
Vicente López no se recupera del granizo
Cerca de 12.000 techos fueron dañados, escasean materiales y hubo subas de precios; demoras de 15 días para cambiar parabrisas
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Diez días después de la granizada más virulenta caída en la Capital y el conurbano, los vecinos del partido de Vicente López -el distrito más fustigado por la lluvia de piedras del tamaño de naranjas- sienten haber resistido un bombardeo que dañó a casi el 10% de las 116.000 viviendas del distrito. Con distintos grados de destrozos, hoy, con suerte dispar, los vecinos intentan reparar los cerca de 12.000 techos perforados, parcial o íntegramente desplomados tras el granizo.
En el proceso de reconstrucción, las dificultades están a la orden del día: hay desabastecimiento de tejas, chapas y clavos de cobre. La mano de obra especializada escasea, mientras proliferan los ofrecimientos de obreros supuestamente calificados que no lo son. Algunos vecinos denuncian subas del 100% en los costos de los materiales. No hay más volquetes disponibles en toda la zona norte. Y, para el caso de los vehículos dañados, los turnos para reemplazar los cristales se estiran hasta dentro de 15 días, sin contar que hay faltante de lunetas traseras en las terminales de dos marcas líderes de automóviles.
A esos obstáculos, que crispan los nervios de muchos u obligan a aguzar el ingenio para conseguir los materiales, se suman también los de orden económico. Especialmente si la carga es doble y se debe reconstruir la infraestructura de los hogares además de reacondicionar el auto.
Por ello, ayer el Concejo Deliberante de Vicente López se reunió en una sesión extraordinaria y aprobó por unanimidad un proyecto de resolución para que el municipio declare el estado de emergencia tras el granizo. En el proyecto, que ahora deberá evaluar el intendente Enrique García, se le pide al Poder Ejecutivo que tramite una partida presupuestaria extra, sin cargo de devolución, del gobierno nacional, sin precisar el monto.
También se instruye que gestione el otorgamiento de créditos blandos a tasas preferenciales de $ 5000, $ 10.000 y $ 15.000, a través de los bancos Nación y Provincia, para los damnificados. Anoche, voceros de la intendencia daban por descontado el otorgamiento de esos créditos, informalmente ya gestionados con los presidentes de ambas entidades. Las mismas fuentes, sin embargo, afirmaron desconocer cualquier intención de los bloques de pedirle dinero extra a Daniel Scioli.
Ayer en tanto, el panorama de los barrios no era del todo alentador. En el este de Florida, Olivos, La Lucila y Carapachay, las pilas de escombros y tejas rotas en la calle, los volquetes saturados, los operarios trabajando en los techos o los nylon negros dispuestos en forma precaria para guarecer los hogares eran postales corrientes.
Cien camiones de tejas
"En una semana, la municipalidad acopió 200 toneladas de tejas rotas que significaron el vaciamiento de 100 camiones. Calculamos que esto es entre un 15 o 20 por ciento de lo que deberemos levantar. Trabajamos con cuadrillas de doble turno y seguiremos así unos 50 días más", describió Abel Cañás, subdirector de Higiene Urbana del municipio.
El granizo fue particularmente feroz en este partido del conurbano. No sólo el tamaño de la piedra sino el ángulo en que cayó -"en forma oblicua, a 60 grados"- y con fuerza ciclópea, destruyó en siete minutos todo sobre cuanto impactó.
"Los techos exhiben agujeros como de bazukas", graficó el director de Higiene Urbana, Carlos Lagos. "Y no se salvó nadie en la franja que va de la Panamericana al río, a la altura de Florida, Olivos y La Lucila, que fue la más golpeada en las numeraciones impares. Se asistió también con colchones, chapas y materiales a mucha gente en los barrios marginales", señaló.
La casa de Parabrisas Uzal está atestada de clientes. Y el enorme garaje donde descansan los autos con los cristales astillados muestra que allí hay trabajo para rato. Norberto, el dueño del taller, dio 2000 turnos y debió contratar a un equipo más de operarios. Ahora repara entre 30 y 40 autos por día, cuando antes hacía 12 vehículos. "Necesitás cinco horas para cambiar un cristal. Una es para la colocación y cuatro, para secado", dice, obligado a repetir esa fórmula cada vez que un cliente lo urge.
A pocos metros de Panamericana y Pelliza, en un chalet de clase media con la mitad del techo desplomado, Mario García Echagüe, de 78 años, toma mate en la vereda, sin enojarse por lo que no puede cambiar. "No hay más tejas coloniales, ni logro conseguir quién coloque otras. Me fui a Rosario, porque me habían dicho que allá había, y no las conseguí. Sólo me preocuparé si cambia el tiempo", desliza, sin inmutarse.
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