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Restaurantes

Es cordobés y tiene un bar flotante en una de las playas más lindas del mundo

Constanza Coll
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5 de junio de 2019  • 17:14

Andrés Losada toma mate mientras limpia los pescados que van a servir este mediodía. Hace diez años vive en Brasil, pero conserva el ritual del asado, la tonada y el paso tranquilo de un cordobés. Es uno de los embajadores argentinos en Ilha Grande, Angra dos Reis, el paraíso que tanto buscó y consiguió para vivir en contacto con el mar: "Para mí es vital, es necesario, lo que me motiva y me hace feliz. El mar es un gran desafío", dice mientras descama y avanza con la pila de róbalos frescos.

Vive hace diez años en Brasil
Vive hace diez años en Brasil Crédito: Gentileza

El bar se llama Marola, que significa ola pequeña, está construido sobre una plataforma de madera con flotadores de fibra de vidrio en forma de tubos, y está conectado a la playa por un muelle, también flotante. Es el único bar en la playa de Pouso, donde arranca el sendero a Lopes Mendes, la playa más famosa del estado de Río de Janeiro y una de las más lindas de Latinoamérica. Todo aquel que haya vacacionado en Ilha Grande del 2015 para acá pasó y/o entró al bar de Andrés, que cuenta: "La gastronomía surgió como una opción de vida en la isla, el lugar que habíamos elegido para vivir con mi socia".

Marola es el tercer proyecto de Andrés en Brasil
Marola es el tercer proyecto de Andrés en Brasil Crédito: Gentileza

Andrés y Michelle Terra ya habían montado un restaurante de comida mexicana en Copacabana y un Hostel Suites en Abraão, el polo turístico de Ilha Grande antes de armar Marola: "Soñábamos con trabajar cerca de donde vivíamos, un lugar más afastado, como dicen acá, entonces encontramos este bar que estaba semi abandonado, en muy malas condiciones; tuvimos que trabajar duro más de un año para poder inaugurarlo". Marola propone un menú simple, sano, con materia prima fresca y lejos de las frituras tan instaladas en la cocina de región. En la carta hay mejillones al vapor de cachaça, calamares y camarones salteados, pescado del día a la brasa y choripán, "el detalle argento para el que quiere comer algo rápido y seguir camino".

Es una parada obligatoria antes de cruzar a la imponente Lopes Mendes que está del otro lado de un morro
Es una parada obligatoria antes de cruzar a la imponente Lopes Mendes que está del otro lado de un morro Crédito: Gentileza

Con Michelle se conocieron en otra de las vidas de Andrés, porque también fue guitarrista de una banda de ska durante 10 años, y hacía giras, y en una vuelta por Brasil se encontraron y enamoraron: "Le propuse mudarnos a este lugar que había conocido en 1998, cuando recorrí Sudamérica de mochilero, siempre había quedado en mi mente como el lugar más hermoso del viaje". Ahora están separados, pero continúan socios y amigos, de hecho él mantiene una hermosa relación con el hijo de ella, Sebastián, de 14 años.

Por agua y por aire

La comida es fresca, lejos de las frituras típicas de la zona
La comida es fresca, lejos de las frituras típicas de la zona Crédito: Gentileza

Empezamos la nota entre mates en Marola, la seguimos por Whatsapp desde Andorra, y la coronamos cuando mandó unas fotos más desde la costa de Marruecos. "Es uno de los beneficios de trabajar para uno, tener libertad de horarios, tener libertad en general", cuenta Andrés. Viaja mucho y por placer, a veces con amigos, como en este caso, y dos o tres veces al año a Argentina. Allí vive su hija mayor, Marina de 27 años, que no se podría haber llamado de otra forma. El otro, Tobías de 24, vive y trabaja con él, y tiene sus mismos ojos claros. "Mi contacto con la familia y los amigos de Argentina es algo que cultivo y cuido mucho, ahora, por ejemplo, tuve la suerte de compartir una gran experiencia de vida con mi padre", cuenta.

Andrés sigue investigando sobre estructuras flotantes
Andrés sigue investigando sobre estructuras flotantes Crédito: Gentileza

Andrés creció en las Sierras de Córdoba, donde su familia tenía un camping, pero quiso vivir cerca del mar desde su primer encuentro con el buceo, a los 7 años, cuando vivió con sus padres en Venezuela. "Tenia 19 años cuando fui a estudiar biología marina a Puerto Madryn y empecé a trabajar de buzo marisquero en Playa Larralde, Península Valdés. Fue esa experiencia la que marcó definitivamente mi relación con el mar", detalla. Hoy, con 46 años, Andrés vive en la playa, trabaja en un bar flotante y se dedica a la construcción y exploración de diseños y materiales para estructuras flotantes.

Su parte lúdica pasa por la navegación. Frente a la casa donde vive tiene un J24, un velero pequeño con el que aprendió el arte de las velas y salió a recorrer todas las bahías de Ilha Grande y más lugares increíbles entre Paraty y Mangaratiba. "El último viaje a vela fue con mi padre, que con 75 años cumplidos no había navegado nunca en su vida. Compartimos una semana de aventuras, pescando, desembarcando para explorar, cocinando, navegando a pura vela. Fue un gran regalo de la vida", dice Andrés. Y de este lado se entiende: otra oportunidad que supo aprovechar.

Andrés y su padre de aventura
Andrés y su padre de aventura Crédito: Gentileza

Instagram/ Facebook : @marolaflutuante

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