Las nuevas fábricas de espacio

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Todavía en sus inicios, la realidad virtual permite estar en dimensiones inexistentes (que, sin embargo, se sienten muy reales). Y es solo una de las muchas maneras en que las nuevas tecnologías nos permiten estar en un lugar de formas inéditas
Todavía en sus inicios, la realidad virtual permite estar en dimensiones inexistentes (que, sin embargo, se sienten muy reales). Y es solo una de las muchas maneras en que las nuevas tecnologías nos permiten estar en un lugar de formas inéditas Crédito: Betto Rodrigues / Shutterstock
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30 de noviembre de 2019  • 07:00

Por motivos que tal vez son obvios (o tal vez son completamente crípticos) a los humanos nos desvela el tiempo, pero no el espacio. Imagino que se debe a nuestra finitud. Pero no lo sé. En todo caso, el espacio (no me refiero al cosmos, sino al tópos) tiene mucho menos prestigio y menos misterio. Tanto, que sentimos que podemos vender o alquilar espacio (una casa, un terreno, una carpa). Digo "sentimos" porque, a causa del tiempo, toda operación de bienes raíces es por fuerza transitoria. En cambio, se sabe que -desgraciadamente, porque a algunos les sobra y a otros nos falta- no podemos comprar ni vender tiempo. Alquilarlo constituiría, me temo, una contradicción. Como mínimo, una incómoda yuxtaposición de agendas.

Podemos viajar por el espacio (para ir a trabajar, por ejemplo), pero la máquina del tiempo sigue siendo un artilugio exclusivo de la ciencia ficción. E incluso allí no está exenta de paradojas, lo que es mucho decir para un género que, sin ir más lejos (perdón, eso fue sin querer), se da el lujo de viajar más rápido que la luz (el espacio, de nuevo, resulta un segundón).

Este es el motivo, supongo, de que hablamos mucho de cómo las nuevas tecnologías nos han vuelto más eficientes, de cómo han alterado la forma en que aprovechamos el tiempo, etcétera. Pero no vemos cuánto han transformado eso que llamamos espacio.

Máquina de escribir + colectivo + subte

Una anécdota aclarará este punto, al menos en uno de sus aspectos, porque tiene muchos. Cuando me inicié en este oficio trabajaba como colaborador para todos los medios que podía. Era la única forma de reunir un salario aceptable a fin de mes. Bueno, no todos lo meses; pero esa es otra historia.

En esa época, todavía no tenía una PC ni mucho menos Internet. Ahora bien, aunque es cierto que se trabaja más rápido (y más prolijo) con una computadora, el principal obstáculo no era el tiempo, sino el espacio. Terminado un número de artículos, tenía que tomarme el colectivo o el subte o ambos hasta las diferentes redacciones para entregar mis textos. Y luego regresar. El espacio, no el tiempo, significaba dinero para mí. Esas distancias han desaparecido con la digitalización. Hoy puedo enviar un texto en segundos a cualquier punto del planeta. El mundo no solo se ha achicado, como solemos decir, sino que ciertas distancias se han vuelto nulas.

Puede resultar un poco abstracto para el que no lo vivió. Pero los que nacimos en la era mecánica y analógica y atravesamos la transición hacia la digitalización sabemos bien que el dato es brutal. Hay espacios, distancias, lugares que han desaparecido. Todavía más. Como se verá pronto, incluso cuando me tomo el subte puedo seguir haciendo cosas con un aparatito muy loco que llevo en el bolsillo; tal aparatito, cuando me inicié en este oficio, era algo imposible, aunque no inimaginable.

La nada misma

Esto ya es mucho, pero hay más. Las nuevas tecnologías han creado espacios que violan las leyes a las que estamos habituados. En mi teléfono llevo unos 300 libros. No diré que son iguales a los de papel, pero puedo leer esos textos toda vez que las esperas (que son abrumadoras) me sorprenden. Trescientos libros de papel pesan más o menos 150 kilos y ocupan alrededor de 10 metros de estantes. No tiene ningún sentido que todo eso quepa en un aparato de 140 gramos.

Son espacios nuevos. El más impresionante es el de la realidad virtual. Más allá de los contratiempos que todavía enfrenta, hoy es posible sumergirse en lugares que no existen o que existen del modo en que queremos que existan, como si fueran un sueño lúcido. Lo más extravagante de la realidad virtual, especialmente con simuladores capaces de emular el movimiento y las fuerzas G (como los que usan los pilotos profesionales para entrenarse y rendir exámenes), es que la mente no percibe ninguna diferencia entre ese espacio abstracto y el real. Lo digo por experiencia. Hace muchos años probé para una nota uno de estos simuladores, y el comandante me permitió incluso volar un rato la nave. Digan lo que digan, se siente como espacio.

Es cierto, el tiempo también se percibe de formas diferentes, de acuerdo con las circunstancias. Pasa rápido cuando sos feliz y se arrastra durante una clase aburrida. Pero no podemos producir tiempo, lo que es de verdad una pena.

Chocolate por la noticia

Una cosa más. Hemos aprendido también a multiplicar el espacio. Esto es, de todo, lo más perturbador. Nunca antes habíamos podido estar en varios lugares a la vez. Como mucho, con el tubo del teléfono entre el hombro y la cabeza, tal vez lográbamos, vagamente, participar de dos fenómenos diferentes en lugares distintos.

Hoy, en cambio, tenemos WhatsApp. Más Twitter, Facebook, Instagram y todo lo demás. Miren alrededor. Se ven cientos de personas quietas mirando algo que parece una tableta de chocolate. Es un smartphone. Y aunque la imagen resulta un pelín distópica, lo cierto es que esas personas están ahí y a la vez en otros lugares. Ahora, mientras escribo esta columna, estoy participando de un número de otras actividades en otros lugares, sin trasladarme. Por supuesto que en muchos casos no es lo mismo estar ahí de forma virtual que en persona. Pero, por primera vez, aquello de estar en muchos espacios simultáneamente se ha vuelto realidad. Aquí termina este texto, que tal vez leyeron mientras recibían notificaciones o respondían mensajes provenientes de muchos lugares. Algunos, remotos.

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