La Prensa: una rivalidad de igual a igual que perduró por décadas

José Claudio Escribano
Primera tapa de La Prensa (18/10/1869). Fundado en 1869 por José C. Paz, estanciero y político argentino que integró la Generación del Ochenta, La Prensa llegó a compartir con LA NACION una lista de los veinte mejores diarios del mundo. Todo se derrumbó en 1951
Primera tapa de La Prensa (18/10/1869). Fundado en 1869 por José C. Paz, estanciero y político argentino que integró la Generación del Ochenta, La Prensa llegó a compartir con LA NACION una lista de los veinte mejores diarios del mundo. Todo se derrumbó en 1951 Fuente: Archivo
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8 de diciembre de 2019  

El último espectro en entender lo que La Prensa representaba como compromiso cotidiano de dignidad cívica podría ser alguna de esas almas en pena, más o menos notorias, que, habiendo alardeado de una identificación con el gobierno del presidente Macri, se prosternaron, horas después de las PASO, ante los zapatos de Alberto Fernández. ¿Se entiende?

Por un período que se prolongó desde el último tercio del siglo XIX y hasta más allá de mediados del siglo XX, fue un clásico del periodismo argentino la rivalidad de igual a igual entre dos matutinos porteños que habían nacido casi a la par. Faltaban entonces unos meses para que cesara la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Ochenta años después, LA NACION y La Prensa compartían la lista confeccionada por un catedrático en periodismo de la Universidad de Columbia con los veinte mejores diarios del mundo.

Sería incompleto un número de conmemoración del sesquicentenario de LA NACION que se abstuviera de recordar al gran colega, fundado también hace 150 años; en su caso, el 18 de octubre de 1869. Olvidaríamos lo que había significado para generaciones de periodistas que nos antecedieron en la Redacción de LA NACION el impulso fervoroso de batirse, en el fragor profesional del día a día, con otro diario de relevancia mundial.

En los años cuarenta, llegaron tiempos tenebrosos para la libertad de prensa en el país. Después vinieron otros vientos, que también la arrastraron a encrucijadas tenebrosas, pero La Prensa ya había dejado de ser, a partir de 1951, lo que había sido durante ochenta años como testimonio ejemplar de excelencia periodística.

Todo se derrumbó para el diario fundado por José C. Paz cuando después de intervenirlo, con la complicidad de la mayoría oficialista en el Congreso de la Nación, el gobierno de Juan Perón lo confiscó, entregándolo a la Confederación General del Trabajo. En la apelación al concurso de algunos periodistas brillantes, como Martiniano Passo, a quien designaron director, los jefes del sindicalismo peronista lograron consumar, debe decirse, una publicación cotidiana más sobria, más consistente que esa masa de aceitosa verborragia en que chapuceaban los demás diarios de la cadena oficialista de la época. Hasta se permitieron conferir la conducción del Suplemento Literario a un escritor de las calidades de César Tiempo; en realidad, se llamaba Israel Zeitling.

Sería incompleto un número de conmemoración del sesquicentenario de LA NACION que se abstuviera de recordar al gran colega, fundado también hace 150 años; en su caso, el 18 de octubre de 1869

Don Juan Navarro Lahitte fue designado secretario general de Redacción al devolver el gobierno de la revolución de 1955 La Prensa, no sin algunas vacilaciones en el breve período presidencial del general Eduardo Lonardi, a sus legítimos propietarios: los integrantes de la familia Paz, encabezados por Alberto Gainza. La Prensa reapareció el 3 de febrero de 1956, sin haber perdido un adarme de la energía combativa, del coraje con el que la había perfilado la templanza del fundador desde que anunció, en una edición de septiembre de 1874, que haría desde ese momento un paréntesis en la prédica editorial para continuarla en el terreno de los hechos. Los hechos serían los de la revolución que Mitre encabezó en nombre de la pureza del sufragio y en cuyo nombre Mitre fue derrotado y condenado a muerte, por una pena que después el presidente Nicolás Avellaneda conmutó.

Con Navarro Lahitte, que antes había sido jefe de Noticias, volvieron en 1956 a La Prensa antiguos redactores, e ingresó una pléyade de muchachos sin mayor experiencia, o ninguna, pero que pronto demostrarían competencias calificadas para el oficio: Raúl "Bocha" Estrada -más tarde, excelente embajador de carrera-, Luis González O'Donnell, Luis Pico Estrada, Ignacio Palacios Videla, y a renglón seguido, Juan José Hernández, Antonio Requeni y Luis Felipe Noé. Este cubría con alguna distracción las informaciones sobre la Unión Cívica Radical del Pueblo que de ordinario le encomendaban. Acaso era así porque en sensibilidad y sueños afincaba ya en él un carácter más abstraído por el mundo subjetivo del artista sobresaliente dentro del movimiento plástico de la nueva figuración, y menos por las crónicas rigurosamente objetivas, desprovistas de cualquier adjetivación, de La Prensa.

Con todo, después de 1956, La Prensa no recuperaría el nivel de escuela periodística sin par que había sido antes en cuanto a la narración completa, minuciosa, objetiva y fiscalizada, y vuelta a fiscalizar hasta el cansancio, de los hechos del país y del mundo de que se ocupaba. Ignoró por completo al peronismo y sus actividades e intrigas clandestinas, a no ser para denostarlo en su columna editorial, y dejó un vacío con relación a esa masa enorme de lectores que le habían permitido constituirse, durante larguísimas décadas, en un fenómeno dentro del diarismo mundial: el de un periódico signado por un liberalismo dogmático y, sin embargo, de inmensa penetración popular.

Perón no consiguió matar a La Prensa, pero la dejó mal herida, sacándola del eje del que nunca debió salir. La hizo incluso irreconocible, en los últimos años en manos de los Paz, con aquellas columnas políticas de primera página del tipo de las que firmó a menudo Jesús Iglesias Rouco, donde desde las primeras líneas se ahogaba la antigua prestancia del diario y obtenían su modesto orgasmo informativo los lectores más rencorosos con el peronismo.

Ese coloso del periodismo argentino había inaugurado en 1898, sobre la Avenida de Mayo, y también con entrada por Rivadavia, un edificio imponente. Una verdadera rareza, por lujo y dimensión, en la prensa mundial. Allí cabrían para la atención pública consultorios médicos y odontológicos, servicios de atención jurídica igualmente gratuitos, y una biblioteca tan frecuentada que hubo comidas de graduados de quienes se habían formado como universitarios entre los anaqueles vastos de ese monacal espacio del subsuelo.

La Prensa tampoco pudo recuperar, después de 1956, el caudal de avisos clasificados que hasta la clausura se prolongaban desde la portada a través de numerosas páginas internas. Tales avisos le habían proporcionado una parte considerable de la identidad por la cual se la reconocía: el diario en el que el inmigrante había encontrado habitación y trabajo, los burgueses casas y departamentos, y los almaceneros, se farfullaba en LA NACION entre tantas pullas intercambiadas con los colegas de La Farola, el elemento útil para envolver las mercaderías que llevarían los clientes.

Ese coloso del periodismo argentino había inaugurado en 1898, sobre la Avenida de Mayo, y también con entrada por Rivadavia, un edificio imponente. Una verdadera rareza, por lujo y dimensión, en la prensa mundial

La Prensa de los Paz conservó en todo tiempo la magnificencia de sus célebres columnas editoriales, conducidas antes de 1951 por Rodolfo Luque, y luego por Alfonso de Laferrère y Emilio Hardoy, eximios prosistas. A su tiempo, Estanislao Zeballos, tan vinculado al diario como lo estuvieron Eleodoro Lobos, Joaquín V. González, Ricardo Sáenz Hayes, José Santos Gollán y Adolfo Lanús, aportó a La Prensa una visión distintiva, de cuño nacionalista, en el tratamiento de las cuestiones siempre delicadas de fronteras. Azorín, Alfonso Reyes, Enrique Banchs y Gabriela Mistral fueron parte del plantel cultural de La Prensa, a quienes más tarde se agregaron nombres como los de Bernardo González Arrili, Manuel Peyrou, Germán Berdiales, y desde la izquierda, Luis Franco y Leónidas Barletta.

La Prensa contó con otras dos firmas notables, que definían su amplitud de miras. Una, la de Leandro Pita Romero, ministro y diplomático de la República Española antes del estallido de la guerra civil en 1936. La otra, apropiada para una novela histórica profusa en ideas y avatares políticos y, además, guerreros, respondía a la imposición bautismal, si es que había habido para él bautismo, de Sinesio Baudilio García Fernández, conocido por todos como Diego Abad de Santillán.

Aunque nacido en Barcelona, este vivió desde chico en la Argentina. Fue por años artífice del periódico anarquista La Protesta, pero encarnando un anarquismo en principio pacifista y de oposición abierta a las andanzas de Severino Di Giovanni, a quien consideraba un simple bandolero. Volvió a España, perseguido aquí por el gobierno del general Uriburu, y fue consejero económico de la Generalitat de Cataluña y dirigente de la Federación Anarquista Ibérica. Cuando aquí afincó por última vez y lo leíamos en La Prensa, pensábamos en cuántos puntos de coincidencia había entre anarquistas como don Diego y los liberales clásicos de La Prensa.

Por el Instituto Popular de Conferencias, que La Prensa inauguró en 1914, desfilaban, jueves tras jueves, personalidades de las letras y las ciencias del país. Jorge Luis Borges, atenazado aún por la timidez tropezosa de los años mozos, halló en ese instituto el ámbito acogedor en el que se decidió a hablar como orador novel. Los viejos "prensistas" aseguraban que en ese lugar Borges habló en público por primera vez.

Una leyenda maldita ha perseguido el historial de La Prensa por más de sesenta años. Es casi una leyenda con aires contemporáneos por su naturaleza de fake news, tan a la moda, como se sabe, por el fenómeno de las redes y tantos líderes parlanchines del mundo actual. Esa leyenda informa que en su edición del 4 de julio de 1933 todo lo que La Prensa tuvo para informar, a raíz del deceso de Hipólito Yrigoyen, es que había muerto el exjefe policial de Balvanera. No es cierto.

Se trató, sin duda, de un obituario de extensión reticente, de unos dos tercios de columna, en relación con la vida de quien había sido diputado bonaerense, diputado nacional, caudillo de la Unión Cívica Radical y dos veces presidente de la Nación; y más aún, en comparación con la categoría y amplitud del texto que publicó sin firma LA NACION, pero con el estilo incomparable de Alberto Gerchunoff, que lo había escrito. La Prensa despidió a Yrigoyen con líneas desplegadas, bajo título a una columna, que comenzaban lacónicamente: "Dejó de existir ayer en esta capital el señor Hipólito Yrigoyen, que ocupó la primera magistratura del país en dos oportunidades y tuvo destacada actuación política en los últimos cuarenta años". Como pintura del personaje y la impresión al respecto del diario, la necrología se quedó en esto: "La gestión gubernativa del señor Irigoyen ["Irigoyen" con "i" y no con "y"] ha sido juzgada en estas columnas paso a paso: hemos disentido en general con ella y en cada caso hemos dado las razones de nuestra disconformidad. Lo hicimos siempre con independencia de criterio, por lo cual cada uno de sus actos era materia de un examen desapasionado y del juicio que correspondía. Algunas veces señalamos aciertos".

En 1974, todavía con la dirección de Alberto Gainza Paz, La Prensa se autoexcluyó del Instituto Verificador de la Circulación. De otro modo, el antiguo coloso debía haber exhibido cifras de circulación por debajo de los 100.000 ejemplares. Veinte años más tarde, el diario estaría en manos ajenas a las de la familia fundadora; entre ellas, las de Amalia Fortabat. Hoy, continúa editándose bajo el mando editorial de don Florencio Aldrey Iglesias.

Cómo no haber recordado aquí, entre sesquicentenarios superpuestos, al diario que hacia 1919, después de la ruptura del contrato de servicios noticiosos que lo vinculaba a la Associated Press, todas las agencias de alguna relevancia mundial procuraron conquistar, tanto por razones de prestigio como de orden crematístico. Triunfó la United Press, pero sometiéndose a la condición de expandir la cobertura informativa sobre lo que sucedía en el sudeste asiático -dominado entonces en términos periodísticos por Reuters, agencia británica- a fin de que se atendieran debidamente las exigencias propias de los lectores de La Prensa.

Otros tiempos de la Argentina, ¿no es cierto?

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