El silicio, la manera más geek de ahorrar
Hacía mucho que no armaba una nueva computadora para mí. Sí fuimos actualizando las que usamos en el diario para probar sistemas, software y dispositivos, pero en casa la máquina más potente había quedado en un Core 2 Duo con 2 GB de RAM que armé ( y comenté aquí ) en junio de 2007.
Habían pasado casi cinco años, me guste o no admitirlo. ¿Motivos? Muchos, incluyendo la billetera, que hube de dedicar a fines menos entretenidos desde mediados de 2009; es decir, para la época en la que mi almanaque mental me indicaba que era hora de hacer un upgrade del Core 2 Duo. Bueno, no siempre se puede.
Pero hubo otras razones, aparte de las pecuniarias. La principal fue que, con poco tiempo para estar en casa, no fue en ningún momento demasiado urgente invertir en más poder de cómputo. Eso cambió súbitamente en octubre de 2011, cuando ensayé la virtualización en un equipo de última generación . Eso me dio una razón de peso para actualizar mis equipos. Con un procesador nuevo, mucha memoria rápida y espacio en disco de sobra ya no necesitaría realizar la más o menos complicada maniobra que supone probar varios sistemas operativos por semestre (o tenerlos todos funcionando en el mismo equipo). Ahora los podría virtualizar sin (casi) la más mínima complicación. Después de casi 20 años de particionar, instalar y demás, era una bendición.
( Nota para puristas : sí, claro que podía haber hecho eso hace mucho, pero mi paciencia no toleraba la lentitud de las máquinas virtuales en equipos con menos de 4 GB de RAM.)
Así que siguiendo un rito que ya lleva en esta columna más de una década, paso a narrar la aventura de integrar mi nuevo sistema.
Parte por parte
El primer paso fue recorrer la alicaída oferta local. Como ya dije en otra ocasión, el cierre de las importaciones de alta tecnología no le sirve ni a los países más avanzados de la Tierra. Mucho menos a la Argentina. Pero bueno, el hecho es que la variedad se ha visto bastante mermada y debía tomar algunas decisiones de compromiso. No es ni por asomo la peor de las consecuencias de las trabas a las importaciones de tecnología digital, pero es una que puede verificarse recorriendo locales de informática.
Empecé por decidir el microprocesador. Opté por un Core i5 de segunda generación ( Sandy Bridge ). Cuestión de precio; el i7 de 6 núcleos vendrá más adelante.
Eso sí, debía olvidarme de los motherboards de Intel, que siempre han sido mis preferidos. Por fortuna, conocía los Gigabyte, que en su momento me sorprendieron por su extrema robustez. Hace muchos años, casi seguro a fines del siglo pasado, había armado un Pentium II con 512 MB de RAM con uno de estos motherboards. Recuerdo que el micro, las placas de expansión y los discos calentaban como una estufa. El mother de Gigabyte sobrellevó ese castigo dignamente, 24 x 7. Es más, esa computadora todavía anda. No sirve de mucho hoy, pero anda.
Así que escogí una de estas placas lógicas, le agregué 8 GB de RAM a 1600 MHz y un disco de 1 terabyte (TB), al que sumaría el que venía del Core 2 Duo, de la misma serie y tamaño. Como esta máquina va a terminar como reproductor de Blu-ray y centro multimedia, reemplazando a mi vetusto pero querido Pentium 4, elegí un gabinete que se parece a un sintoamplificador, pero sin todos los botoncitos, un SilverStone Grandia negro. Bonito, pero mejorable, iba a darme uno de los dos dolores de cabeza con que me obsequiaría este proyecto.
Esto está al revés
Los gabinetes no convencionales tienen un problema: no son convencionales. La máquina llegó, como siempre, casi como un barebone ; es decir, a medio armar: gabinete, mother, micro, memorias, disco (sin sistema) y nada más.
Primer paso, abrirla y revisar que todo estuviera donde debía, conectado correctamente, y después añadir el otro disco, la antena Wi-Fi y los periféricos, instalar el sistema, bueno, todo el show.
Tres tornillos, tapa out y algo faltaba. ¿Dónde está el Western Digital de 1 TB? Miré por todos lados y no lo veía. No dentro del gabinete, al menos. ¿Lo habrían dejado afuera? Muy difícil.
Una tenue lucecita me decía, allá en el fondo de mi neocórtex, que el disco estaba dentro de la máquina y que no lo encontraba porque estaba lidiando –por primera vez– con un gabinete que no era la buena torre típica donde todo es visible.
Mientras llamaba a mi proveedor para preguntarle por el disco apunté la linternita USB a los puertos SATA. Tenía que haber dos cablecitos. Había dos cablecitos. Uno iba a la grabadora de DVD. Seguí el otro con los dedos y llegué al dichoso disco, en un lugar donde no se me había ocurrido buscar.
El disco rígido estaba atornillado a una pieza de metal que lo sostenía boca abajo sobre la fuente. La misma pieza ofrecía los orificios para atornillar un segundo disco. También boca abajo.
Sí, sí, no pasa nada, los discos modernos pueden funcionar en cualquier posición, excepto que el fabricante diga lo contrario, y más bien hay que evitar que el dispositivo vibre o se golpee durante su funcionamiento.
Ya había dejado el mensaje en el teléfono de mi proveedor y me sentía un poco ridículo. Dejé otro más conciliador y seguí adelante.
La fuente de alimentación (una Sentey de 600 Watts) es del tipo modular, es decir que no usa un solo grueso manojo de cables para alimentar todos los componentes. En cambio, una serie de cables independientes se enchufan en seis bocas de fácil acceso. Gracias a eso el espacio dentro del gabinete queda ordenado y el aire circula sin problemas. Me acordé de la primera máquina que armé, veinte años atrás, de cómo te cortabas las manos con los bordes filosos de los gabinetes de chapa mal terminados, de los cables planos que obstruían el paso del aire, del amasijo que se producía, por mucho origami que uno practicara. El cambio era enorme y daba placer trabajar así.
Pero me encontré con un problema, obvio.
Por más que forzara las cosas, no había manera de que los cables de alimentación llegaran a los dos discos duros y a la grabadora de DVD a la vez . Necesitaba otro juego, y por supuesto nunca se me ocurrió revisar la caja de la fuente (grande como un departamento de dos ambientes). En mi cabeza las fuentes seguían siendo una caja de metal con un manojo de cables, sin accesorios.
Perdí algo de tiempo en eso, hasta que di con los cables adicionales, gracias a las indicaciones de mi proveedor. "Es una fuente modular, Ariel –me dijo–, hay más cables en la caja." Sólo le faltó añadir cabezahueca , pero estaba bien, tenía razón, debería haberlo sospechado.
¿Quién necesita Wi-Fi?
A primera hora de la tarde del sábado (tradicionalmente, armo mis máquinas siempre en sábado) ya había conectado el segundo disco, revisado las opciones sobre el mother y hasta evaluado la posibilidad de ponerle una placa de video adicional para juegos, cosa que descarté. Sólo quedaba enchufar la placa Wi-Fi y cerrar el gabinete.
No sé si alguna vez vieron a alguien intentando enchufar una placa PCI en un slot PCI Express. No es un espectáculo agradable. Lo peor es que puedo diferenciar un PCI de un PCI Express al tacto, sin siquiera mirarlo. En fin, la buena antenita Linksys PCI iba a tener que buscarse otro trabajo (de hecho, ya sé cual) y como consecuencia, de momento, no iba a contar con Wi-Fi.
Sin Wi-Fi no tenía Internet. Sin Internet todo el plan de armar, instalar y configurar se iba al garete. Traté de buscar excusas, como que no había tenido mucho tiempo para revisar las especificaciones de todas las placas. Lo que era 96,7% cierto. Pero la verdad es que el tema de la antenita siempre se me olvida.
Estaba a punto de volver todo a fojas cero, restaurar el Core 2 Duo y dejar el asunto para el siguiente fin de semana cuando mi cabeza me susurró: "Decime, Torres, ¿para qué tenemos guardados todos esos cables Ethernet en el altillo?"
¡Claro! No iba a ser una solución linda, pero lo bueno de tener tu propio estudio/taller es que nadie te critica si de pronto un cable de red baja del primer piso a la planta baja, atravesando por el medio de la escalera de madera, y cruza hasta el respaldo de una computadora.
Busqué el cable más extenso –de los varios que tenía guardados de la época en la que Wi-Fi no existía–, lo enchufé en una de las bocas Ethernet del router Wi-Fi, en el primer piso, y lo dejé caer hasta la planta baja. No iba a sacarme un premio en decoración, pero tenía acceso al router, a mi red local y a Internet. El lunes pediría una antena PCI Express. La Linksys terminará convirtiendo una PC en desuso en un hotspot. Cuando lo haga, les cuento.
¡No lo cierres!
Hay una ley de hierro cuando armás un equipo. Si cerrás el gabinete, seguro que te olvidaste de enchufar algo o un cable está mal conectado o cosas así. Así que dejé el equipo abierto. Nada falló, confirmando la regla.
Me pasé 15 minutos revisando las posibilidades del BIOS y empecé a mirar sobres con CD y DVD con Windows, Ubuntus, Fedoras y así. Tenía que decidir qué instalar como sistema anfitrión.
Con 8 GB se imponía un sistema operativo de 64 bits, de otro modo sólo vería los primeros 4 GB. Opté por un Windows 7 y virtualicé un par de Linux y un XP.
Todo anduvo como seda, debo decir, y casi empezaba a aburrirme cuando apareció una pantalla azul. Pero fue una falsa alarma. Las memorias (Patriot) estaban bien, según Memtest86 , el disco estaba bien y el mensaje de error estaba relacionado con controladores. Como salió durante la instalación de Windows, tenía sentido. Nada más falló, de hecho, y al cierre de esta edición la máquina ya había pasado 6 días haciendo renders y otras cosas salvajes sin fallar ni una vez, encendida, como es mi hábito, las 24 horas.
Es probable que en breve cambie la configuración, poniendo un Linux como anfitrión y virtualice los Windows, ya que en el diario el esquema es precisamente el opuesto.
En todo caso, el equipo vuela. Sé que en un lustro estará lento, agobiado por el nuevo software, que le pedirá milagros que ya no es capaz de hacer. Pero ahora, caramba, con cuatro núcleos, toda esa RAM y un sistema de 64 bits, da la impresión de que en cualquier momento va a levitar.
OK, ¿pero cuánto más rápido es que el (ahora anciano) Pentium 4 a 3 GHz que armé en 2005? Para medirlo, como siempre, diseñé una escena rápida en 3D con la versión de 64 bits del Blender . Activé materiales complejos, como el cristal, oclusión ambiental, iluminación indirecta, todos los chiches. El Core i5 la despachó en 2 minutos y 24 segundos. O tempora, o mori!
Copié por la red la escena al Pentium 4, abrí el archivo con Blender , apreté F12 y lo dejé trabajar. Le llevó 29 minutos y 21 segundos completar el mismo render. Así que el nuevo sistema es, redondeando, 12 veces más veloz que uno con 7 años de currículum.
Haciendo números
Ahora el dato crucial: en septiembre de 2005 pagué por el buen Pentium 4 alrededor de 1000 dólares (1100 dólares de 2012), sumando el mother, el micro, las memorias, el gabinete, la fuente y el disco.
Menos de dos años después, en junio de 2007, armé el Core 2 Duo con 2 GB de RAM. En esa ocasión no incluí el disco rígido, pero de haberlo hecho habría pagado más o menos 900 dólares de 2012.
El equipo que acabo de ensamblar costó unos 1300 dólares. La diferencia, para nada grave, se debe a dos razones.
Primero, las inundaciones en Tailandia, que impactaron duramente en la provisión de discos duros (Western Digital fue la que salió peor parada), y cuyos efectos durarán hasta 2013, según las predicciones de IDC. Una de las consecuencias previsibles es que el precio de las unidades aumentó entre un 20 y un 40 por ciento.
El otro motivo es que decidí invertir más dinero en el gabinete y la fuente; nunca ahorré en esto, pero ahora aposté un poco más alto. No me arrepiento en absoluto: la máquina es tan potente como silenciosa y quedará bien en la sala. (El i7 irá a una torre convencional, de buena calidad, pero con más espacio interior.)
Me explicaba mi colega Alfredo Sainz , de la sección Economía del diario, a quien consulté los tecnicismos económicos para esta nota, que también habría que tomar en cuenta cuál era el peso de 1000 dólares en la economía en 2005 y hoy. Eso es fácil de calcular mirando un recibo de sueldo de entonces y viendo, por ejemplo, qué porcentaje del salario representaban esos 1000 dólares para una compu nueva.
Pero una cosa es segura. Para quienes necesitamos poder de cómputo, el silicio es una excelente forma de ahorrar. No brilla como el oro. Pero corre más rápido.






