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ARTESANOS DE LEY
María Itatí (Mati) Obregón, oriunda de Sauce, tiene 36 años y hace 15 que vive en Corrientes capital. Mati pinta vírgenes de Itatí sobre jeans y colecciona imágenes y objetos concernientes al sincretismo religioso; esta iconografía es parte de trabajo artístico-antropológico que realiza con Richard Ortiz para la East London University y la Tate Gallery, de la capital británica. Richard Ortiz es otro artista local, residente en Itatí, que ?dicen? se disfraza de Gauchito Gil y se saca fotos.
Quienes visiten el Museo de Artesanías por las mañanas, pueden darse el gusto de observar en vivo y en directo a un trío de virtuosos en acción. Estos aprendieron como lo hizo la mayoría: mirando a sus mayores y sin rechistar.
De su madre aprendió Jacinta Fernández ?52 años, siete hijos, nacida en el Paraje El Pollo? el oficio de telera. Lo es desde los 20, "pero a hilar empecé a los 13". Y lo hizo hilando algodón, nada menos. "Mi mundo es mi lana", dice Jacinta, mientras acaricia el vellón y explica cómo lo lava y lo vuelve a lavar con agua de lluvia que recoge en un tambor. Luego sintetiza una clase práctica: arma el urdido, el lisado y por último hace la trama, que ajusta con el peine. Jacinta da clases aquí y teje en el antiguo telar que llegó a esta casa de 1806, cuando la casa se hizo. También tiene taller en su domicilio particular, y hace trabajos por encargo.
En el cuarto vecino, el soguero Ramón Marti Quiróz no despega los ojos del trenzado que engalana un rebenque. Manos grandes y dedos gruesos que saben moverse con una delicadeza inverosímil. El resultado es un preciosismo que deja sin habla; no falla un movimiento, y eso que tiene la vista agotada don Ramón, ciudadano de Mercedes, que antes de aplicarse a su quehacer artesano, supo trabajar en una estancia de Necochea. De muy chico observó a su padre viéndolo trabajar con los tientos; tendría unos 24 años cuando aprendió el oficio y "practicaba cuando había tiempo". Después se vino "al centro, porque me mandaron a llamar".
En otro recinto, otro Ramón le arranca virutas al algarrobo como quien le saca rulos a la manteca. Como si no le costara, como si la compacta estructura de esa materia no tuviera consistencia para resistirse a la gubia; como si, pero no. De sus gestos precisos van apareciendo las formas más delicadas del arte sacro. El maestro libera la figura de su prisión leñosa y el milagro de la aparición sucede. Una y otra vez. No hay mayor recompensa para este tallista, al que no me cuesta imaginar insomne y hasta inapetente, convirtiendo las horas en días y la madera en arte. Se disculpa por no tener nada para mostrar, salvo una estatuilla de la virgen de Itatí, la silueta apenas inclinada hacia adelante y la perfección de detalles que le otorgan un aura de refinamiento conmovedor.
Ramón Gregorio Cabrera, menudo y delgado, es un artista grande cuyas piezas cotizan alto y hasta tienen un lugar propio en el Vaticano. Llegó a Corrientes después del 47 y trabajó en una fábrica de muebles, hasta que se independizó. Imaginero desde hace 40 años, empezó a los 26, viendo trabajar a su abuelo y a su tío, dueños de un aserradero y una herrería. A sus 67 abriles, lleva acopiado unos cuantos premios y una fama que selló cuando, en los ?70, firmaba con esta fecha precedida por su apellido. Y así lo sigue haciendo.
Enseña Cabrera pero no cobra. Así que su vida laboral transcurre en el ámbito del museo; no paga por el espacio que ocupa y a cambio, instruye. Tiene una ayudante de oro ?Norma Leguizamón, 38 años? que lo asiste en las tareas más pesadas. "Esto ?le dijo de entrada a la mujer, señalando la mesa de trabajo cuando le olfateó el talento? tiene que ser tu marido, tus hijos, tu vida toda".
Norma es de Resistencia; a los 27 años se mudó a Corrientes. Quiso estudiar pero no pudo esperar tanto para poner manos a la obra y Cabrera alumbró su vocación. Su especialidad es el pombero (nombre genérico de los duendes) pero también hace representaciones de San La Muerte. Los talla sentados, en la posición que los indígenas enterraban a sus muertos metidos en su urna funeraria; la cara entre las manos, los codos sobre las rodillas, con aire atribulado, envuelto en vaya uno a saber cuántos interrogantes sobre si valdrá la pena tanto esfuerzo por llevarnos al otro mundo.
LA CIUDAD Y EL AGUA
El sólo hecho de estar junto al Paraná, es una bendición. La costanera, arbolada y amplia, dibuja su contorno en un terreno apenas elevado que da a la arena dorada y al río ancho. Convoca a todas horas la costanera y bajo cualquier pretexto; paseando o de paso, nadie esquiva el paisaje ribereño. Hay trailers ambulantes que ya tienen su parada fija, despliegan mesitas en la amplia vereda y con la radio a todo volumen invitan a hacer parada y fonda al solcito a precios para nada populares. Es el precio del escenario.
El extremo norte de la costanera concluye en el parque Mitre, donde hay un pedestal con la estatua de don Bartolomé ?Corrientes, recuérdese, fue base mitrista en la Guerra de la Triple Alianza: 1865-1870? bastante mamarracheada por los aerosoles. En la otra punta, que es en realidad donde arranca el paseo, se estira el puente de orilla a orilla: es el General Belgrano, vínculo con Resistencia. El puente en cuestión, abierto en 1973, tiene 1.700 metros de largo y se alza unos 35 metros por encima del nivel máximo del río; es una obra impactante, a la medida del Paraná que fluye bajo su estructura de hormigón y de los atardeceres que suceden sobre la costa chaqueña, puro verdor subtropical. Con la noche, el puente entero se enciende para trazar su mágico camino de luz; en las inmediaciones se nuclean los espacios públicos más concurridos de la ciudad, y de todos ninguno puede empardar el poder de convocatoria del Cristóbal Café. Ricas pizzas, buena onda, vinos de calidad y la dicha de eternizarse en cualquier mesa, a despecho de la demanda que, a partir de las diez de la noche, es feroz.
Dos fealdades se reserva la costanera: la fachada espamentosa del casino, cuya arquitectura rompe la armonía establecida por las casas que miran al río; y el mini zoo, triste reducto de animales salvajes enfermos de melancolía. Pero amor a la fauna y respeto a quienes la visitan, bueno sería que los eximieran de tan injusto destino.
La ciudad supo ser en sus orígenes San Juan de la Vera de las Siete Corrientes, por las puntas rocosas que generan tal número de correntadas en su confluencia con el Paraguay. El enclave, estratégico, con excelentes caletas de fondeo, propició una conexión natural entre Asunción, las misiones jesuíticas, Santa Fe y Buenos Aires. Fundada en 1588 por el último adelantado de la corona española, Juan Torres de Vera y Aragón, Corrientes guarda su jugosa historia colonial en un puñado de manzanas. El recorrido amerita detenerse esencialmente en cuatro museos: el de Artesanías Tradicionales y Folclóricas; el remozado e imperdible Provincial de Bellas Artes (con una interesante colección de cuadros sobre el Gaucho Gil, resultado de un exitoso concurso que tuvo lugar recientemente); el Histórico de Corrientes, en cuyo patio se eleva una palmera de 104 años, y el de Ciencias Naturales, con una apreciable colección de 11.073 especimenes.
Más allá de sus manías ?la sacrosanta siesta (clima obliga); el mate callejero con chipás (que ofertan vendedores ambulantes); los murales exagerados, cuya estética es una mezcla de tremendismo soviético con mitología patriótica?, la capital de los correntinos tiene incluso su lugar ganado en la literatura gracias a Graham Greene, a través de su novela El cónsul honorario y, muy tangencialmente, por Viajes con mi tía.
SANTA ANA DE LOS CUATARAS
El pueblo tiene calles de arena y en su corazón antiguo se desgranan casas de adobe que dan a veredas cubiertas. La arena, está clarísimo, es indicio de que por aquí alguna vez pasaba el río Paraná y dejó un mullido suelo como si fuera playa. En cuanto al adobe que ya casi nadie habita, es varias veces centenario; los raídos horcones en los que se apoyan las columnas, son originales, de madera, y en los aleros se aprecian los troncos de palma con que se armaron hace siglos.
A meros 15 km de Corrientes, el viajero hallará que aquí el tiempo sigue otro ritmo. Y porque este lugar tampoco zafó del régimen de las encomiendas, es que en su identidad comulga la cruz con la memoria indígena de los cuátaras. De éstos nadie sabe qué decir; de la herencia hispánica están la iglesia dedicada a una Santa Ana ya anciana, y la fiesta patronal que en su nombre se celebra cada 26 de julio con procesión, misa y romería.
SOBRE EMPEDRADO
La tarde se iba poniendo oblicua y algunos entrenaban en sus botes a remo sobre el agua serena cuando la niña se colocó a un centímetro de mi cuaderno de apuntes. ¿Usted es la señora que escribe mucho, no? ¿Y vos, quién sos? Olga (risita de oveja). ¿Y quién te dijo que yo escribo mucho? El señor que está tomando mate con mi papá.
Desapareció a la carrera, haciendo skate barranca abajo con los pies desnudos. Visto y no visto. El rayo mitad amarillo huevo (por los pantalones) mitad lagartija renegrida reapareció casi al instante con Mauro y Rita, hermanitos menores, y enseguida se sumó Vanesa, 17 años e hijito de 18 meses; Olga lo tomó en brazos y no paraba de reír con sus balidos. Los demás también soltaban otras risas. Estaba rodeada de toda esa energía infantil, de su pobreza que no parece tener salida, de un paisaje increíble. Cerré el cuaderno y me dediqué a alimentarles la risa; se divertían tocándome el pelo, y no me creyeron cuando les dije que ese rojo fuego es falso. A corta distancia, sobre la playa, algunos de los otros cuatro hermanos de Olga se disponían a salir a pescar; rebusque económico y sustento del día.
Apareció Bebe, les regaló naranjas a los chicos y nos fuimos, qué otra cosa podíamos hacer. ¡Vayan hasta la mansión! fue el mandato de los purretes. ¿Dónde queda? Para allá, dijeron, señalando río abajo. Había que ir cinco kilómetros hacia el sur para llegar a las ruinas de la Mansión de Invierno, la que en los años de la Belle Epoque hiciera construir el empresario Pedro Luro; sí, el mismo que impulsó la consolidación de Mar del Plata y en La Pampa tuvo el no menos famoso Castillo, su casona-mansión. Pero desistimos, dada la hora.
Puestas de sol como pocas son las que embellecen las tardecitas correntinas. Una de ellas se da aquí e inspiraron el nombre de las tres cabañas que pertenecen a Oscar Benjamín Orellado (de Pehuajó) y su mujer, Marina Angela Pérez (de Mar del Plata), llegados al pago en octubre del año pasado. Son un exceso de sencillez las cabañitas, con lo estrictamente básico, sus flores de plástico y el privilegio de la ubicación; a metros del barranco, desde donde se ve un resto del antiguo embarcadero. Acá también se levanta la casa de Oscar y Marina, cuya terracita suele ser invadida por los huéspedes. Ojalá que un día emprolijen el entorno y se animen a armar un deck frente al río; sería un mirador inmejorable.
Frente a la plaza 25 de Mayo, los vecinos tienen en la iglesia del Señor Hallado, un Cristo de tres siglos que tallaron manos aborígenes. La imagen nació para proteger a los habitantes de este enclave de la hostilidad indígena, justamente. Después de nacer como fortín en el siglo XVII, Empedrado fue destruido por los indios en el XVIII para resurgir en el siglo siguiente y señor Hallado mediante, todos en paz. Hoy, los veranos convoca muchedumbres que atiborran la orilla arenosa del río claro.
LOS DORADOS Y LOS SAUCES
Su nombre, aunque aluda al primer apellido del célebre pintor aragonés, le viene de una tal doña Gregoria, dueña de una concurrida pulpería a la que mentaban la Goya. Este pueblo ama la calle en las noches calurosas; las familias sacan sus sillas a la vereda, y los bares hacen lo propio y toman los contornos de la plaza para desparramar las mesas hasta donde el público lo justifique. La basílica de Nuestra Señora del Rosario luce, iluminada, su fachada sin mácula, de maquillaje reciente; y en las cercanías, el casino ?que funciona en lo que fuera el Club Social? no convoca los autos de lujo de otros tiempos sino bicicletas. Montones de ellas, propiedad de los humildes que van a probar suerte en el juego.
Pasamos por la avenida Caá Guazú, frente a la capilla octogonal de la Rotonda, y de ahí, derechito a la costa. A La Posada del Sauce. Lugar precioso que de entrada inspira a quedarse y a decir aquí me quedo y de aquí no me muevo ni a cañones. Se trata de la casa que fuera de los abuelos de Graciela Farizano ?a cargo de la posada?, en cuyos ambientes el confort y la nobleza de los materiales que le dieron carácter, perviven en estudiada armonía. La rodea un parque ondulado de césped intachable, que llega hasta la loma junto al riacho Goya, con la pileta y un quincho a un paso del agua. Gloria.
Aún faltaba un rato para que clareara cuando llegaron a la posada Federico y su hijo Lucas, mosqueros apasionados ambos, acompañados por los guías de pesca Carlos y Alejandro Scheller. Salir a capturar dorados con mosca era el objetivo del día, programazo al que sugiero apuntarse al menos una vez en la vida aunque no tenga vena de pescador. Ya el recorrido por el dédalo de ríos y arroyos justifica ampliamente la salida. El apellido Scheller (ver LUGARES 43) sigue siendo contraseña inequívoca del fly fishing en serio, sin folklorismos ni puestas en escena efectistas; respetuosos de su trabajo y de los hábitats, los Scheller son una garantía en todos los sentidos.
El día, no obstante el viento y las dificultades que propuso a los entusiastas pescadores, resultó espléndido. Recorrimos espacios de agua y verdes subtropicales increíbles; los arroyos Izoró (éste es área protegida), Soto, Alemán, Hormiga mostraron sus recovecos plagados de camalotes grandiosos, de bancos de arena clara y riberas donde se alinean apretados los alisos. En la desembocadura del antiguo arroyo La Colacha, Lucas se cobró dos doraditos, mientras Carlos me contaba de las épocas en que recorría este aguaje con su padre; entonces había surubíes de 20 y 30 kilos. No puede creer que eso ya no ocurra. Lucas sumó otro dorado y un sábalo de apreciable tamaño.
A la tregua de un asado de rechupete en un recodo del arroyo 16, le siguió regreso con unos cuantos piques y sus devoluciones de rigor. Navegamos el Soto completo, que impacta con sus incontables curvas y las orillas derramando sombras anchas. "Si decís que estuviste en Vietnam, te creen", apuntó Carlos. Los camalotes desmesurados brillaban, lustrosos, con la luz de un sol que ya declinaba. Voló una garza mora, tan serena, ante nosotros. Y después del último tramo, el suspiro ancho del Paraná.
Junto a la costa se desató de repente un revuelo plateado; eran mojarras que saltaban a puñados fuera del agua, perseguidas por un cardumen de dorados. Los hombres aprontaron sus artes de pesca; las líneas silbaron y las moscas cayeron gráciles y precisas, en el lugar donde el río parecía hervir. Saltó el dorado con los dorados del crepúsculo sobre el agua cobre. Federico se midió rato largo con la correntada, la caña curvándose siempre un poco más; por fin se hizo con el trofeo, le insinuó un piquito a prudente distancia, lo liberó del anzuelo y dejó que el pescado recobrara su condición de pez, aliviado de esa extraña espina.
La bola roja se hundió en el horizonte verde y el Paraná se fue espesando en la oscuridad, a medida que nos arrimábamos al embarcadero de la posada. El Mekong, un poroto.
LA ESQUINA DEL RIO
La historia asegura que aquí puso su pie el conquistador en su camino ascendente por el Paraná. Levantaron un villorrio, los indios lo destruyeron; lo reconstruyeron y vuelta a hacerlo puré. Hasta que en la mitad del siglo XIX y más precisamente en 1846, renació ?un poco más al noroeste de su fundación original? al amparo de una virgen italiana como San Rita de la esquina del Río Corriente.
De la mujer de carne y güeso convertida en santa, oriunda de Cassia, se conservan astillas óseas guardadas en un relicario que está en el altar mayor de la iglesia ?neogótica, de ladrillo? erigida en su nombre. Del Corriente, ese desagüe natural de los esteros del Iberá, cabe destacar que se une al Paraná por el canal Torello y que sus aguas incoloras siguen prodigando finezas ictícolas. Y de Esquina quedan, a su vez, los vestigios de esplendores pretéritos; fue puerto de vital importancia desde fines del XIX y hasta hace apenas cuatro décadas, cuando, a falta de caminos terrestres, todo llegaba por vía fluvial. Había mucha actividad comercial en Esquina, y por lo tanto, mucho dinero. De ahí ese sedimento de casonas finiseculares.
Hoy se la ve muy lucida a Esquina, con una renovada costanera de generoso trazado que reivindica su condición de ciudad orillera. Esquina tiene aura. Su hotelería no es muy atractiva que digamos, pero para compensar algunos anacronismos, Klausi Röhner (hijo de Sara y Klaus Röhner, dueños de la estancia Buena Vista) acaba de abrir la casa familiar como bed & breakfast. En una tranquila esquina, La Casona de Cotota, donde vivieron los abuelos y la madre de Klausi, ofrece dos cuartos con baño compartido en la planta baja y tres arriba con baño privado. Un amplio living comedor, saloncito para la barra y la tele, el patio y la cochera, completan las áreas disponibles para los huéspedes. Para hacer vida urbana, no hay nada mejor.
ESENCIA RURAL EN BUENA VISTA
Pan del aire llaman al fruto de la enredadera que hace de cerco de la huerta; de color verde claro, parece un chayote ese fruto, aunque más chico y de superficie regular. "Dicen que los indígenas comían pan del aire, pero nosotros no lo probamos", comenta Sara Röhner mientras caminamos hacia el retazo de tierra cultivada, pródiga de hierbas aromáticas, hortalizas y verduras. La huerta es un orgullo de la estancia y como tal la muestran a sus huéspedes, para que además tomen buena nota de que toda esa frescura vegetal la reencontrarán en los platos a la hora de comer.
El parque de Buena Vista es una provechosa lección de botánica, y el ejercicio de andar por los espacios verdes de la estancia se torna doblemente placentero en compañía de Sara, mujer de trato dulcísimo, a quien le sienta de maravillas el rol de anfitriona. Con ella recorrí huerta y corrales; la casa de los peones, la de huéspedes, el galpón de esquila, la veterinaria y el monturero (convertido en sala de juego), y con ella salí en sulky para observar la arriada de los 90 búfalos de reproducción propia que pastorean en libertad por los bañados, y a continuación la enlazada de terneros.
En lo concerniente a la casa, que data de finales del XIX, principios del XX, su dueña renovó cortinas y tapizados; con sus manos engalanó sábanas y fundas de almohadas. Un hada laboriosa que añade dos pasiones a sus quehaceres cotidianos: las orquídeas y la cocina. A las carnes de faena propia, al sabor inolvidable de un pollo de campo, sume los sabores del pastel de lechugas (de-li-cio-so) y las torrijas de zapallo. Un buenísimo pan integral al desayuno con mermeladas caseras, las picadas que redoblan la tentación cuando se sirven junto a la pileta, en la holgada galería o frente a la chimenea encendida? En fin, Sara cuida a sus huéspedes.
Buena Vista es una estancia a 50 km de Esquina. En sus cuatro mil hectáreas se sigue llevando a cabo la actividad ganadera como nunca dejó de hacerse, desde que Augusto Röhner ?el padre de Sara? la convirtió en un próspero espacio para la producción pecuaria. Genuina vida de estancia a la que apenas me aproximé y me dejó, confieso, con ganas de explorar hasta sus más profundos recovecos.
BATEL, LUJO CAMPESTRE
A las cinco y media de la mañana tocaron diana. Toc toc, toc toc toc sonaron los nudillos en la puerta de la habitación. Estaba tan calentita la cama de lujo? El campo aún sumido en la noche, me dio los buenos días rumbo a los corrales de las vacas. Era la hora del ordeñe. Todo un espectáculo que los chicos allí presentes (Ian y Sofía, los dos hijos de Leslie y Valeria, joven pareja a cargo de Batel, más una amiguita de Sofi) disfrutaron con ganas. Concluido el ordeñe, nos fuimos a los corrales donde el ganado esperaba para la desinsectación. Contagiaba el entusiasmo de los peones; iban y venían poniendo orden entre los animales, conduciéndolos a los remojones purificadores.
Al final de la dura tarea, un grupo regresó a caballo arreando las vacas y otros lo hicieron en las camionetas. De vuelta al calor de hogar de la casa, desayunamos. ¡Qué buena manera de inaugurar una mañana! Y aún quedaban todas las demás horas, que no eran pocas.
Luego de almorzar en el amplio quincho asado y ensaladas, la propuesta fue llegar hasta la orilla del Batel, un río angosto y meandroso en el que habitan dorados de mediano porte. Pescar se puede y por supuesto, con la debida devolución al medio al que pertenece. La consigna en esta propiedad es la misma que rige en San Alonso y Rincón del Socorro (ver LUGARES 108), las otras dos estancias que Doug & Kris Tompkins poseen en Corrientes: los mandatos de la Naturaleza deben ser respetados al máximo.
TACURULANDIA: EL REGRESO
Habíamos llegado a la estancia de los Tompkins metiéndonos tierra adentro, por el camino que arrima a Mercedes. Habíamos vivido nuestra última parada a puro confort y en el ámbito rural de una casa magnífica que invita a la buena vida, apacible y sin restricciones de ocio. Pero en vez de desandar lo andado sin levantar el pie del acelerador, enviciados como ya estábamos con los atractivos que Corrientes propone a lo largo de sus caminos, seguimos el impulso de seguir hacia Loreto. Y no paramos de hacer paradas. Mucho antes de ese pueblo jesuítico con calles también de arena, después de Saladas ?patria chica de Cabral soldado heroico? y una vez pasado San Miguel, nos quedamos eclipsados por el paisaje. Despejado de palmares y cualquier otro indicio vegetal, apareció un desierto colorado erizado de tacurús, incontables termiteros grandiosos que despuntaban por doquier. Habíamos llegado a Tacurulandia.
Fue lo más seco que conocí de Taragüí, como mentan la provincia en guaraní. Encerrada entre dos corrientes mayúsculas, atravesada por varios ríos e innumerables riachos, arroyos, lagunas, bañados y esteros sin límites precisos, en este corazón mesopotámico el agua sostiene la tierra y raramente viceversa.
Por Rossana Acquasanta
Fotos: Bebe Tesio
Publicado en Revista LUGARES 114. Septiembre 2005.






