Una pastora en las nubes

Paula Díaz vive rodeada de ovejas de El Infiernillo, Tucumán; no es un pueblo ni un casería, se trata simplemente de un paraje donde se amontonan animales en medio de una bruma gris que flota en el aire
Paula Díaz vive rodeada de ovejas de El Infiernillo, Tucumán; no es un pueblo ni un casería, se trata simplemente de un paraje donde se amontonan animales en medio de una bruma gris que flota en el aire
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28 de enero de 2007  • 01:00

En el ambiente flota una bruma gris. Las nubes son barcos anclados en las piedras. Como estaqueada en la altura hay una casa de adobe y paredes de cardón.

El Infiernillo, en la provincia de Tucumán, no es un pueblo ni un caserío. Es simplemente un lugar entre el cielo y la tierra. Por allí se amontonan nubes y ovejas.

Entre peñas lejanas camina una pastora; su cuerpo es apenas un punto negro en la inmensidad. Paula Díaz es su nombre. Su silencio es elocuente, es su forma de decir las cosas; de él se pueden entrever sus costumbres y su soledad serrana. Y aunque poco diga, quizá allá por las cumbres vaya ordenando las nubes como ideas, dándole forma al cielo de su pensamiento.

Más abajo, cerca de los corrales de piedra, está Cristóbal Díaz, su marido. Paleando una y otra vez va cargando bosta de oveja en bolsas de arpillera. Sus tres hijos, cuando no tienen que ir a la escuela, ayudan en las tareas; a la mañana largan al campo las ovejas y a la tarde las recogen. "El problema -dice doña Paula- es que invierno se van muy lejos porque por los corrales el pasto empieza a ralear".

Su silencio es elocuente, es su forma de decir las cosas; de él se pueden entrever sus costumbres y su soledad serrana

Nombre misterioso. Doña Paula es mujer de sonrisa franca, parece no afectarle lo riguroso del clima ni que sólo cada quince días pase un vendedor ambulante. A pesar de ser verano corre un viento helado que resquebraja su cara curtida. En invierno el asunto es aún peor; todo el campo se cubre de nieve. Doña Paula asegura que desconoce por qué ese lugar se llama El Infiernillo. "La verdad que no sé, porque muy caluroso no es y además aquí hay más vida que en otros lugares". Sin embargo, tras un silencio, tiende un manto de sospecha sobre el misterioso nombre: "Por el frío será, ¿no?".

Sus hijos van a la escuela a 30 kilómetros de allí. Como pastores de ley, caballos no tienen. Por esa razón, en época de clases los empleados del correo los levantan con su camioneta y los llevan a Ampimpa, un paraje ubicado en las inmediaciones de Amaicha del Valle.

Es el punto más alto de la zona es el Abra del Infiernillo, que con más de 3 mil metros de altura, separa las Sierras del Aconquija y las cumbres Calchaquíes. 28 kilómetros más abajo se encuentra Tafí. Allí siempre llovizna. Allí todo es verde.

Un borrego pega un balido lastimero que desgarra el paisaje. Desconsolado, está buscando a su madre. El atardecer trae un presagio de noche fría y las últimas tibiezas amarillas saludan estirando sombras. Mirando viajar las nubes se va yendo el día en la soledad de los cerros. Aunque por aquí no hay lugar para hacer noche la oscuridad lo inunda todo. Cuando Doña Paula no esté en este mundo seguirá pastoreando nubes como hoy. Y casi nadie lo sabrá.

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