
Una telaraña que anida 106 manzanas y miles de historias
Cómo surge el área urbana más temida por los taxistas
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Las 40 hectáreas que hoy ocupa Parque Chas eran tierras de los jesuitas, que hasta mediados del siglo XVIII tuvieron allí huertas y el colegio San Carlos. En 1767, cuando se produjo la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles, los terrenos quedaron abandonados y más adelante fueron expropiados por el Estado.
En los años de Rosas, las tierras fueron entregadas a soldados heridos o a los familiares de caídos en combate, a modo de indemnización. Pero, como no fueron escrituradas, años más tarde el Estado las reclamó. Y el litigio con los habitantes se extendió por muchos años. El gobierno quiso hacer allí el parque del Oeste, o extender la quinta agronómica, pero no logró desalojar las tierras.
Así, hasta que Casto y Francisco Munita, vecinos notables de Belgrano, compraron las tierras, parte a sus ocupantes, parte al Estado. Los descendientes de los Munita lotearon y vendieron sólo las manzanas que se encuentran en lo que hoy es la avenida de los Constituyentes, La Pampa, Constantinopla y Andonaegui.
El resto -un terreno baldío- fue heredado por Francisco Chas, sobrino y ahijado de Manuel Belgrano, cuya familia tenía como casa de verano la residencia que hoy acoge al Museo Larreta.
Vicente Chas, hijo de Francisco, se dedicaba, entre otras cosas, a comprar tierras en lugares que creía que se iban a valorizar. Así, tenía hectáreas en la cordillera, y entre sus propiedades anotaba este "campito vacío", que ya hacia principios del siglo XIX había quedado rodeado por casas habitadas. Por esos días servía como pista de aterrizaje de una agencia que ofrecía paseos dominicales en avioneta, hasta Vicente López.
En 1922, el gobierno impulsó una ley que aplicaba impuestos a la tierra improductiva, entonces Chas abrió calles que atravesaban su propiedad y las cedió al Estado, para no pagar los tributos. Cuando se empedró la calle La Pampa, construyó 20 chalets, -que hasta hoy se mantienen en pie-, para experimentar si era factible allí un negocio inmobiliario. Y los vendió todos el mismo día, con créditos a 30 años del Banco Hipotecario.
Entonces encomendó a los arquitectos Guerrico y Frehner la tarea del trazado de un barrio. Optaron por un modelo tipo telaraña. Así, en lugar de 40 manzanas, obtuvieron 106. En 1925, el Concejo Deliberante aprobó el diseño, y poco después se loteó y se comenzó a vender. "El objetivo de este trazado fue comercial y no urbanístico", asegura la arquitecta Magdalena Eggers, que coordina las visitas turísticas por el barrio.
El marketing de Vicente Chas incluía coloridos paseos por la zona, en donde tocaban orquestas en vivo. Se ofrecían a pagar en cuotas a 10 años y se consignaban 10.000 ladrillos a crédito. La condición de venta: que en menos de 6 meses tenía que haberse construido una cocina, una habitación y un baño. Y también que tenía que dejarse libres 3 metros de jardín antes de la línea de edificación. Un barrio donde se construía era el mejor marketing de un barrio próspero.
Los terrenos se vendían a precios que resultaron accesibles para muchos inmigrantes. El nuevo barrio se volvió una torre de Babel en la que se hablaba ruso, dialectos italianos, pasando por árabe y hebreo.






