El Chaltén al pie del Fitz Roy

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17 de noviembre de 2009  • 00:00

Será gataflorismo femenino, pero lo primero que extrañé cuando volví a Buenos Aires fue el viento. Sí, ya sé, el mismo que maldije cuatro días seguidos. Pero empezaba a hacérseme hábito la sensación de abrir una puerta y sentir ¡paf! esa violencia fría en la cara. Me faltaba. Levantaba la cabeza, como esperando tener que cerrar los ojos, y nada. El viento patagónico es una fuerza irredenta que se toma o se deja, porque cesar, pocas veces cesa. Y a la Patagonia Austral hay que quererla así, ventosa, dura y difícil. Si no, no sería Patagonia.

El Chaltén fue creado por Ley N°1771/85 en un lugar en el que no había nada. Nada de civilización, porque el Fitz Roy está hace rato, y vaya presencia. Los montañistas sabían de él ?y su dificultad? y antes que ellos, sólo los pioneros, los Madsen, los Halvorsen, los Rojo, los Jacobsen, los Arbilla, poblaban ese valle.



Las estancias eran el único apoyo de las expediciones de europeos que llegaban después de larguísimos viajes con la foto de las filosas agujas del Torre y el Fitz Roy que el padre De Agostini describió en los años ?30, sembrando el bichito en todos los profesionales de la época. No había puentes y cruzar los ríos ya era bastante aventura. De hecho, Jacques Poincenot, la primera víctima oficial de esas cumbres, murió al atravesar el río Fitz Roy , donde ahora empieza el pueblo, muy lejos de los campamentos base.



El Chaltén fue creado por cuestiones de estrategia geopolítica y soberanía pero creció mucho más al amparo del trekking ?tanto, que ostenta el título de capital nacional de esa actividad?, la escalada y el turismo. De la soberbia figura del Fitz Roy y el Torre , bah. Porque, hablemos claro, sin ese dúo de montañas, otra sería la historia.



Será por eso que es más fácil conseguir un arnés o un mosquetón que una planta de apio o una ramita de albahaca. Debe ser el único lugar de la Patagonia donde las barras de cereales se venden tanto como el famoso cordero.



"Es que viviendo acá te transformás. Los gauchos no usan bombachas, los empleados estatales no usan saco. Campera y borceguíes son lo más normal. Después de vivir con esta vista, las demás montañas te parecen colinas", me dijo Alberto Del Castillo, de Fitz Roy Expediciones , la agencia de turismo de aventura más consolidada.



Pobre Alberto, lo gasté a preguntas. Me encantaba sentarme a la noche frente al hogar encendido en su hostería El Puma y pedirle que me contara qué se siente estar en la cima de esas montañas; cómo se encuentran los pies de ruta y cuál es el desafío de cada cumbre. Así entendí que el mal tiempo de El Chaltén es el que le da su fisonomía particular. "Porque si no tuviéramos este clima, seríamos como Bariloche , muy lindo pero sin glaciares".

Ahí me relajé y esperé a que un día se despejara. Esperar en El Puma es fácil: con ese confort espera cualquiera. Después de la ampliación, se convirtió sin dudas en la mejor hostería del pueblo y aunque no dan de cenar, tiene una vinoteca bien surtida, unas picadas irresistibles y a Ana, una santa que hace cinco años que atiende los caprichos de los pasajeros. A mí me malcriaba con los alfajores de maicena de Isolina ?proveedora oficial de pan y huevos? en la mesa del desayuno, cuando me levantaba con cara de desazón porque el clima no mejoraba.



Pero mientras, salí a caminar igual. Una mañana me reía sola porque los guías están tan acostumbrados que son capaces de charlar como si nada mientras caen sapos de punta y sopla un viento huracanado. "¿No podemos hablar en otro lado?", les dije ensopada. La lluvia no impide hacer escapadas breves a sitios cercanos, pero si en movimiento se tolera, quieta y a la intemperie pierde bastante gracia.



Por eso, porque hay mucho para andar y porque los 220 km desde El Calafate son un poco árduos, hay que quedarse un mínimo de tres días en El Chaltén . Aunque hay frecuencias varias y los micros son cómodos, ni se le ocurra esa peregrina idea de ir por el día que algunos han empezado a proponer: nada más japonés. Soportar el traqueteo del ripio para ver el Fitz Roy desde abajo ?con suerte? no tiene comparación con subir a la Laguna de los Tres . El último tramo, justo cuando uno está al borde del colapso, es el más empinado pero la meta compensa el llegar con la lengua afuera. Ni qué hablar del trekking al glaciar, abordado en nota aparte, un programa con toda la aventura que las excursiones en el Perito Moreno no permiten por lo masivas y estructuradas.



El Chaltén
es acción y diversión en estado puro. Eso sí, uno termina moribundo, listo para hacer el flamante Viedma Discovery, paseo de medio día ideal para cuando mengua la energía. Se sale de Bahía Túnel , navegando el Viedma en la espléndida embarcación Huemul, se almuerza en el campamento y luego se va caminando ?o en barco? hasta el promontorio donde se yergue solemne e intocado el glaciar Viedma , con sus cuevas de hielo. Esta es la primera temporada con la Huemul y entre los servicios de la excursión, la belleza del glaciar y el goulash del restaurante Bahía Túnel , donde está el muelle, el éxito está garantizado.



Todavía queda el Lago del Desierto , el Chorrillo del Salto , y los trekkings más intensos: cerros Eléctrico o Solo , paso Marconi y paso del Viento , más los famosos hielos continentales, en siete durísimos días sólo aptos para los muy bien entrenados.



Este año también se puede, gracias al nuevo Paso Fronterizo de Laguna Larga , encarar un trekking binacional desde la cabecera norte del Lago del Desierto hasta Villa O?Higgings , en una caminata de nueve horas, con noche en la estancia La Candelaria , más cinco horas de barco que se mueve bastante. La movida no es fácil: hay que avisar a la estancia y averiguar cuándo pasa el barco, pero a cambio regala paisajes inexplorados y el verde esmeralda del bosque magallánico.



Enumerada así la lista es eterna, como para quedarse a vivir, que es precisamente lo que fueron haciendo los locales. En el pueblo no hay nyc mayores de edad y las doce casitas alpinas , como se conoce al conjunto original que el Estado construyó para instalar al juez de paz, el policía y las otras dependencias oficiales, hoy se pierden entre las construcciones que le siguieron y las que vendrán.



Atrás quedaron los tiempos en que el Hágalo Usted Mismo era el best seller de El Chaltén , porque no había mano de obra y cada uno tenía que apechugar si quería quedarse a hacer patria. Hoy ya es otra cosa.



Carolina Codó, la médica que atendía en un puesto sanitario en el que los pacientes tenían que hacer fila en la calle, tiene ahora un colega. Ya son dos en el hospital que donó Pérez Companc cuando conoció El Chaltén y se entusiasmó con el lugar.



En realidad, hay muchos más terrenos pedidos que los que caben en el área de 135 hectáreas que Parques Nacionales le cedió a la provincia para la fundación del pueblo más joven de la Argentina .



Es un fenómeno inédito y a mí me parecía eso, Argentina Año Verde , encontrar un sitio así, donde todos separan los residuos biodegradables de los otros, y la preocupación actual es cómo enterrar los cables de la luz.



Pensar que cuentan que en el primer restaurante de El Chaltén servían milanesas de guanaco y canelones de verdura. "¿De qué verdura?", le preguntaban al dueño. "De verdura", contestaba porque no quería confesar que eran de diente de león, el pasto con flor amarilla que algunos llaman achicoria.



Quién lo diría, pensé al probar la exquisita soupe a l?ognion de Ruca Mahuida, el restaurante que Paul y Andrea Cottescu abrieron en 1992 para los grupos de turistas alemanes que traen a la Patagonia . Este año llegaron con la novedad de los transfers al lago San Martín para conocer el paisaje estepario de esa región, visitar La Maipú , comer un asado o alojarse en la Estancia Cóndor .



Otro de los boliches clásicos (adjetivo difícil para un pueblo que tiene apenas 16 años) es el bar-pulpería de Ivo Domenech, La Senyera ?bandera en catalán, como la media nacionalidad de Ivo?, donde el pisco sour corre con frescura y el maniquí de don Anonio, compite en cantidad de fotos con la silueta del Fitz Roy .



La chocolatería Josh Aike, más conocida como La Choco empezó en 1990 con la mini casita que Anabel Machiñena ingenió cuando llegó con una mano atrás y otra adelante, y la receta del chocolate bajo el brazo. Mientras abrían en el ?94 la ruta al Lago del Desierto , allá iba ella a buscar los troncos que dejaba Vialidad a los lados del camino. Así La Choco consiguió ese clima íntimo que invita a compartir con amigos un té, una torta o hasta una fondue (hay de queso, además de chocolate), plato ideal para el clima frío de las noches chaltenenses.



Por su tercera temporada va la cerveza artesanal de Blanca Del Río y su Bodegón El Chaltén donde no hay más que negra y rubia de la mejor, elaborada por esta pampeana que aprendió de un checo y se largó sola a manejar malta y lúpulo como si lo hubiese hecho toda la vida.



También hay novedades, como la cocina de Kenny Wittenkamp y Emiliano Viñuelas, al frente de Ahumados Patagonia . Aunque son de Río Negro , al principio no podían creer los efectos del viento en estas latitudes, pero hay que ver lo bien que se las arreglaron para servir carpaccio de ciervo, truchas, cordero y otras delicias regionales en una equilibrada carta, a pesar de la distancia.



Como verán, El Chaltén es chiquito pero se las trae. Dicen los más fanas que la verdadera esencia se conserva en el invierno, cuando sólo los muy arraigados se quedan, se congela el Chorrillo del Salto , se puede patinar en las lagunas y entre todos organizan talleres de folklore, tango, inglés, computación.



No faltan las nevadas que dejan aislado al pueblo, y sin embargo, los pocos habitantes estables ya añoran esos meses de soledad cuando no hay ni rastro de los 15 mil visitantes anuales. Ellos son apenas 150 y están felices. Moma, por ejemplo, estaba por cortarse la cabeza en Gobernador Gregores cuando decidió que mejor tejía algo para ponerse sobre ella, y empezó a hacer gorros de lana. Fue cuando unos amigos le comentaron de la existencia de El Chaltén . "Apenas vimos el Fitz, supimos que nos quedábamos". Después nació Luz, una de las pocas niñas del jardín de infantes donde reinan los varones, y ahijada de Anabel, de La Choco .



Un rato basta para hacer el censo nacional de El Chaltén . "Dejalo así, no digas mucho si no, va a querer venir más gente", me atajó Ricardo Sánchez, de Viento Oeste, donde alquilan y venden ropa y equipamiento de montaña. El y su mujer Susana Queiro, la guardaparques, están tan a gusto que aceptaron enseguida la idea del INTA de usar llamas en lugar de caballos para portear los equipos por los senderos de montaña. Su pezuña deja mucho menos huella y llegan más alto, así que por eso construyeron la "llamalleriza" en el fondo de su casa.



Las tres llamas son unas privilegiadas, porque con tanta demanda, la vivienda en el cogollito entre el río Las Vueltas y el Fitz Roy es todo un tema. Para los guías de montaña, que suelen venir y quedarse unos seis meses cada año, los campings son como apparts y una plaza en Madsen, el camping al final del pueblo ?donde está la casa de techo amarillo? cotiza carísimo, aunque sea gratis. Acostumbrados a soportar el viento de los hielos, a ellos no les importa un poco de frío. Más de uno tiene el domicilio del DNI en ese lugar, y a mucha honra. Ser madsenita es un privilegio de pocos. Por la noche la diversión allí compite con la del pub Zafarrancho que Javier Maceira abrió como parte de su albergue Rancho Grande y los transfers de Chaltén Travel .



El albergue Patagonia , de Rubén Vázquez y Ricardo Brondo, también es todo un centro de servicios: además de la parada de Taqsa , este año planean ofrecer traslado de bicicletas al Lago del Desierto , para ir en camioneta y volver pedaleando, con el viento a favor y sin subidas.



Si ni para eso le da el cuerpo, Silvina Mandelli de la agencia Mermoz lo lleva y trae en Trafic por módicos $20. En efecto, los precios de El Chaltén están bastante a tiro con los presupuestos de crisis. Y no sólo en los albergues.



La fotógrafa Bibi Galván Sánchez vino de Comodoro Rivadavia con la idea de abrir una posada confortable y bien puesta. Buscó, fue y vino hasta que pudo concretarlo en Lunajuim, composición del nombre de sus cuatro hijos, Luciana, Natalia, Juan e Imanol. Pequeña pero muy acogedora, tiene ocho habitaciones con camas con sommier, a precios súper razonables.



La hostería El Pilar de Marcelo Pagani a 17 km del pueblo quedó para el final, pero sólo porque, como en el dicho, los últimos serán los primeros. También la conocía de mi visita anterior, aunque no podía creer lo que cambió con la ampliación. Tiene toda la comodidad de un hotel con el entorno salvaje de una estancia, y la calidez de una casa. En  El Pilar se puede tomar mate en la cocina o reservar mesa en el comedor y gozar de una velada gourmet con vista al Fitz Roy . Es que su mayor encanto es estar en el bosque de los senderos que se bifurcan: al Lago del Desierto , a Piedra del Fraile , al Río Eléctrico . Una vez afincado como está ahora, Marcelo ha vuelto a explorar, a caminar. Mientras construye un criadero de truchas, sale a guiar a algunos pasajeros. Los que le preguntan, los inquietos, los que no aguantan adentro. Como él cuando llegó de Córdoba . Siempre hay trabajo para hacer, pero la montaña tira y es bueno escucharla. Después de todo ?se dijo un día? para eso había venido.





Por Soledad Gil





Publicado en Revista LUGARES 73. Octubre 2001.

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