
Reflexiones sobre los discos de vinilo, los CD y la digitalización
El disco compacto es un digno nieto del vinilo y sigue, con mejoras, la misma tradición
1 minuto de lectura'

Cada tanto me encuentro en medio de una discusión acerca de si son mejores los discos de vinilo o los discos compactos. Es como un Boca/River. Personalmente, no sólo no siento ninguna nostalgia por los vinilos, sino que me parecen odiosos. La sola idea de que una púa de diamante (el material más duro que existe) se deslice por un surco de frágil plástico me da escalofríos, por no mencionar el ruido a fritura en los pianísimos o la inevitable carga estática que atrae el polvo del ambiente (más fritura, más desgaste) como un imán.
Cuando era adolescente, mi poder adquisitivo para los discos era bastante limitado, y resultaba todavía más desesperante saber que los esforzados ahorros se iban en un producto que empezaba a destruirse (una púa de diamante en un surco de plástico, piénselo) tan pronto como llegaba a mi casa y lo ponía en la bandeja. Algunos de mis vinilos estaban tan pasados que sonaban como si uno estuviera oyéndolos desde el cuarto de al lado, con la puerta cerrada.
Entiendo que la gráfica de los álbumes se resintió seriamente con la llegada del pequeño CD. Pero, seamos francos, el hecho de que el disco sea más pequeño no obligaba a las discográficas a reducir el tamaño del álbum. Supongo que se ahorró en cartón lo que se invertía en el plástico de las cajitas de los CD; y, si me lo pregunta, nunca pasé mucho tiempo admirando la tapa de un LP. Había cosas lindas, es cierto, pero si eso es todo lo que perdimos a cambio de una gama dinámica espléndida, una distorsión armónica total cercana a cero, una separación de canales fenomenal y la desaparición (por fin) del ruido de cinta y la fritura del vinilo, no me quejo.
Por algún motivo, todavía queda bien criticar la digitalización. No es muy grave y ya pasó con la televisión, la radio, el teléfono y, mucho más atrás, con la imprenta. Me temo que también a los primeros sumerios e iblaítas que trazaron caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla se los debe haber criticado.
Es una pena, porque la digitalización nos está dando beneficios enormes a un precio mucho menor que las viejas buenas cosas analógicas. Casi daría la impresión de que nos gusta atacar las nuevas tecnologías tan sólo porque son nuevas, sin reparar en lo que realmente ofrecen.
Cien años atrás, en 1986
Los periodistas tendemos a guardar recortes de diario de una forma obsesiva. Bueno, estaba haciendo un poco de orden en mis papeles cuando encontré una primera plana de 1986. Repito la fecha: no de 1932 ni de 1960, sino de ayer nomás, de 1986, pero un ayer antes de que la digitalización alcanzara los medios gráficos.
Parecía cien años más antiguo que mis recuerdos de esa época. No lo niego, era una página de lo más pintoresca. Pero era dura y difícil de leer. Comparada con la de un buen diario actual, aquello era la prehistoria. La mitad de la prehistoria, para ser exactos.
La otra mitad era cómo trabajábamos en las redacciones. Sin digitalización, escribir y editar constituía una faena de orfebre, querible, no lo quito, pero insufrible cuando se debía batallar contra el tiempo. Los fotógrafos pasaban horas revelando sus rollos, en lugar de ver la imagen terminada en la pantalla de su cámara digital. Por no mencionar la disparatada situación de los diseñadores, que sólo presenciaban el verdadero aspecto de su trabajo cuando el diario salía de la imprenta.
Qué malos son los números
Digitalizar significa, en tres palabras, convertir en números . Las computadoras funcionan sobre la base de cargas eléctricas en sus componentes, que pueden adoptar dos estados: con cierto voltaje o con menos de ese voltaje. Grosso modo, encendido o apagado. Toda la información que hay dentro de una PC es una larga lista de estados eléctricos de esta clase, que solemos representar con el uno y el cero.
Al enterarnos de esto nos horrorizamos. ¿Pero entonces esa maravillosa sinfonía es transformada en ceros y unos en un disco compacto? Ni más ni menos. Y las fotos de nuestro hijo, lo mismo, cuando las mandamos por mail. Y esa reñida planilla de Excel , también.
Parece que hubiera algo malo en esta conversión: qué ofensa, convertir a Mozart en números. Mi pregunta es: ¿acaso es mejor transformar a Mozart en un surco de plástico? ¿Qué ventaja hay en que la foto de nuestro hijo esté dentro de un rollo de plástico escondido en un chasis de metal?
También se suele predicar que los medios analógicos eran más durables. Si hacemos las cosas bien, las fotos familiares en JPG seguirán tan cristalinas como el primer día, mientras que su versión antigua envejece tanto o más rápido que nosotros. La paradoja es que uno puede fácilmente sentirse identificado con la edad de una foto, con el papel ajado de una antigua carta y, claro, con el disfónico rechinar de un vinilo.
No vemos que aquellas tecnologías que hoy añoramos fueron un enorme avance en el intento de retener la información de una manera perdurable.
Vamos, la idea nunca fue obtener una fritura romántica, sino almacenar la música y oírla todas las veces que quisiéramos, en ausencia de la orquesta. La idea era plasmar un fugaz instante de la vida en una hoja de papel, no que el papel se pusiera amarillo y quebradizo.
Las computadoras nada más extendieron y mejoraron ese proyecto y ahora somos capaces de guardar cantidades inmensas de datos con una fidelidad inusitada y sin que el tiempo los afecte.
La nostalgia es, se me ocurre, el único nervio sensible que un vinilo puede pulsar. Y eso es genial, pero no tiene nada que ver con la calidad de la música. Para las nuevas generaciones, el vinilo -si lo conocen- no toca ninguna memoria feliz. Ellos fundarán su nostalgia del mañana en otros hitos. Y eso tampoco tendrá, me temo, nada que ver con si un LP es mejor que un CD o al revés. Estos medios deben servirnos para ser felices. Si el vinilo lo hace feliz, entonces es mejor que el CD.






