1 minuto de lectura'
Desde hace más de un año, un hornero anida en el hombro de la estatua de San Martín. Ya lo sacaron como tres veces ?por cuestiones de respeto a la broncínea investidura?, y él volvió a hacerlo en el mismo lugar. La gente acabó por tomarle cariño, y el nido del hornero pasó a ser un ítem más junto con los otros muchos que hay para ver en la plaza Independencia. La catedral, la municipalidad, el Banco Nación ?de admirable inspiración italiana?, la casa de Vicente Casco ?la primera de dos plantas con puerta esquinera, en la que se filmaron memorables escenas de Camila? y el club de pelota paleta, el lugar que los inmigrantes vascos eligieron para reunirse hacia el año ?25.
Donde se levanta el palacio municipal de 1939 ?que reemplazó al de 1856, más conocido como "el cabildo" por su recova de arcos? el capitán de Blandengues, Pedro Nicolás Escribano, fundó en 1779 el fuerte de San Juan Bautista de Chascomús. Fue un hito más en la carrera de avance del blanco sobre el indio. Una lucha que hoy puede inspirar una mueca de desconfianza, a la luz del resultado de exterminio absoluto que arrojó sobre el final, pero que no era tan obvia para quienes tomaron parte de ella. Chascomús conserva signos de una convivencia no pacífica. Las rejas coloniales sin resquicios para asaltos indeseables, las casas con escaleras móviles para aislarse en el segundo piso, y hasta los pasadizos secretos por los cuales huir cuando acechaban los salvajes.
Ahí, a 125 km de Buenos Aires y a finales del siglo XIX, cundía el pánico cuando atacaba el malón. Eran sus tierras... a las que no pudieron legarles más que topónimos y gentilicios. En el caso de Chascomús, al mapuche original hay que agregarle un poco de buena voluntad e imaginación. "Chadi" es sal y "Co", agua. El problema es "mús", un verdadero misterio asociado con la voz "rumen", que significa "mucho" y que al fin y al cabo terminó por dar "mucha agua salada", algo que abunda en los alrededores. En efecto, la Laguna de Chascomús es parte de las encadenadas, que reúne a las de Vitel, Adela, Chis Chis, Del
Burro, La Tablilla y Las Barrancas, hilvanadas por el Río Salado.
Y hablar de lagunas en la zona es pensar en pejerrey. Un pez noble, sin un gramo de grasa, de figura larga y delgada, con una raya plateada a cada lado que se dibuja desde la aleta branquial a la caudal. Una especie que no se merecía el destino que le forjaron quienes arrasaron con él sin respetar épocas de desoves ni, por supuesto, tamaños. Hace años, el rey pez empezó a escasear. Pero aún así, los amantes de esta pesca promedian entre 20 y 25 piezas diarias. No está mal para una laguna tan castigada. Habrá que ser paciente, esperar a que el frío helador de junio escarche los campos y entonces sí, bien abrigados, aventurarse antes del alba en las aguas calmas de la gran laguna en busca del plateado pez.
Más que pejerrey y medialunas
Como sea, evite los lugares comunes. No es que estén mal. Los campings son campings, las medialunas del Atalaya son medialunas, pero el tiempo ha pasado ?aun en Chascomús y sus esquinas sin ochava? y hay nuevas y buenas opciones. De las clásicas, reserve lugar especial para los atardeceres rosados que se van extinguiendo en azules y violetas sobre la laguna. Son la mejor manera de concluir un fin de semana diferente donde es menester combinar historia con un poco de vida lacustre y otro poco de vida rural. Aprovechar, en fin, las ventajas de la ubicación estratégica, al pie de la autopista, junto al campo en su más pura expresión.
En efecto, la nueva ruta 2 tuvo sus consecuencias en la tranquila Chascomús. Las distancias se acortaron y hubo quienes notaron lo cerca que está... para vivir. El country del golf se pobló de casas y con ellas, el temor de que Chascomús pierda su ritmo. Cabañas, aparts y algunos restaurantes son signos de esa movida. En la laguna, De la Guarda sorprende por su modernidad. Es el restaurante fashion y arde los sábados por la noche. La carta es una síntesis del archifamoso pejerrey a la romana ?muy fresco y bien cocido? y orientalidades insólitas como chop suey y chow mien; el ambiente es de lo más agradable, y reemplazan a la TV encendida unos pufs y sillones de impecable lino blanco donde los chascomunenses se reúnen a tomar algo en familia.
Sin embargo, más allá de eso, el pueblo sigue siendo el mismo. La Capilla de los Negros ?el modesto edificio de 1862 que sirvió de hospital en tiempos de las epidemias de viruela, fiebre amarilla y cólera, pero que nunca tuvo cura? sigue abierta sólo cuando Antonio Luis, descendiente de aquellos mulatos para los que fue construida, está en casa, y cerrada cuando él tiene que salir a hacer un mandado.
El otro hito del pueblo es el Museo Pampeano, joya insospechada del Parque Los Libres del Sur. El edificio es réplica de la Casa de Postas"Mensajerías Argentinas" de San Isidro, y fue fundado en 1939 al cumplirse cien años de la Batalla de Chascomús, en la que los hacendados sublevados contra Rosas perdieron a orillas de la laguna. Fue concebido con un fuerte carácter pampeano, dedicado al gaucho y sus costumbres. Sus salas proponen un recorrido por la historia de la zona desde la prehistoria ?con gliptodonte incluido?, los hombres primitivos, los aborígenes, la cultura de los fortines, la etapa federal, hasta llegar al Chascomús de la sociedad tradicional, signado por la presencia de inmigrantes de origen vasco, francés e inglés.
Las piezas de platería, boleadoras, espuelas, cuchillos, monturas e instrumentos gauchos merecen especial destaque, así como las divisas punzó y retratos de los Libres del Sur con sus reseñas.
Al abrigo de una estancia
Para que los efectos reparadores del fin de semana sean totales, las estancias son la mejor alternativa. Esa vida disipada, de régimen de siesta y pensión completa se lleva de maravillas con la superficie pampeana, llana como las ganas de uno de no hacer nada. A lo sumo, contemplación somera del trabajo del campo, la cosecha, los ñandúes y por ahí alguna que otra liebre que se cruza en el camino.
La Josefina está a unos 30 km de la ruta 2, por la ruta 20 hacia Magdalena. La primera imagen que reciben los recién llegados es la de la inmensa galería que corona el camino de eucaliptus de la entrada. Exagerando un poco, La Josefina es una galería con estancia. Su propietaria, Angela Behrendt aún anda tras la pista de María Jáuregui de Pradere, a quien los Behrendt le compraron la estancia en 1943. Angela ?y todos los que gozan del placer de comer en ese ambiente de 20 metros de largo por diez de ancho? muere por saber qué clase de espíritu pudo mandar construir con esas dimensiones en 1910. Basta correrse unos 10 km hasta el modesto almacén de campo de Vergara ?que es muchísimo más reciente y está al pie de la estación abandonada del tren? para comparar, imaginar y concluir que La Josefina es obra de una mujer extraordinaria.
La casa de techos colorados está impecable, y fue levantada en reemplazo de la que quedó escondida más atrás, de mediados del siglo XIX. Ambas forman, junto con los graneros reciclados, la huerta y la fiambrera convertida en mini-museo, el casco de la estancia, de más de 2.500 hectáreas. Los campos cuentan desde 1995 con certificación orgánica, logro del que Angela está tan orgullosa como de su flamante productora de documentales y música local, un ámbito nuevo y desconocido para ella, que la llena de entusiasmo.
Muy cerca de allí está La Fe, la casa de Marcela Tuccio, una emprendedora porteña que cambió el smog urbano de un departamento en Barrio Norte por 200 hectáreas de vasta pampa, desmontó a pulmón el área invadida cerca de la casa y organizó todo para recibir a amantes de esa vida agreste, con el río ahí nomás ?bastante seco en estos días?, fuente de buenas tardes de pesca y chapuzones.
Para el otro lado de la misma ruta, La Horqueta se presenta enigmática, semi escondida en muy nutrido parque de tilos, robles, sauces y espinillos. La casa principal, de 1928, tiene cuatro habitaciones que se completan con las cinco del quincho, donde se sirve el desayuno. A los asados y la pileta se suman las actividades en la laguna Vitel que está a menos de 100
metros del casco.
La Mamaia recibe gente desde hace cinco años, cuando el arquitecto Maurette hizo revivir cual ave Fénix la casa de Mercedes Campomar. Así, los gallineros se transformaron en escritorio y monturera, las cuatro habitaciones cobraron cómodas dimensiones, se organizó el living alrededor del hogar y con buenas ventanas a los jardines... y la casa estuvo lista para abrir sus puertas a quienes quieran presenciar los trabajos del campo de cría ?en un total de mil hectáreas?, hacer cabalgatas por los alrededores, o compartir con Mercedes hija su pasión por los caballos árabes.
La magnífica pileta, ubicada justo al lado del alambre, con las vacas detrás, los juegos para niños, el ping pong y el amplio parque con árboles altos y cuidado jardín ofrecen un ambiente apto para el descanso, ideal para familias.
Las alternativas de Ranchos, con la destreza sin par del soguero Gómez ?artesano imperdible? hacia el oeste; y la histórica ?más histórica aún que Chascomús? ciudad de Magdalena del lado del mar completan la propuesta para los que gustan andar la llanura, dejarse invadir por la quietud o fantasear con el pasado, los malones, los tiempos en que la historia se libró en esos campos, cuando los pueblos eran fortines y la extensión infinita una amenaza.
Por Soledad Gil. Fotos: Julie Bergadá.
Publicado en Revista LUGARES 55. Mayo de 2000.






