empresas que los ayuden a mejorar los pabellones (0221-429-4114, su mail es sylver@fibertel.com.ar)
"Están privados de la libertad por el sistema: por pobres, y no porque necesiten estar internados. Quiero cambiar eso", se propone Silvana. Y en silencio, día tras día, hace que la vida de sus muchachos sea un poquito mejor.
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