
Villa Pehuenia, un pueblo que combina descanso y aventura
En el norte de Neuquén, atrae a los viajeros con su laguna color esmeralda
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VILLA PEHUENIA, Neuquén.- Omar Zapata camina lento, pero cada paso de baqueano lo da sobre seguro. Son sólo 300 metros caminado hacia arriba, hasta la cumbre del volcán Batea Mahuida, un gigante apagado hace miles de años.
Corre por sus venas sangre mapuche, la de aquellos que pelearon en la gran batalla de Pulmarí, en una pampa enorme que está a golpe de vista desde este mirador privilegiado, donde los bravos del cacique Saihueque se batieron con lanzas y flechas, contra las tropas del general Villegas, al que había mandado el general Roca. El lo sabe porque su abuela le contó que allí murió su bisabuelo.
El volcán, atravesado por la imaginaria línea del límite internacional entre la Argentina y Chile, guarda, en lo alto de su cráter inerte, un tesoro: una laguna de agua esmeralda, rodeada de hielo.
Este lugar es el mirador privilegiado de Villa Pehuenia, una aldea de montaña, que es la puerta de entrada al corredor de los lagos patagónicos. Injustamente ignorado por los que deciden iniciar el viaje al Sur, en San Martín de los Andes, el poblado, de 900 habitantes, y su entorno tienen mucho más que un bosque de 1500 años de araucarias, el pehuén milenario que sirvió, y sirve, de sustento al mapuche.
Villa Pehuenia es joven. Tiene sólo seis meses como municipio y 16 años de edad. Conviven dos lagos a sus pies: el Aluminé y el Moquehue, que se conectan en una angostura, cruzada por un frágil puentecito.
Al volcán apagado, donde en invierno funciona un parque de nieve manejado por la comunidad mapuche Puel, se llega en auto, hasta donde dé la tracción.
Luego se camina a la cumbre. Desde allí, se aprecian los lagos argentinos, chilenos y el perfecto cono del volcán Lanín, blanco. Al costado, del lado chileno, humea el Villarrica, en actividad.
Lo disfrutan Guillermo Pelleretti, un ingeniero de la localidad de Martínez que llegó hasta acá empujado por lo que había oído de la zona y lo que leyó en una revista. Se trajo a su hermano Diego y dejó a su esposa en Mar del Plata. "No lo puedo creer; es majestuoso", exclama. Al mediodía, ya hay más de 50 personas en la cumbre. Un grupo de chicos de Los Toldos, que desafiaron el ripio con su Clío; una pareja de turistas alemanes.
Para mil personas, no más
Lo que pocos conocen es que hay una segunda boca del volcán con otra laguna enclavada a 2000 metros de altura, en la que se puede pescar truchas con mosca, desde la costa.
Omar Zapata la muestra orgulloso, porque más allá, donde se pierde el horizonte, hunde sus raíces la comunidad a la que pertenecen sus ancestros. Villa Pehuenia, con una capacidad para 1000 personas en cabañas, mezcla el dramatismo del paisaje patagónico, agreste, que sintetiza el pasaje del desierto al bosque andino de más al Sur.
Las playitas del Aluminé y del Moquehue son una invitación a pasar la tarde al sol, para los que prefieren descansar del trekking. La otra opción es hacer cabalgatas hasta cascadas inmensas y solitarias, o recorrer la zona en mountain bike.
Las hosterías y cabañas se distribuyen sobre la costa del lago. En todas, cada ventanal, encierra una postal de cielo, montañas, araucarias y agua turquesa.
Además, hay un circuito de cinco lagunas, en medio de la comunidad Puel, donde funciona un camping mapuche, regenteado por Rosalía. Sus chicos hacen guiadas de trekking hasta miradores y cascadas.
Cordero patagónico, chivo y trucha son los manjares de la gastronomía local, aunque es imposible irse de aquí sin probar los alfajores de piñón, amasados con la harina del fruto de la araucaria.
La leyenda de Lepain
El Moquehue encierra otra leyenda: la de Lepain, un francés más malo que la peste que llegó acompañando a Orélie Antoine de Tounens, un compatriota suyo que se había autoproclamado allá por 1860 el rey de la Patagonia. Aquel francés, que siempre andaba armado y hasta se le adjudican varias muertes, terminó asesinado.
Los mapuches llevaron el cadáver de Lepain a una isla en medio del Moquehue y lo tiraron en una roca para que no pudiera regresar nunca más.
Omar Zapata conoce estas historias y las desgrana a medida que sus pasos lo acercan a la cumbre del Batea Mahuida, con su horizonte dibujado por lagos y montañas, como si fuera la cima del mundo.
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