Australia: la gran ruta oceánica

Al sur de Melbourne, una carretera panorámica de 240 kilómetros entre el mar y los acantilados: espectacular, llena de curvas y con serias posibilidades de ver canguros y koalas en libertad.
Carolina Reymúndez
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12 de agosto de 2016  • 00:00

" No. No te podés ir de Australia sin hacer La Gran Ruta Oceánica ?dijo seria mi amiga que vive en Melbourne?. Los paisajes de mar y rocas son espectaculares, además con suerte vemos canguros y koalas sin ir al zoológico", añadió entusiasmada. Como es una mujer decidida organizó todo para que viajáramos el fin de semana. Cargó combustible, seteó el GPS para no confundirse y tomar las autopistas sin peaje y partimos el sábado temprano. El día estaba radiante; brisa suave y algunas nubes decorativas, sin ánimo de chaparrones. El skyline del centro de Melbourne quedó atrás enseguida. Sin embargo, la ciudad es extendida, y pasó un buen rato hasta que finalmente terminó. La noche anterior al viaje había leído que La Gran Ruta Oceánica ?The Great Ocean Road, según el nombre original? fue construida entre 1919 y 1932 por unos tres mil soldados que regresaron de la Primera Guerra Mundial. Las pérdidas para Australia fueron brutales: más de ciento cincuenta mil heridos y sesenta y un mil muertos. La ruta fue concebida como un memorial, el más grande del mundo, para los caídos en esa guerra. También fue una manera de darle trabajo a los que volvían. En Torquay, unos 90 kilómetros al suroeste de Melbourne, comienza oficialmente la ruta. Lo primero que vi fue una tabla de surf y después otra y una más. Las olas enormes y perfectas para remontar lo convirtieron en un icono surfer. No muy lejos, en Bells Beach se filmó la última escena de Punto límite (Point break, 1991), la mítica película con Patrick Swayze y Keanu Reeves donde una pandilla de surfers comete asaltos y crímenes. Desde hace años, se disputa en esa playa el principal campeonato de surf del mundo. En Torquay nacieron las marcas Rip Curl y Quicksilver, referentes internacionales del surf. Desde la ventanilla del auto vi dos enormes locales outlet con carteles de sales. Torquay es la segunda ciudad más importante del estado de Victoria después de Melbourne. Las playas son largas y las olas tienen un promedio de 1,2 metros y tres rompientes. Y sí, como en la mayoría de las playas del sur, hay tiburones. Por suerte no tuve que preocuparme. Apenas había comenzado la primavera y no existían posibilidades de meterse en el agua fría. Para los fanáticos, el Museo Nacional de Surf, el más importante del mundo, muestra tablas y equipos, y cuenta historias y folclore del deporte. El parque con cipreses que elegimos para el picnic estaba elevado y se veía el mar y a los surfers que a pesar del fresco se metían a buscar olas para torear. Después de Torquay paramos en el Arco de la Memoria, donde hay un arco de bienvenida y una estatua de dos soldados trabajando en la ruta. Los chicos se subieron para la foto. Se trabajó con pico, pala, dinamita y también hubo muertos en la construcción del memorial para los muertos. Antes de partir nos habían dado un consejo: "Desvíense un par de kilómetros de la ruta y vayan al Anglesea Golf Court. Pidan permiso para entrar, digan que quieren ver los canguros". Parecía un buen dato, así que le hicimos caso. Llegamos a Anglesea, tomamos la rotonda y fuimos directo al campo de golf. Antes de entrar, los chicos que venían callados en el asiento de atrás gritaron: ¡canguros! Uno, dos, cinco, quince. No estaban cerca, hubo que usar el zoom. Al rato, seguimos las indicaciones y pedimos pasar. Nos dejaron y fue un festín. Había más de treinta juntos cerca de un bosquecito. Son animales de hábitos nocturnos y se acercaba la tarde, quizás por eso había tantos. Algunos saltaban, otros miraban con ojos húmedos. De repente tuve uno muy cerca, justo enfrente, medíamos casi igual (algunos llegan a los dos metros). Qué animal tan extraño. Las patas traseras son fuertes y con ellas se impulsa para saltar (pueden cubrir ocho metros en un salto). Las manos, en cambio son cortas y flacas, y la cola musculosa le sirve para el equilibrio. Comen pasto y, sí, se comen. En Melbourne, varios restaurantes que ofrecen carne de canguro. Se consigue en el supermercado y hasta se exporta. Dicen que es tierna y sabrosa, pero no lo comprobé. Después de verlos preferí no probarlos. En un momento, un grito me distrajo de las fotos. Casi no lo escuché, estaba concentrada en un canguro con su cría en el bolsillo ?llamado marsupio? que sirve de incubadora ya que nacen en estado casi fetal. El grito era de unos golfistas furiosos porque querían usar la cancha. Chau canguros. Cuando nos íbamos me explicó el encargado del lugar que son canguros grises orientales, una de las tres especies principales. En el campo se hacen roo tours, recorridos en carritos de golf de veinte minutos con varias paradas para verlos y sacar fotos. El canguro es un símbolo de Australia, está en el escudo y en el logo de Qantas, la aerolínea oficial. Con el tiempo se ha convertido en una marca país. En el campo de Anglesea hay más de trescientos. Me pareció un número enorme hasta que me enteré de que la población de marsupiales de Australia es de ¡treinta millones! Por eso existe la caza controlada. Cuentan que cuando el explorador británico James Cook anduvo por estas tierras, fines del siglo XVIII, se quedó impactado con los canguros. Entonces les preguntó a los aborígenes ¿qué son? y ellos respondieron algo de fonética similar a cangharoo. Pero lejos de referirse al nombre del animal le decían: no le entiendo. Así quedó el nombre, por una equivocación.

Apóstoles y koalas

Unos kilómetros más hacia el oeste y llegamos a Lorne, donde arrancan las curvas y duran hasta el final. Pero, la ruta es amplia y Elizabeth ya se acostumbró a manejar del lado derecho, a la inglesa. Lorne es un pueblito de veraneo de apenas mil habitantes prolijos: los parques verdes llegan hasta el mar. Todavía estamos en la Costa del Surf, siguen las buenas olas y también hay barracudas, y se hacen salidas embarcadas para pescarlas. Los que hacen la ruta con tiempo pueden dormir en Lorne, ojalá en el antiguo Grand Pacific Hotel, construido en 1875, justo frente al muelle de Lorne. En los comienzos sólo se podía acceder por mar, años más tarde, la Gran Ruta Oceánica pasó por la puerta y le dio un impulso al turismo. En esos primeros años, el escritor Rudyard Kipling estuvo en Lorne y le dedicó un poema. El atardecer se llenó de nubes que se armaban rápido y dos curvas más allá ya no estaban. De un lado, los acantilados y las praderas con ovejas, y del otro, el Pacífico Sur y azul. Cada tanto, una parada en los miradores. Pasamos la noche en Apollo Bay, el último pueblo con hoteles antes de un buen trecho de campo. Al día siguiente nos levantamos temprano y hubo recompensa: un ualabí parado al costado del camino, cerca del bosque. Un rayo de sol le iluminó los ojos marrones. Los ualabíes son parientes de los canguros, también endémicos de Australia y Nueva Guinea. Más petisos y oscuros, con patas grandes para saltar o patear a los perros salvajes y otros predadores. Llegamos a Los 12 Apóstoles antes del mediodía. En el parking ya había más de cien autos, muchos conducidos por asiáticos. China es el principal país emisor de turistas hacia Australia. Los 12 Apóstoles, el punto culminante de la ruta son formaciones de piedra caliza que se elevan unos setenta metros en el mar, en el perímetro del Parque Nacional Port Campbell. De los doce hoy quedan siete; los que faltan se los llevaron la erosión y el tiempo. Por ahí, la costa es escarpada por eso hay faros que guiaban a los navegantes. Aunque por la bruma densa, las corrientes bravas y la costa tan escarpada muchas veces, los faros no fueron suficientes. En el tramo conocido como la Costa de los Naufragios hubo más de veinte. A la vuelta paramos en el faro de Cabo Otway, el más antiguo de Australia, construido en 1848. Nos habían dicho que camino al faro se solían ver koalas. Otro buen dato. No era fácil encontrarlos porque había caído la tarde y faltaba poco para que oscureciera. De repente, un auto estacionado y varios turistas alrededor de un eucaliptus altísimo. Ese fue el primero de veinte. Era igual a un peluche, bastante cabezón y gorditito. Estaba acurrucado en una rama, durmiendo. Los koalas duermen la mayor parte del día, alrededor de veinte horas. Como vio que éramos varios nos dedicó un show breve. Caminó por una rama fina hasta llegar a un ramillete de hojas de eucaliptus, su alimento principal, se lo comió, volvió a su rama y se quedó quieto, con los ojos cerrados. A seguir durmiendo. Su pereza me contagió y en la vuelta hacia Melbourne dormité un rato. Pero antes le dije a mi amiga que tenía razón: había que hacer la ruta, claro que sí.

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Dónde dormir

Grand Pacific Hotel

www.grandpacific.com.au

Apollo Bay Eco Youth Hostel

www.yha.com.au

Qué hacer

Anglesea Golf Court

www.angleseagolfclub.com.au

El roo tour dura veinte minutos. De lunes a viernes, de 10 a 16.

Faro de Cape Otway

www.lightstation.com

Abre todos los días de 9 a 17. Se pueden hacer caminatas auto guiadas en la zona.

Vuelos en helicóptero

Desde Los 12 Apóstoles, diez minutos.

Tour por el día

Hay varias empresas que hacen tours por el día.

Más información

www.visitgreatoceanroad.org.au www.visitvictoria.com

Nota publicada en revista Lugares n°242.

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