WALL-E, en la cima de la Edad de los Metales

Ariel Torres
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8 de agosto de 2008  

En ciencia-ficción, las distopías pintan un mundo opuesto a la utopía. O para ser más exacto, las distopías son utopías que salieron mal: sociedades totalitarias, opresivas, esclavistas. Dos famosas series recientes de largometrajes en este tono involucran a las computadoras y los robots como responsables de todos los males futuristas: Terminator y The Matrix .

Dejando de lado mis preferencias (ambas me gustaron, sobre todo The Matrix), ya escribí alguna vez que no creo demasiado en que el día que las máquinas se vuelvan conscientes, si es que esto alguna vez ocurre en el mismo sentido en que aplicamos el concepto conciencia a los humanos, los artefactos vayan a ocuparse de destruir nuestro mundo y nuestro estilo de vida. Creo que el día que las máquinas puedan pensar por sí mismas se preocuparán por cosas de máquinas, no por cosas humanas.

Recuerdo que cuando Deep Blue, la supercomputadora de IBM, le ganó el campeonato mundial de ajedrez a Garry Kasparov en 1997, publiqué en esta columna que esa afirmación provenía de un sofisma. Deep Blue nunca supo que le ganó al campeón ruso, ni siquiera se enteró de que estaba jugando al ajedrez, y desde luego no salió a festejar con los amigos tras su histórico triunfo.

El zoológico 3D

En todo caso, el antropomorfismo satura el cine de ciencia ficción (otro tanto ocurre, aunque no es el tema de esta columna, con los extraterrestres) y más modernamente, el de animación 3D. Puesto que la tecnología todavía no alcanza para hacer personas idénticas a los actores reales, hemos tenido innumerables títulos basados en máquinas, animales, insectos y seres imaginarios. Desde la fundacional Toy Story hasta Robots , todas ellas, con la honrosa excepción de Monster Inc. , inyectaron historias, personalidades y conflictos humanos en hormigas, abejas, pingüinos, peces payaso, tiburones, osos panda, gatos, perros, mapaches, tortugas, robots, autos, juguetes, y sigue la lista.

Hubo ejemplos notables de animación 3D con humanos, como Final Fantasy , Beowulf , y la caricaturesca y genial Los Increíbles , pero en general la industria apostó más bien a las máquinas, en primer lugar, y los animales, en segundo. Pero igual que los robots y programas de The Matrix (en esto es típico el agente Smith, pese a la admirable actuación de Hugo Weaving) y la apocalíptica SkyNet de Terminator , los personajes del cine 3D siempre aparecían imbuidos de virtudes, pasiones y defectos humanos.

Hasta que llegó WALL-E.

Personalmente

Lo diré sin preámbulos: el robotito recolector me fascinó. No sólo porque es de lo más tierno que ha producido el cine 3D (apenas un punto por debajo de Nemo, que llegaba a ser empalagoso), sino porque, ¡al fin!, WALL-E es él mismo. Tanto, que al final, cuando todo parece indicar que su personalidad se ha perdido junto con unos cuantos chips que se le queman, la mirada inexpresiva de esos ojazos de cristal realmente conmueve.

A propósito, si te estás preguntando por qué usamos sólo mayúsculas para el nombre del adorable robotito, la explicación es simple. WALL-E son las siglas de Waste Allocation Load Lifter Earth-Class . El nombre de EVE, la robot que se convertirá en desvelo de WALL-E, viene de Extraterrestrial Vegetation Evaluator .

Es verdad, sin embargo, que no podemos abstraernos del todo de nuestra propia naturaleza, y WALL-E es un 3D creado por humanos para humanos; quiero decir, no he perdido contacto con la realidad y sé que estamos hablando de una peli. Pero -y los avisos de vía pública acertaron al hacer hincapié en esto- WALL-E vive en su propio mundo. No sólo porque se ha quedado (casi) solo en la Tierra, sino porque tiene sus propias actividades y preocupaciones, hobbies, aficiones y hasta una mascota que nadie más, salvo él, podría querer.

Por motivos que, afortunadamente, no se explican, este robot recolector de basura evitó el triste destino de sus colegas, que ya no funcionan. Se deduce que el haber cobrado conciencia y el poseer una personalidad lo han salvado del óxido, la decadencia y la inevitable cesación de sus funciones mecánicas. Por ejemplo, el robotito, con todo y su simpatía, tiene un costado pragmático que lo separa claramente de los humanos. WALL-E se ocupa de coleccionar de todo, incluidas partes de otros recolectores, que usa para reemplazar sus componentes cuando están por fallar. Aunque los humanos hoy somos capaces de trasplantar órganos, el concepto está tomado de una antiquísima práctica en fábricas y talleres: WALL-E canibaliza, tal es el término técnico, piezas de otros robots que, al revés que él, han quedado en el camino. Simpático, pero realista.

Su colección de objetos casi no ofrece sentido a la mente humana. ¿Por qué junta tenedores y cucharas? No se sabe. Pero es brillante cuando debe reflexionar un rato antes de clasificar una de esas cucharas que son a la vez tenedor, y no menos genial su solución para el enigma que se le ha planteado. Pero, de nuevo, somos humanos los que miramos la película y los productores nos envían algunos guiños. Cuando encuentra el anillo de compromiso de diamantes y se queda con la caja, lo hace porque le llama la atención la bisagra, semejante a la de sus propias manos, y él ya sabe que tomarse de las manos es un signo de amor. Mucho más que un diamante, claro, que es descartado. Aplausos.

Afecto al cubo

Estoy casi seguro de que la idea estuvo en la mente de los creadores de Pixar y Disney: WALL-E tenía que tener sueños, angustias, miedos, alegrías y obsesiones diferentes de las personas. Y para rematar el efecto, hicieron un personaje mayormente cuadrado (cuando se asusta, queda convertido en un simple cubo), tan lejano de los peluches de rigor que parecía imposible quererlo. Y si algo tiene WALL-E es que es querible. Sus creadores lo lograron por el camino difícil, sin pulsar de nuevo la cuerda melífera; en cambio, usaron sutilezas de diseño, detalles, pormenores, gestos, actitudes. Algunos, claro, muy humanos, pero de algún lado teníamos que sujetarnos. Por ejemplo, WALL-E, al asustarse, no sólo se esconde en sí mismo -vaya señal-, sino que tiembla. Y, desde luego, habrá de enamorarse.

Además, y excepto por su mascota, la cucaracha, WALL-E está solo, y posiblemente ha pasado los últimos 700 años en estas condiciones. Es por lo tanto imposible que sepa mucho de las personas, salvo por el video que pasa, incansable, en un iPod. El robot es, en este sentido, no sólo diferente de los humanos, sino el primero de su tipo; sus colegas han fallado hace largo tiempo. Los guiños aquí no faltan: tras restaurarle sus partes dañadas, hacia el final de la película, WALL-E se reinicia y oímos el sonido que hacen las Mac al arrancar. Genial, aparte de que Pixar fue fundada por Steve Jobs, y por lo tanto era inevitable. Pero este único vínculo con la realidad contemporánea alcanzó para arrancarle carcajadas a la parte del público que alguna vez había oído arrancar una Mac.

Pese al barniz de película para chicos, WALL-E es también un ejemplo magnífico del fantasma en la máquina. Al revés que otros centenares de miles de robots recolectores iguales a él, WALL-E ha despertado a la conciencia. Cuando trepa, incansable, las torres de basura que está programado para construir, uno no puede sino pensar en Sísifo.

Los primeros veinte minutos de película, aproximadamente, tienen un solo protagonista: WALL-E en una megalópolis cubierta de basura. El robotito tenía que poseer una personalidad formidable para sostener por sí solo este preámbulo solipsista, distópico y opresivo, y hacerlo divertido. El contraste es, dicho sea de paso, aleccionador: la película funciona también como una advertencia sobre el desastre ecológico que seguimos nutriendo sin pensar en el mañana. Ojalá prestemos atención.

Es también la personalidad de WALL-E la que ha puesto a la película en el puesto 26 del ranking de las 250 más votadas de Internet Movie Database ( www.imdb.com ). La notable Ratatouille está apenas en el puesto 135; Buscando a Nemo , en el 148, y Los Increíbles , en el 156. La posición de WALL-E entre los treinta films más valorados por los visitantes de la IMDb es una hazaña para el cine 3D.

Supongo que no tengo que decir, además, que la película me encantó. Pero ésa es una razón menor para esta columna. Me parece que WALL-E marca la culminación de una era en las películas de animación 3D, a la que he llamado la Edad de los Metales. Ahora, y a medida que avance la tecnología, nos iremos acercando poco a poco a imágenes de personas que nada tendrán que envidiarles a los actores reales. Pero WALL-E será imposible de olvidar.

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