Hace 50 años estábamos mucho más solos que ahora

Ariel Torres
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17 de mayo de 2014  

Más o menos regularmente aparece un video que pontifica sobre lo mala que es la tecnología digital para las relaciones humanas. En general, se vuelven virales. La semana última, uno, titulado Levanta la mirada , no sólo superó los 37 millones de vistas en YouTube –aunque con proporcionalmente escasos 300.000 me gusta–, sino que, al menos, reconoció, sobre el final de sus 5 minutos de duración, que para ver el mencionado corto hacía falta estar mirando la pantalla. Pero bueno, todo bien, se lo perdonamos.

Tampoco le criticaré demasiado su planteo de que tiene 422 amigos y sin embargo se siente solo. Le diría que elija mejor a sus amistades, incluso en Facebook. O que revise el tema de la soledad con su analista; suena a síntoma.

Dejaré asimismo de lado la afirmación de que somos esclavos de estos dispositivos. También somos esclavos del cuchillo y el tenedor en una comida social, favor de notar. Y la escena de la cita romántica en la que él mira su celular y ella se siente ignorada, bueno, acá va un consejo: nunca seas el plan B de nadie.

Otra cosita: Gary Turk, el autor del video, dice que vivimos en un mundo de teléfonos inteligentes y personas tontas. ¿Es entonces una buena noticia que haya tenido 37 millones de vistas en YouTube? Te deja pensando.

Como dije, puedo pasar por alto todas estas cosas. Son un clásico del género. Ahora, lo que no puedo admitir es que la historia que se relata en el video caiga en esa falacia que Stanislav Lem visita con maestría en su libro Vacío perfecto. El razonamiento de que si el muchacho nunca hubiera levantado la vista del smartphone, entonces nunca habría conocido a su futura esposa es por completo inválido. Para el caso, no sólo hizo falta que levantara la vista. También fue necesario que naciera. Para llegar a nacer sus padres debieron conocerse. Para que eso ocurriera tuvieron que nacer (y conocerse y enamorarse) sus abuelos. Lo mismo todos sus antepasados hasta llegar al primer homínido, que nunca habría existido si los dinosaurios no se hubieran extinguido, dejando libre el ecosistema terrestre a los mamíferos. Así que el protagonista del video también le debe el amor de su vida a la caída de un asteroide 65 millones de años atrás.

No me extenderé en esto. El delicioso texto de Lem, llamado De Impossibilitate Vitae / De Impossibilitate Prognoscendi, demuestra de forma implacable por qué esta clase de argumentos sólo tienen un barniz de verdad. Les recomiendo leerlo, sobre todo si el video los emocionó. La estadística no trata sobre la singularidad de los individuos. De eso se ocupa, acaso, el destino.

Recuerdos dorados

Hay otro planteo todavía más serio en este y otros videos. Es decir, que el pasado, despojado de tecnología, era una maravilla.

Viví muchos años en ese mundo ido y, de corazón, no volvería a aquella época ni por todo el oro del mundo.

Además, la comparación es imposible. Por dos motivos. Porque no hay puntos de contacto y porque, siguiendo ese razonamiento, el siglo XVIII debió ser mejor que el XX, puesto que había mucha menos tecnología. Un lindo mundo sin vacunas ni refrigeradores.

Sobre todo me preocupa la insistencia con que se retratan los buenos viejos tiempos previos a la digitalización como una época en la que había más contacto humano. Sé de sobra y por experiencia que las pantallas no pueden reemplazar la presencia, y lo he dicho con todas las letras .

Pero pintar de dorado las décadas que van entre, digamos, mediados del siglo XX y la aparición de las computadoras personales, a fines de la década del '70, es una patraña. No porque tenías que caminar 20 kilómetros, con suerte, para pedir auxilio, si se te quedaba el auto en la ruta. Tampoco porque los teléfonos no permitían mandar mensajes de texto. Ni porque sacar una foto era un experimento químico que tardaba no menos de una semana en revelar sus resultados. Es fácil desacreditar aquellos tiempos basándose en las virtudes de nuestros dispositivos digitales, tanto como lo es desacreditar la hora actual basándose en individuos disfuncionales que usan la tecnología para agredir o desacreditar.

El problema es mucho más serio: hace 40 o 50 años las personas no tenían más vida social que la que tienen ahora. Por el contrario. Tenían menos.

Somos así

Salvo excepciones, la cantidad de vida social de las personas ha sido más o menos constante durante toda su historia. Es una función del tiempo disponible y las distancias, y no se basa en elecciones personales. Es un rasgo genético de la especie. Por eso, para el prisionero existe todavía un castigo peor: el aislamiento.

Una encuesta reciente, que cita Roxana Morduchowicz en su libro Los chicos y las pantallas, muestra que los adolescentes de hoy, esos a los que se pinta como enfrascados en sus smartphones y alienados por los jueguitos, prefieren antes que nada salir con sus amigos. Obvio. Además de adolescentes son homo sapiens.

Lo que ocurre en la actualidad, de hecho, es casi es lo opuesto a lo que se retrata en el video. Las telecomunicaciones digitales, omnipresentes, económicas y trasnacionales, han agregado una capa de socialización que antes no existía. No vino a reemplazar, como machacan los nostálgicos, el cafecito cara a cara, sino que nos proporcionó una nueva dimensión de encuentro. Es la primera vez, desde que éramos pequeños asentamientos donde todo intercambio se daba cara a cara, que tenemos la posibilidad de conectar con otro a cualquier hora, en cualquier lugar. Lo hacemos porque estamos socializando, porque la pulsión social es una de las más poderosas de nuestra naturaleza. Quizá por primera vez estamos socializando tanto como cuando no existían estas urbes inmensas. Mirar la pantalla es, muchas veces, levantar la mirada cuando no hay nadie alrededor.

Algo que ronda lo discriminatorio en este video es que pasa por alto el hecho de que las nuevas tecnologías de telecomunicaciones les han permitido socializar mucho más a las personas que tienen sus capacidades físicas limitadas. Lo de tomar un cafecito está muy bien, siempre y cuando puedas salir fácilmente de tu casa.

Que familias, parejas y amigos se la pasen enfrascados en sus teléfonos sin hablarse puede ser cultural, pero es sobre todo una exageración. Basta salir un poco para ver que muchas parejas, grupos de amigos y familias siguen charlando como en los buenos viejos tiempos. En el mismo tono está el asunto de las plazas vacías de niños. ¿Realmente es así? ¿Dónde? El video no lo dice, y esa generalización parece más bien algo del orden del prejuicio contra la tecnología.

Hace poco, frente a una escena donde el papá estaba mirando su tablet, mamá la suya y los dos chicos jugueteaban con sus smartphones, alguien me hizo el típico comentario indignado sobre la falta de diálogo que causan las nuevas tecnologías. Así que me levanté, caminé unos pasos, y rápidamente observé lo que cada uno estaba haciendo con sus pantallas. Papá estaba leyendo una nota sobre un partido de fútbol, mamá estaba ojeando la cartelera de cine, la niña estaba con un jueguito y el más pequeño con una app para colorear. Así que, de regreso a la mesa, pregunté: ¿qué pasaría si papá estuviera mirando la sección Deportes del diario; mamá, la cartelera en la sección Espectáculos, y los chicos mirando libros de cuentos bellamente ilustrados? Nos parecería una escena de la vida cotidiana, y la falta de diálogo sería idéntica.

Por supuesto, hay quienes se exceden con la tecnología. No son diferentes de los que se exceden con el alcohol y se diploman de aguafiestas. Pero hoy hay más vida social que cuando todo lo que tenías en tu casa era un televisor en blanco y negro, un teléfono de baquelita y ninguno de tus amigos respondía las llamadas.

Hoy, en esa circunstancia, te vas a Facebook o a Twitter o algo por el estilo. Hace 50 años no te ibas a un cafecito y te sentabas a charlar con desconocidos. Hace 50 años estábamos mucho más solos que ahora.

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