Viaje por un río subterráneo
Debajo de la avenida Juan B. Justo corre el curso que provoca las inundaciones.
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-Si no llueve, mañana bajamos. Nos encontramos a las 13 en la esquina de Juan B. Justo y Santa Fe.
-Perfecto. Esperemos que sea un lindo día.
No se trata de una cita para hacer un asado o jugar un partido de fútbol. Una semana después de la inundación que azotó a la ciudad y mató a dos personas, un cronista y un fotógrafo de La Nación hicieron un viaje por la Buenos Aires subterránea, esa que parece enojarse los días de tormenta y sale a la superficie dispuesta a dar vuelta todo.
La referencia climática no es ociosa. Debajo de la avenida Juan B. Justo corre el arroyo Maldonado. Y durante un día soleado como el de ayer, parece inofensivo. Pero si empezara a llover con intensidad, el paseo podría complicarse.
Los técnicos estiman que los desagües pluviales están en condiciones de soportar una precipitación de 30 milímetros en una hora. Si se supera esa cifra se produce el desastre.
Eso es lo que ocurrió, justamente, el viernes de la semana última, cuando cayeron 48 milímetros en menos de sesenta minutos. El agua desborda el arroyo y todo lo invade.
En esa esquina céntrica del barrio de Palermo el túnel tiene unos cuatro metros de alto por dieciocho de ancho. Cuesta creer que el agua pueda llenarlo. Pero lo hace. Y cuando esto ocurre, el Maldonado provoca un infierno acuático.
Increíblemente enfundado para la ocasión en un equipo de color blanco, José Figueira, director de Gestión de Mantenimiento y Control de la Dirección de Hidráulica del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hace de guía durante el viaje por las profundidades.
En 1992, la Comuna, tras la privatización de Obras Sanitarias de la Nación (OSN), se hizo cargo de la red pluvial, mientras que Aguas Argentinas pasó a ser responsable de la cloacal. Pero en el lecho del Maldonado las sustancias están bastante mezcladas.
Hace más de 25 años que Figueira navega por los ríos subterráneos, ya que antes de trabajar para la comuna lo hizo en la OSN. No quiere dar una opinión técnica de por qué la ciudad se inunda. Lo suyo es la experiencia, la que lo anima a decir "que la gente es muy sucia. Tira cualquier cosa. En otros arroyos, como el Vega o el Cildáñez, encontramos colchones, elásticos, muebles de cocina, cualquier cosa".
En comparación, el Maldonado podría parecer un arroyo de montaña, alimentado por los deshielos. Pero no es para tanto. Sobre el piso de cemento, hay un limo patinoso, amarronado.
-Da la impresión de que estuviéramos pisando materia fecal.
-Eso es lo que estás pisando-, le replica al cronista Pablo Bongiorno, uno de los operarios que participa de la excursión.
-¿Pero no se trata de un desagüe pluvial?
-Si pero hay muchas conexiones clandestinas.
Esto se prueba después de caminar unos cien metros hasta la desembocadura de un túnel de unos dos metros de diámetro que viene de la calle Marcelo T. de Alvear. Ahí está el mismo fondo, ese barro que no es barro.
"Hoy no debería haber nada de agua. ¿Decime, de dónde sale esto?", le pregunta Figueira al cronista, que no sabe qué contestarle.
Salvo ese fondo inquietante, la suciedad no asusta. Algunos trapos enganchados en la parte superior del túnel prueban que el agua puede cubrirlo. Y las marcas en las paredes, a un metro y medio de altura, demuestran que el arroyo se convierte en río bastante seguido.
Pero no es cuestión de caerse y hay que caminar despacio, con unas largas botas que llegan hasta la ingle. Cada tanto se patea una latita o una botellita de plástico. Esos deshechos son los que tapan las sumideros.
La oscuridad de la gigantesca galería sólo es quebrada, cada tanto, por un haz de luz, originado en una boca de tormenta. El ambiente comienza a ponerse pesado después de un rato y los olores, sin ser nauseabundos, molestan.
Abajo, casi todo es silencio. Del tránsito que fluye unos metros más arriba, pese a tratarse de una hora pico, casi nada se escucha. Sólo el ruido de algunas goteras y el que provoca la corriente del arroyo.
Es tiempo de regresar. Afuera, el tiempo sigue bueno y durante todo el trayecto, pese a lo esperado, no hemos visto ni una rata.
Las primeras soluciones
Con la adjudicación de las obras de tabicamiento del arroyo Maldonado el Gobierno de la Ciudad comienza a dar una respuesta al dramático problema de las inundaciones.
El vicejefe de Gobierno, Enrique Olivera, dijo que estas obras harán que el agua corra a más velocidad y se desagoten con mayor celeridad las zonas inundables.
El problema actual es que las grandes columnas que están en el recorrido del arroyo producen remolinos ante la presión insistente de las aguas, lo que demora la fluidez del paso.
El tabicamiento consiste en levantar paredes dentro del túnel, de manera tal que cuando el arroyo crezca, corra "encajonado".
Próximamente se abrirá la licitación de 150 sumideros nuevos en zonas críticas de la ciudad, entre las que están los barrios de Belgrano y Palermo.
Se trata en rigor de soluciones transitorias hasta que se construyan los canales aliviadores de varios arroyos, única formula para terminar de una vez con las inundaciones.
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