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Visto de lejos, Barreal es un enorme manchón verde brillante, que bordea el río Los Patos, entre los imponentes picos del cordón de Ansilta y la precordillera multicolor.
Cuando uno va entrando, por la ruta bordeada de árboles y a la vista de las plantaciones, Barreal es entonces un aire fuertemente fragante a hierbas o a vid, fresco o tórrido, según la hora.
Y ya en el pueblo, a la fragancia y al color se le suma el rumor de las acequias y canales, compañero constante del viajero en su estadía. Por la noche, es el cielo diáfano de miles de estrellas brillantes lo que deslumbra en este pequeño enclave del valle de Calingasta, cuyos dones lo han llevado a ser un destino turístico de descanso y aventura, sin perder su carácter agrícola original ni el trato amable de sus habitantes.
Una ruta cortada tuvo al pueblo sometido a un aislamiento de siete años, durante los cuales llegar era tener que hacer varios cientos de kilómetros adicionales desde la ciudad deSan Juan. Las cosas mejoraron. Ahora se sale de la capital con rumbo norte, por la ruta 40 y pasando Talacasto, se toma la 414, recientemente asfaltada. Tras cruzar el río San Juan, en las cercanías de Pachaco, se empalma con la ruta 12 y se hace un breve tramo de cornisa y partes de ripio, que va bordeando el curso del agua hasta unos kilómetros antes de llegar a Calingasta. (Atención: en el puente de Pachaco, cruzando el Río Los Patos o San Juan, la circulación es restringida y hay que esperar que habiliten el paso, cuyo sentido cambia aproximadamente cada 15 minutos).
Sin llegar al pueblo aún, se destacan en el horizonte los picos del cordón de la Ramada, altos, cónicos, entre los cuales está el Mercedario, de 6.770, uno de los más altos después del Aconcagua.
Búsquedas y hallazgos
Dicen que fueron los canales y acequias, allá por 1880 y pico, los que determinaron la personalidad rural de Barreal que mantiene hasta el momento. Los viñedos de uva de altura y los cultivos de manzanas y ajos (en noviembre, en época de cosecha, ráfagas de ese olor asaltan al visitante en las afueras del poblado) jalonan las tranquilas calles a medida que uno se aleja del centro, siempre protegidas por los cortavientos de álamos.
Una caminata por Barreal depara algunos hallazgos como la bellísima Calle de los Enamorados, sombreada por los sauces que prosperan cerca de las acequias, el cultivo de hierbas aromáticas orgánicas de De mi campo, sobre la ruta de entrada al pueblo, cuyo galpón vale la pena oler cuando están envasando alguna, ya seca, y el original museo que Renzo Herrera armó en su propia casa, en Las Heras y De los Enamorados. Baqueano de la zona, Don Renzo expone los hallazgos de años de andar por la cordillera y allí aparecen fósiles de dinosaurios, morteros indígenas y piedras con petroglifos, junto a espuelas, bayonetas y sables del ejército del General San Martín. Todo está apenas acomodado (no olvidar que se trata de un museo doméstico, que cobra una entrada muy módica) pero vale la pena echarle una mirada.
La iglesia de Jesús de la Buena Esperanza, patrono del departamento, tiene una curiosa imagen de Cristo sentado, que vino de Chile y también una imagen de la Virgen de Andacollo, del mismo origen, que sale a recorrer Barreal cada 26 de diciembre.
De otra índole, pero hallazgo al fin, es el restaurante El Alemán, que ofrece buena cocina germana, a cargo de su dueño Bernardo y su mujer, Perla. El lugar tiene unas pocas mesas en el salón pequeño y cálido y unas cuantas más en una agradabilísima terraza al aire libre.
Historia, paisaje y adrenalina
Famoso por su clima que garantiza casi 300 días de cielo despejado y sus cielos luminosos (no por nada a 30 km de allí está el Observatorio de El Leoncito), este destino ofrece posibilidades deportivas muy interesantes: el trekking de altura, el cruce de Los Andes al paso y el rafting son parte del menú. Sin embargo, para espíritus menos aventureros, los alrededores de Barreal son ideales para las salidas a caballo de un día. Como las que organiza Carlos Moreira, conocido como el maestro por su profesión, que hace más de 22 años organiza cabalgatas para las familias que veranean por acá. En su finca ?diez hectáreas surcadas por acequias donde abrevan sauces verdísimos y centenarios? cría caballos de polo y desde allí parten los grupos, con un guía cada ocho personas.
Su folleto dice que los caballos son de mansedumbre garantida y no miente: con ellos y la compañía de Darío, se puede llegar tranquilamente hasta el Mirador del Colorado, por un sendero cuya angostura sólo permite el paso del animal y recorre la vertiginosa cresta de los cerros, con la precordillera multicolor al este, y al oeste, los imponentes nevados que enmarcan el valle de Calingasta y el verdecido Barreal. El Mirador es un paseo clásico del lugar pero no hay que perdérselo, lo mismo que una visita al amabilísimo maestro que, mendocino de nacimiento, no deja de alabar a su pueblito adoptivo por su cielo, su clima y el trato siempre cordial de los parroquianos.
Más allá del río Los Patos, en las estribaciones andinas, Los Morrillos muestran otra faceta del valle: la de sus primitivos habitantes. Se trata de unas formaciones pétreas que sobresalen de la pampa circundante, cuyas cuevas dieron albergue a varias civilizaciones indígenas autóctonas, empezando por los Fortuna, que allí vivieron 12.000 años antes de Cristo, siguiendo por los Morrillos, que lo hicieron 6.000 años más tarde, hasta finalizar por los Ansilta, sus últimos moradores, desde 2.000 a.C., hasta el siglo V de nuestra era. En 1979, se encontraron allí doce momias, que hoy se exhiben en el Museo Arqueológico Prof. Mariano Gambier, de la ciudad de San Juan.
A Los Morrillos, hoy una reserva ecológica privada a la que no se puede acceder sin guía, nos lleva Ramón Ossa, un nativo de Barreal y custodio del sitio, haciendo una verdadera excepción, ya que él se dedica especialmente a los trekkings de altura y a organizar con sus hijos, las cabalgatas que cruzan la cordillera.
Unos kilómetros antes de la entrada, el verde de Barreal va dejando lugar a la vegetación típica del monte y empiezan a aparecer la jarilla y el retamo de flores bordó, la brea brava y los cactus, el clavelillo que parece una escoba y en las quebradas, los algarrobos. De camino se alcanza a ver entre los montes, el inicio del paso los Patos que alguna vez cruzó el ejército de Los Andes y, en cierto punto de la ruta, el Aconcagua luce su perfil portentoso.
La vegetación se hace aún más espinuda y seca y hay que dejar la camioneta ?si uno tiene una 4x4 puede hacer el paseo contratando sólo el guía? para empezar el ascenso (lento) de 15 minutos, hacia las cuevas del Morrillo Chato a 2.950 m de altura, donde fueron encontradas las momias, por un camino que bordean matas de tomillo silvestre y contrahierba, de flores dulces y amarillas.
Las huellas de sus primitivos habitantes se ven ni bien se entra en la gruta, en los morteros profundos donde guardaban la comida, o en las conanas, suaves concavidades donde molían las semillas y los frutos. En las otras dos cuevas, más profundas, lucen primorosas pinturas rupestres, en excelente estado de conservación.
Desde el privilegiado mirador de Los Morrillos, se alcanza a ver una superficie blanca que relumbra como un espejo: es el Barreal Blanco de Pampa del Leoncito, una antigua laguna cuyo fondo de barro seco y craquelé ofrece una superficie ideal para hacer carrovelismo, rara disciplina deportiva que ya es un clásico de la Pampa del Leoncito, dadas las condiciones ideales para tal práctica. Por lo inusitado de la actividad y el paisaje, esta es una de las experiencias que merecen vivirse en Barreal.
El sitio en cuestión es una planicie de 4 km de ancho por 12 de longitud, distante unos 30 km de Barreal, en la que sopla después de las tres de la tarde, un viento en dirección suroeste al que han bautizado El Conchabao y que un día de cielo clarísimo hizo que el carro de Jaime de Lara, nos hiciera deslizar sobre el barro seco a más de 100 km por hora. Conocido como el Gringo, de Lara tuvo alguna vez el récord mundial de la especialidad al marcar 140 km por hora y posee el único carro de competición del país. La nave en sí admite un tripulante y un pasajero, casi acostados como en un F1; tiene una vela de mylar, un volante diminuto y una escota con la que se maneja la vela: la experiencia de deslizarse en él a velocidad pasmosa es pura adrenalina. Del cockpit se sale cubierto por una capa finísima de tierra, de tacto suave como el talco, de pies a cabeza y agradecido a la pericia del Gringo de Lara que lo ha hecho a uno experimentar el vértigo en estado puro.
Hospitalidad barrialina
Dicen que el pueblo tiene más de 200 residencias de veraneo ya que en esa época, el clima se suma a sus dones: las noches son frescas y alivian en gran medida el calor del día.
Quienes lleguen de visita, podrán elegir alojarse en la rústica sencillez de las cabañas ?Doña Pipa ofrece un parque inmenso y una pileta lindísima? o en dos cómodas posadas. Una, San Eduardo, está a cargo de Ricardo Zunino, el ex piloto de F1, cuyo padre la fundó en 1947 como hotel residencial. Después de pasar largos años cerrados, como casa de veraneo familiar, volvió a abrir sus puertas en 1987.
Se trata de una amplia casona en el corazón del pueblo, con 12 habitaciones espaciosas que dan a un calmo patio central, todas con baño privado y calefacción ?algunas incluso con hogar de leña?, para dos o tres pasajeros. La posada, que cuenta con cuatro cuartos más en un anexo, tiene pileta, canchas de paddle y de tenis y un bellísimo jardín con sombra de árboles añosos, donde almorzar es una delicia. Una cocina sencilla, casera y rica de verdad, afortunadamente disponible para el público en general. La posada también organiza cabalgatas y salidas de trekking para sus huéspedes.
Saliendo del pueblo hacia el Leoncito, La Querencia abrió sus puertas en diciembre de 2003 y en su breve vida, ya consiguió dos reseñas muy elogiosas en la Lonely Planet y The Rough Guide. No es casualidad: gentilmente atendida por sus dueños, Adela y Carlos Lázaro, la casa ofrece seis habitaciones, dos triples y cuatro dobles ? todas con baño privado, hogares de leña y camas comodísimas?, enfrente justo de los picos de Ansilta, cuya vista es una de las joyas de la casa.
La pileta preside el vasto parque y el edificio de vago estilo Santa Fe, es acogedor por donde se lo mire. Los Lázaro vivieron durante años en San Juan y cuando Carlos se retiró de su profesión de contador, decidieron armar un proyecto que terminó convirtiéndose en La Querencia y al que Adela no deja de sumarle cosas; un bosquecito para el parque y una hectárea plantada con vides están entre sus planes.
Ella es el alma de la casa y está en todo, empezando por la cocina, donde prepara una repostería excelente (los desayunos, muy elogiados, incluyen pasta frola y tortas diversas) y cenas a pedido de los huéspedes. También, laboriosa como es, trabaja en un proyecto llamado Senderitos del Sur que intenta mostrar la vida de la gente del lugar: sus huéspedes pueden conocer Barreal a través de una huerta, las casas típicas, las tejedoras. Es una buena idea contactarse con ella para que lo lleve a la modesta casita de Arminda, en la avenida de los Sauces (un sueño, sombreada por árboles centenarios), que hila y tiñe su propia lana y con ella teje admirablemente telas, alfombras, tapices y chales.
Es muy bello ver el atardecer en La Querencia, observando cómo el sol se oculta tras las altas cumbres y las nubes rosadas tiñen de color las nieves. Y es bella la noche fragante y el cielo claro, donde las estrellas, en cantidad sorprendente, brillan más que nunca.
Pero lo que resulta inolvidable es despertarse en Barreal, frente a esos inmensos montes cuyo cruce no dejaba dormir al Libertador y disfrutar de la gloriosa hospitalidad de Adela y Carlos.
Por Cristina Viturro
Fotos de Iván Zabrodski
Publicado en Revista LUGARES 124. Agosto 2006.





