
Pequeñas delicias de la vida dos punto cero
Todos los días prometen. Pero no todos cumplen. Eso fue lo que pensó cuando se dio cuenta de que el enchufecito mini USB no había calzado correctamente en el BlackBerry y, por lo tanto, no había cargado nada durante la noche. "Bueno, a ver si sube una barrita mientras desayuno", murmuró, pensando en la call que tenía en un rato y que sólo podía tomar con ese teléfono. No con el iPhone.
El iPhone, por supuesto, exhibía un jubiloso 100% de carga. ¡Qué no daría por intercambiar las baterías!
Un poco irracionalmente, prefirió no gastar nada de la batería del segundo, como si esto apresurara en algo la recarga del primero, y encendió la tele para ver las noticias, en lugar de esquiar por la timeline de Twitter y chusmear el Muro de Facebook, como se había habituado tiempo atrás.
Pero tampoco hubo suerte. La pantalla mostraba, como arrancado de una película de ciencia ficción, un ominoso mensaje:
La transmisión fue interrumpida debido a una interferencia solar; volveremos en breve. Gracias
Instintivamente, miró por la ventana. Todo se veía como siempre. Amenazaba tormenta, de hecho. Se permitió el lujo de gastar un 2% de batería para mirar el pronóstico en el iPhone y, en efecto, se anunciaban tormentas eléctricas para la tarde o noche. Estaba pensando en que debería llevar paraguas cuando se le ocurrió una idea salvadora. Si era posible cargar el iPhone con la radio del auto, ¿por qué no el BlackBerry?
Bajó tan entusiasmado a la cochera que se olvidó el paraguas, pero no le importó. La posibilidad de mantener su call sin tener el BlackBerry enchufado era de vida o muerte. Bueno, no tanto, pero ya había pasado por la humillante experiencia de sentarse en el piso de la oficina, a la vista de todos, para quedar a la altura del cargador. O verse obligado a pegar la cabeza a la computadora porque la extensión del cablecito USB era de una frugalidad Zen. Para eso, precisamente, se había comprado los auriculares Bluetooth, auriculares que había perdido dos días antes en un taxi, taxi que había tomado porque su auto estaba en el taller, taller al que su auto había ido a parar a causa de una falla... ¡en la computadora!
Pero creía haber encontrado la solución. Puso el automóvil en marcha, la radio se encendió y, con dedos temblorosos, conectó el BlackBerry al puerto USB. Unos segundos después la pantallita dijo: ERROR.
No obstante, el indicador señalaba que el aparato estaba cargando. Se le hacía tarde y, mientras la radio le explicaba que había enchufado un dispositivo incorrecto (es decir, uno que no era un iPhone ni un iPod), puso rumbo hacia la oficina.
En cada semáforo tocaba el respaldo del teléfono para ver si calentaba, señal inequívoca de que estaría cargando, pero el sol pegaba tan fuerte que no pudo sacar ninguna conclusión. Eso sí, lo detuvo una guardia urbana que, señalando el celular con dedo suspicaz, le dijo:
–¡Usted estaba hablando por teléfono mientras conducía!
–No, no –respondió, y agregó, sin pensar–, sólo lo estaba palpando.
–Palpando –siseó la policía, incrédula.
–Para ver si calienta.
Casi lo arrestan, pero de alguna forma consiguió persuadir a la funcionaria de que decía la verdad y que, como la ley no decía nada acerca de palpar celulares al conducir, podía marchar en paz.
***
Estaba sentándose ante la computadora de su oficina cuando recibió un mensaje por el chat del teléfono. Habían pasado la call para una hora más tarde. "¡Excelente!", exclamó, mientras conectaba el BlackBerry a su máquina y calculaba que con una hora de carga tendría bastante para su call. Sólo que en ese momento apareció un mensaje de Windows pidiendo reiniciar el sistema porque durante la noche se habían instalado unas actualizaciones. Pensó en posponerlo, pero no. Conocía un sujeto que había pospuesto tanto un reinicio que había llegado hasta la siguiente versión de Windows sin instalar las actualizaciones. Así que le dio OK.
Como se trataba de un upgrade importante tardó casi 20 minutos en completarse. Por algún motivo, en todo ese rato, el BlackBerry se conectaba y se desconectaba erráticamente. Así que lo sacó de su PC y le pidió prestado el USB a un individuo detestable a quien no le hubiera aceptado un vaso de agua en el desierto. Pero ésta era una verdadera emergencia.
Mientras esperaba que Windows terminara con sus actualizaciones se dio cuenta de que sin computadora y sin su smartphone corporativo no podía hacer nada de nada. Miró su escritorio. No había ni un papel ni una birome. Muy pronto no supo qué hacer con las manos.
Cuando la exasperación estaba por darle un ataque, Windows volvió a la vida. Se puso de pie para ir a buscar el BlackBerry, pero lo detuvo otro mensaje en el monitor. Su clave de acceso había caducado y tenía que cambiarla.
–¿Ahora? –se preguntó en voz alta, fastidiado.
Ahora, dijo la pantalla. O eso le pareció.
Con resignación, y sin saber qué le convenía hacer primero, si cambiar la clave o recuperar su BlackBerry, optó por dejarlo cargando todo lo posible en la máquina prestada. Escribió una contraseña nueva y apretó Enter. La pantalla respondió:
Esa clave no sirve para nada. Por favor, combine mayúsculas, minúsculas, símbolos y números
Trató con otra. La computadora dijo:
Vergonzoso lo suyo. ¿Qué parte de "tiene que usar al menos 8 caracteres" no entendió?
Bufó. Miró por sobre su hombro. Como sospechaba, ese vil sujeto estaba espiando los mensajes de texto que habían estado llegando a su BlackBerry desde hacía un rato. Se daría por bien servido si se limitaba a leerlos, sin responderlos.
Escribió una nueva contraseña. La máquina opinó:
Conozco ese truco, muchacho. Es la misma clave que usó entre septiembre de 2008 y enero de 2009. Try again, como se dice
Se le fueron otros veinte minutos en el asunto de las contraseñas, sin éxito. Así que llamó al soporte técnico, que resolvió el entuerto en cinco segundos. Ahora, su nueva clave era su apellido seguido de su año de nacimiento. Estuvo a punto de quejarse. O de ponerse a llorar. Pero no tenía tiempo ni para lo uno ni para lo otro. Fue a recuperar su BlackBerry.
–Dice tu mujer que te dejaste tu iPhone y te llevaste el de ella –le informó su compañero al regresarle el teléfono. Lo que le faltaba. –Dice que lo pongas a cargar, que anoche se olvidó.
Con los dos teléfonos cargándose en sendos conectores USB, decidió aprovechar el rato que quedaba hasta la call para sacarse de encima los ochocientos mil mails que lo aguardaban, todos con carácter de urgente.
Pero el Outlook se colgó al arrancar y anunció, impasible, que la casilla de correo se había corrompido. Luego produjo un error fatal. Y se cerró.
–¿Desea enviar el informe de la falla a Microsoft? –expiró un cartelito que, por otro lado, no respondía a los clics ni a nada.
Era demasiado. Apretó el botón de Reset.
En el segundo intento Outlook directamente no llegó a colgarse. De hecho, ni siquiera trató de arrancar. Feo.
Apretó Reset de nuevo, mientras Windows intentaba desesperadamente paginar memoria y, de paso, terminar de cargar el sistema.
La tercera vez que apretó Reset Windows fue incapaz de abrir el Escritorio. Siguió una pantalla azul. Y un silencio sepulcral.
***
Luego del almuerzo y de una call que había salido bastante bien, considerando que oía el eco de su propia voz, que otras tres personas en la misma oficina estaban participando de conferencias diferentes y que su cuñado había elegido precisamente ese rato para ponerse conversador por el mensajero del BlackBerry, apareció el muchacho de soporte técnico y resolvió el tema del Outlook.
–¿Qué era? –le preguntó, antes de que se fuera.
–¿Qué era? –resonó con sorna el chico–. ¿Qué quiere saber? ¿Si eran los 6 GB de adjuntos que tiene en su PST? ¿O que ya no hay espacio libre en el disco rígido? ¿O si fue que reseteó el equipo tres veces en pleno arranque?
–Bueno, estaba apurado...
–Le voy a ordenar un disco más grande, vamos a instalarle más memoria, pero no sé si va a alcanzar, usted es un abusador de computadoras –rezongó el muchacho y se marchó.
–Ey, ¿cómo saben que reseteé tres veces durante el arranque?
De lejos, el chico del soporte señaló la cámara de seguridad en una de las esquinas y le guiñó un ojo.
***
Vaya mañanita.
El mensajero del BlackBerry estaba chillando como loco. Era su mujer.
–¿Tenés mi iPhone apagado? –le preguntó con rojo emoticón irritado.
(Sí, lo había apagado cuando recibió la decimoquinta llamada.)
–¿Y por qué lo tenés apagado, si no es mucho preguntar?
(Carecía de una buena respuesta para eso. No tenía tiempo de atender y decirle a cada persona que llamara al otro número, es decir al suyo.)
–Te recuerdo que el que se llevó mi teléfono por error fuiste vos.
Qué decir. Por toda respuesta encendió de nuevo el iPhone de su esposa y se abocó a responder sus mensajes de correo electrónico. Cierto, hizo de telefonista toda la tarde, pero al final ya era como un contestador automático y parecía que, por fin, la tecnología empezaba a cumplir aquella antigua promesa de hacernos la vida más fácil o, si no eso, por lo menos volvernos más productivos.
Y así fue durante unos cinco o seis minutos. Hasta que publicó por error su clave de la VPN en Twitter. Con la presión sistólica en 100.000 rogó a los hados cibersociales que nadie notara el desliz o que, de hacerlo, no hiciera demasiado ruido al respecto. Por fortuna no tenía demasiados seguidores. Un nanosegundo después se abrió el mensajero interno. Era su jefe.
–Pregunta: ¿ahora publicamos nuestras claves de la VPN en Twitter?
–Fue un error. La VPN se estuvo desconectando todo el día. Se me escapó.
Siguió un silencio incómodo, la clase de silencio que sólo el chat es capaz de producir, donde uno no ve la cara del otro. Dijo, para disminuir la tensión.
–No sabía que me seguía en Twitter, jefe.
–Yo no, un vicepresidente regional.
Se le atragantó la timeline. El jefe añadió:
–Dice que le gustan sus chistes. Pero que publicar una clave de la VPN ya fue demasiado.
–Por supuesto, señor. Pero no veo ningún VP entre mis followers.
–Está con un alias. No se lo puedo decir.
–Comprendo.
–Es un secreto industrial.
–Por supuesto, señor.
–Que le cambien su clave. Ahora.
En eso se le fue otra media hora porque había un tema con los certificados digitales. Hubo de intervenir su jefe cuando los expertos en alguna parte del mundo estaban llegando a la conclusión de que hacía 4 años que ya no era empleado de la empresa; era eso o que nunca había trabajado allí. Llegó un punto en el que también dudaron de su existencia en general. Pero, tras salvar varios errores, instalar unos archivos y firmar digitalmente unos formularios, tuvo su nueva contraseña y, luego de conectarse, decidió cerrar el TweetDeck para que no se le volviera a escapar una clave o algo así. De inmediato lo volvió a abrir. Se le había ocurrido un chiste buenísimo. Pensar que todos lo consideraban el empleado más aburrido de la corporación. Y en Twitter tenía como fan nada menos que a un VP regional. ¡Vamos todavía!
Eso le levantó el ánimo. Mandó su tweet y se fue a la reunión que habían convocado para las 16. Como siempre, un gerente presentó a otro gerente que llamó a un subgerente que pidió que apagaran las luces y se dedicó a leer en voz alta el texto que se veía en las diapositivas de la PPT que iba proyectando en alta resolución y con efectos 3D mientras los 15 asistentes mandaban mensajes de texto o chateaban con el BlackBerry sin prestar ninguna atención al slideshow.
Tras una hora de esto, encendieron las luces, aplaudieron al orador y éste distribuyó copias de la presentación. Láser y a todo color. ¿Alguna pregunta? Silencio de radio, excepto por la vibración de varios celulares que seguían recibiendo mensajes. Se dispersaron mirando las pantallitas y tecleando a toda velocidad. Lo normal, en suma.
Ya eran las 5. Prefirió, para no seguir respondiendo las llamadas que llegaban sin cesar al iPhone de su mujer, volver a casa y trabajar desde allí. Es lo bueno del Wi-Fi, se dijo. Lanzó un último equívoco y picaresco chascarrillo por Twitter y puso proa al hogar. No lo esperaban buenas noticias.
–¿Quién es Amanda? –le soltó su mujer.
–¿Amanda? ¿Amanda cuánto?
–No te sale bien hacerte el desentendido. Te puedo recomendar un buen profesor de actuación. ¿Quién es Amanda?
–La única Amanda que conozco...
Y se quedó en medio de la frase, con la boca abierta. ¡El VP regional! ¡No era el, era la!
Le llevó un cuarto de hora explicarle a su esposa el por qué del SMS de Amanda. Finalmente, su cónyuge, con los ojos como dos ranuras de diskettera de 3,5 pulgadas, le preguntó:
–¿Vos querés convencerme de que una vicepresidenta regional te mandó un SMS diciéndote que nadie la hace reír como vos, pero que esta vez te habías pasado de la raya, majo , porque se te escapó tu clave de la VPN en Twitter?
Aguardaba esa pregunta. La tenía contra las cuerdas. Jaque mate. Ceremoniosamente, confiado, con actitud ganadora, le mostró su timeline en el iPhone y allí estaba, flagrante, su contraseña de la VPN.
–Que se te haya escapado la clave te lo creo. Sos un distraído. Pero a ver, mostrame quién es esa VP en tu lista de followers.
–Eso no te lo puedo decir.
–Ah, ¿y por qué no?
–Es un secreto industrial.
La carcajada se oyó a tres cuadras y el asunto quedó sin resolver. De todas formas ella también tenía que trabajar y para eso necesitaba su iPhone de vuelta. No sin recelo, intercambiaron equipos. El suyo estaba totalmente descargado.
–Sorry, me entretuve leyendo tus tweets, majo , y me gasté toda la batería..., no sabés cómo me hacés reír.
***
Qué día, Señor, qué día. Se habían hecho las 6. ¿Qué había sido lo más productivo del día?, pensó. Nada, olvidate, eso fue una pregunta retórica. A ver si podía desquitarse antes de la hora de comer. Puso el CD-R que le habían enviado en la notebook mientras por el rabillo del ojo notaba que el mensajero de GTalk y el de MSN tardaban demasiado en conectarse.
–Ah, y te aviso que estamos sin Internet –le comunicó su mujer desde el living.
Cerró los ojos y trató de calmarse. Contó hasta 100 en hexadecimal y decidió que primero se ocuparía de los archivos y luego, si no había vuelto la conexión, usaría la antena 3G que guardaba, como último recurso, en un cajón de su escritorio. Si eso, por algún motivo, tampoco marchaba, tendría que recurrir al cibercafé. Y si eso también fallaba, se iría de nuevo a la oficina y enviaría los archivos corregidos desde allí. ¡La tecnología no le iba a ganar!
El copiado de archivos emitió una cantidad inmensa de errores y por último colgó todo. Fue a apretar el botón de Reset, pero lo pensó mejor. Hizo bien. Luego de 10 minutos Windows volvió a la vida y le dijo que ese CD parecía haber sido rescatado de un incendio forestal. No importaba. ¡Vencería todos los obstáculos! Vamos por el 3G.
Abrió el cajón, pero la antena USB había desaparecido. Fue hasta el living.
–¿Vos tenés mi 3G? –le preguntó a su mujer.
–Y, sí, ¿o cómo te creés que leí tus divertidos tweets todo el día, majo ?
Logró recuperar su antena 3G a cambio de soportar la burla durante un rato más. Pero en cuanto la extrajo de la notebook de su mujer se vio obligado a soltarla enseguida. Quemaba como el asfalto al sol. Debió todavía padecer alguna mofa al respecto, que nos ahorraremos, por pudor, y a los 15 minutos pudo, por fin, establecer un vínculo con Internet. Había pedido por el mensajero de BlackBerry que le enviaran por correo los archivos que en el CD-R estaban dañados. Ya habían llegado. Excelente, alguien está atento en alguna parte, se dijo.
Eran los archivos equivocados, desde luego. Fue sólo media hora después, es decir, tras 75 minutos de iniciar su por ahora infructuosa sesión de teletrabajo, que obtuvo los dos documentos que debía revisar. No parecía imposible alcanzar esa meta antes de comer. Excepto porque al darle doble clic al primer archivo apareció una pantalla que le dijo:
Error al cargar el documento. Error de versión. Alpiste.
¡No podía ser, no podía ser! Intentó con el otro.
Alpiste again, majo .
Era verdad, todo el mundo había actualizado ese software el año pasado, pero él nunca se había hecho el tiempo. No importaba. ¡Había una solución!
Solicitó por chat la actualización en línea, cosa que el soporte inició de inmediato. Debido al esfuerzo de descargar el primer 20% del instalador la antena USB había alcanzado la temperatura de una estrella de neutrones y la conexión se cortó. La desconectó y la sopló como si fuera una papa frita recién salida del aceite hirviendo. La buena noticia era que ese 20% no se había perdido, según le explicó el mismo chico que más temprano lo había calificado de abusador de computadoras y para quien el relato del USB al rojo vivo no hacía sino confirmar su dictamen.
Cuando la antena volvió a una temperatura aceptable, consiguió bajar otro 20 por ciento, para un total parcial del 40 por ciento. Y se volvió a cortar.
Luego de cinco interrupciones, dos reinicios, diez minutos de configuración y otros 15 para reconstruir la base de datos de plugins, tuvo por fin la nueva versión del software. Le agradeció al muchacho por la ayuda, que le respondió:
–Recuerde que lo estamos observando.
***
Agotado, llegó a la comida. A preparar la comida, para ser exactos. Pero el pollito al horno con hierbas le había quedado bueno. No tan bueno, sin embargo, como para reparar el clima conyugal. Así que decidió, después de comer, mirar una película para despejarse. Fue el momento en el que se largó la violenta tormenta de fines de verano, esas que en épocas de calentamiento global lanzan piedras del tamaño de un Nokia 1100 y cancelan las transmisiones de TV satelital.
Se quedó sin tele.
Gruñó incrédulo. ¿Qué más podía salir mal?, se preguntó. Fue a poner un DVD o algo.
Ahí se cortó la luz.
Puso la cara entre las manos, abatido. Entonces oyó algo que le cambiaría el humor.
– Majo ... –lo llamó su mujer, conciliadora, desde el dormitorio.
Sí, las mejores cosas de la vida seguían siendo uno punto cero.
Por ahora.
PD: ayer esta columna cumplió 19 años ininterrumpidos en La Nación. Esta ha sido mi manera de celebrarlo y de agradecerles que estén ahí desde hace tanto tiempo.







