Antiguallas en plena juventud, y cómo funciona la nostalgia geek

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
La tecnología va tan deprisa que abundan los dispositivos, priféricos y programas de culto. En la foto, Martin Cooper y el DynaTAC, el primer celular de Motorola disponible comercialmente
La tecnología va tan deprisa que abundan los dispositivos, priféricos y programas de culto. En la foto, Martin Cooper y el DynaTAC, el primer celular de Motorola disponible comercialmente Crédito: ARCHIVO
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23 de noviembre de 2019  • 07:00

Hace muchísimo tiempo, un sifón era un sifón. Agua carbonatada encerrada en un recipiente de vidrio. Un peligro. Pero bueno, siempre había sido así. Ahora, esos contenedores -vacíos, claro- se venden como adornos en las ferias de antigüedades. Lo mismo que los teléfonos de baquelita. Tengo uno, por supuesto. Pesa casi dos kilos. Dos máquinas de escribir antiguas, también. El caso es que pasó mucho tiempo desde que estos objetos pasaron de ser artefactos o utensilios a convertirse en decoración retro.

Con la tecnología digital, cualquier muchacho de 30 años, al oír el sonido de un módem analógico en una película, recuerda con un lagrimón la primera vez que se conectó a Internet. Veinte años después lleva en su bolsillo un vínculo de alta velocidad, móvil y completamente digital. Pero como si fuera un señor mayor, se queda recordando aquellos buenos viejos tiempos en los que todo estaba por descubrirse. El miércoles pasado se cumplieron 33 años del desventurado Windows 1.0. En el momento costaba creer que algo anduviera tan mal. Ahora, vemos las capturas de pantalla y nos da una añoranza inexplicable.

Dispositivos, periféricos y, por supuesto, una legión de programas de toda clase, son objeto de culto ferviente y coleccionismo minucioso. Aparecen como guiños notables en películas como The Matrix; cuando a Neo lo van a desconectar de su pod, utilizan un adaptador para enviar y recibir los bits modulados analógicamente usando el tubo del teléfono. Había uno de esos en casa, con el que mi padre experimentó alguna vez, mucho antes de Internet.

Algunas de esas antigüedades que todavía no tienen ni 40 años se venden a precios exorbitantes, como esa Apple I que en 2014 se subastó por casi un millón de dólares. Una plaqueta ensamblada y soldada a mano en 1976.

Vaya casualidad, mientras escribía los párrafos previos, llegó una notificación de Pinterest con el asunto "Echa un vistazo a Old Computers/Controls", con fotos de máquinas de las décadas del '60 y '70. (El spanglish es de ellos, aviso.)

Cuatro mil toneladas y un poco más

Recuerdo mi primera PC. No tenía disco rígido y el monitor de tubo de rayos catódicos duró 10 minutos, hasta que se oyó el ruido como de una explosión asordinada y de las rejillas traseras empezó a salir un humo blanco (por costo, había comprado una segunda marca, que hoy es uno de los gigantes de la industria). El monitor era de fósforo ámbar, cosa que odiaba, y al día siguiente me lo cambiaron por uno de fósforo banco. Una explosión con suerte, digamos.

A falta de disco duro, había que ponerle paciencia. No tanta como unos años antes, cuando para cargar un jueguito usabas un casete. Sí, casete. En las Commodore, por ejemplo. Y se tomaba su tiempo, ya lo creo.

Así que para mí fue un avance. Pero había que arrancar la máquina con un diskette, y luego de aguardar un par de minutos, acompañados por un ruido como el de serruchar madera, aparecía en la pantalla la letra A seguida del símbolo del promt. La máquina estaba lista para usarse, aunque todo lo que se veía era una pantalla completamente negra con esto en la parte superior:

A:\>_

(El cursor titilaba, ojo.) Puede que fuera solamente A>_, no tengo registro a estas alturas de tanto detalle. En fin, solo entonces podía sacar el diskette y poner, digamos, el del procesador de texto, escribir el comando correspondiente, apretar Enter y después de más serruchar madera, aparecía la interfaz, ciertamente austera y monocromática, del software para escribir. No ventanas. No mouse. No puntero. No multitarea. Y todo en blanco y negro. Pero uno lo sentía como un lujo asiático, al compararlo con las mejores máquinas de escribir electrónicas del mercado.

De modo que, lo crean o no, mi primera inversión fue otra diskettera. ¿Por qué no un disco duro? Porque eran muy caros. Con una diskettera adicional podía tener el disco de sistema (Un DOS, naturalmente, y de los primeros) siempre insertado, mientras la otra servía para ejecutar diferentes programas. Igualito a tocar un ícono en el teléfono, ¿no?

Por fin, más o menos un año después, no lo recuerdo con exactitud, reuní los 300 dólares que costaba un disco duro de (¿están sentados?) 40 megabytes (MB). Hoy con ese dinero compraría casi 200.000 veces más espacio de almacenamiento.

Más datos para poner aquella tecnología en perspectiva. Habría necesitado 800 de esos discos para contar con el espacio que hay en la tarjeta microSD que tengo en el teléfono. Unos 240.000 dólares y casi 400 kilos de peso.

Pero, en comparación con el primer disco rígido de la historia (el Ramac 350, de IBM), mi primer disco era una maravilla. El Ramac pesaba una tonelada y almacenaba 3,75 MB. Y no era algo de la Edad Media. La primera unidad se vendió en 1956. Para igualar la capacidad de esta tarjeta microSD, que tiene el tamaño de una uña, 60 años atrás habrían hecho falta casi 4300 toneladas de equipamiento. Mobile first, ponele.

Imagine

Los jueguitos, se sabe, están entre los objetos de culto que más añoranza nos causan. Tengo un par de amigos que, frente a las escenas casi perfectas de los títulos actuales, todavía recuerdan con cariño los juegos basados en texto. Sí, señor. Todo se hacía con comandos y todo lo que recibías era texto. Sin gráficos. Del todo. A mí nunca me atrajeron, confieso, pero sí probé una vez un simulador de vuelo que solo mostraba los parámetros de la nave y del curso. Numeritos. Y nada más. Arreglate.

Los que tenían gráficos en blanco y negro resultaron, por lo tanto, un avance. Recuerdo los primeros. No mostraban mucho más que rayas, puntos y, claro, más numeritos.

Incluso clásicos como el Prince of Persia o el Wolfenstein 3D hoy parecen tan rudimentarios que uno se pregunta cómo les dedicó tanto tiempo. Es más: si logramos que anden, volvemos a engancharnos. No sé exactamente si es solo nostalgia o si aquellos programadores, con tan pocos recursos gráficos a su disposición, ponían más y mejor énfasis en la narrativa, en los desafíos, en lo que de verdad importa. No puedo juzgar mucho, porque nunca fui muy gamer y mi favorito es un simulador de combate (el Falcon 4.0), cuyo manual tiene 500 páginas. Sí, ya sé, no me lo digan.

En cualquier caso, todos los que tenemos pasión por las computadoras y sus sucesores, periféricos y aplicaciones, atesoramos una lista de la nostalgia. ¿Cuál es la tuya?

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