Los pioneros de la Patagonia: la familia que ayudó a construir El Calafate y propone una forma distinta de recorrer el glaciar
Mucho antes del aeropuerto, antes de las pasarelas metálicas frente al glaciar y antes de que El Calafate se convirtiera en una postal reconocible en el mundo, hubo una gamela abandonada, una familia pintando paredes a pulmón y un chico de 16 años convencido de que su vida no iba a transcurrir entre oficinas.
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Cuando Danny Feldman llegó por primera vez a El Calafate, a fines de los años 80, el pueblo apenas superaba los 3.000 habitantes. No había aeropuerto, el turismo era incipiente y la Patagonia todavía conservaba ese aire de frontera que hoy solo sobrevive en relatos. “Era como una aventura del oeste”, recuerda. Y no exagera.

Llegó junto a sus padres, Mario y Clarita, siguiendo el rastro de una obra eléctrica que su padre, ingeniero, había dirigido algunos años atrás. Para alojar a los operarios traídos desde Buenos Aires, las empresas montaron una gamela: una construcción industrial, precaria, pensada para durar poco. Años más tarde, ese mismo espacio sería reciclado, pintado y refaccionado por la propia familia Feldman. Así nació el primer hostel de la Patagonia y uno de los primeros del país.

Danny tenía 16 años. Había conocido los albergues juveniles durante un viaje al exterior y trajo la idea a una Argentina atravesada por una de sus tantas crisis económicas. “Estuvimos muy cerca de abandonar todo y volvernos”, admite. Pero sus padres lo veían decidido. Y él, enamorado del lugar.

Ese enamoramiento tenía razones profundas: la posibilidad de vivir en contacto con la naturaleza, de convertirse en guía del Parque Nacional Los Glaciares cuando todavía no existían carreras terciarias para hacerlo, de transmitir un mensaje ambiental cuando la palabra ecología aún no estaba en boca de todos. “Yo no nací para vivir en una ciudad y trabajar en una oficina”, dice. Y su vida entera parece confirmarlo.
El turismo de antes
Patagonia Backpackers nació cuando llegaban a El Calafate viajeros con espíritu explorador, mochileros, extranjeros dispuestos a compartir cocina, historias y rutas de ripio. Con el tiempo, Danny entendió algo clave, que ese mismo espíritu también necesitaba privacidad. Así fueron creciendo las habitaciones con baño propio, luego las superiores, y más tarde el Hotel del Glaciar, acompañando una transformación que estaba por acelerarse.
Pioneros también en la sustentabilidad: el Hotel del Glaciar fue el primero de El Calafate en instalar colectores solares para el agua sanitaria y en realizar una fuerte inversión en aislamiento térmico.

El punto de inflexión fue el aeropuerto. Y, otra vez, la historia personal y la historia del lugar se cruzaron. El Ingeniero Mario Feldman, padre de Danny, fue director general de obra del aeropuerto de El Calafate, inaugurado en el año 2000. Antes, había participado en la electrificación del pueblo, cuando los postes todavía eran de madera. Hoy, tras un reconocimiento votado por el Concejo Deliberante una de las calles de la ciudad lleva su nombre.
La llegada del aeropuerto cambió todo. De 50.000 visitantes por temporada se pasó a más de 300.000. “Antes era todo a pulmón. Después del aeropuerto empezó la profesionalización”, resume Danny. Pero incluso entonces, entendió que el verdadero desafío no era solo traer turistas, sino lograr que se quedaran más tiempo.

“Si un destino depende de una sola atracción, es frágil”, explica. Por eso impulsó excursiones alternativas, recorridos más largos, experiencias reales de exploración. Así nació el tour alternativo al glaciar Perito Moreno: rutas altas, caminos de ripio, estancias históricas, miradores solitarios, fauna salvaje y, finalmente, una caminata frente al glaciar lejos de las multitudes.



La senda que se abrió a mano
Durante años, Danny y su equipo recorrieron la costa del glaciar por senderos inexistentes. Cuando las pasarelas oficiales ocuparon ese espacio, pidió autorización para abrir una nueva senda agreste. Le llevó casi dos años atravesar la burocracia de Parques Nacionales. Cuando llegó el permiso, el trabajo fue literal: pala, pico, barreta, puentes de madera tapados con tierra, piedra sobre piedra. Todo natural, todo a mano, bajo la mirada atenta de los guardaparques.
Hoy, ese recorrido permite sostener un témpano en la playa, caminar en silencio, escuchar el viento y entender el glaciar desde otro lugar. “No hay apuro. El guía acompaña al grupo según cómo se va conectando con el entorno”, agrega Danny. Es una experiencia que no busca acumular fotos, sino generar memoria.
El glaciar lejos de las multitudes
El tour alternativo no empieza en el glaciar. Empieza mucho antes, cuando El Calafate queda atrás y el camino se vuelve ripio, viento y silencio. La ruta asciende a una cota de altura desde donde el Lago Argentino se abre como un mapa inmenso, con la cordillera de los Andes recortándose al fondo.

El paisaje es de una belleza difícil de procesar: estepa infinita, el sol de verano que se esconde recién a la medianoche, y un clima que obliga a aprender rápido la lógica patagónica del abrigo en capas. Los locales andan en remera; los visitantes, enfundados hasta el cuello.



En el trayecto aparecen animales, como ovejas, liebres europeas, bandurrias, cauquenes, choiques, y, en lo alto, cóndores que planean sostenidos por el viento que a veces parece capaz de tumbarte. El sonido es una parte fundamental de la experiencia: el viento, el agua, más tarde el crujido profundo del glaciar. Todo sucede despacio. No hay apuro. El vehículo se detiene cuando el paisaje lo pide.


La ruta atraviesa también la historia. Frente al casco de la Estancia Anita, construida a fines del siglo XIX, el paisaje se vuelve memorial. Allí tuvo lugar el desenlace trágico de la Patagonia Rebelde, en 1921. Los galpones de esquila —en campos que superan las 60.000 hectáreas— y los cerros que rodean la estancia, recuerdan que esta tierra fue un escenario histórico mucho antes de convertirse en destino turístico.


Más adelante, el cruce del río Centinela por un puente de madera y la posta en el parador Río Mitre del Paisano Echeverría refuerzan esa sensación de Patagonia viva: unos mates, animales de granja, y vistas abiertas al valle del brazo Sur del lago.

Ya dentro del Parque Nacional Los Glaciares, el recorrido vuelve a correrse del camino habitual. Antes de las pasarelas, una caminata en descenso conduce hasta la playa de los témpanos, frente a la pared sur del glaciar Perito Moreno. Es un sendero fuera de los circuitos convencionales, agreste, silencioso, donde el glaciar se descubre sin barandas ni multitudes. El hielo cruje, el agua golpea, el viento vuelve a hacerse sentir. Después, vemos el glaciar desde otra perspectiva, ya en las pasarelas. El mismo glaciar, otra experiencia.







Elegir un lugar para vivir
Danny eligió El Calafate no solo como proyecto turístico, sino como destino de vida. Allí formó su familia. Filomena, su mujer, es su socia y administran juntos la agencia de turismo y los hoteles. Simón, Tomer y Tammy, sus tres hijos, crecieron en contacto con la naturaleza: Simón y Tomer son instructores de ski, y Tammy, la menor, proyecta profesionalizarse en el mismo camino. Crecieron entre montañas, viento y nieve, con la Patagonia como escenario cotidiano y escuela permanente.
También eligió rodearse de un equipo estable, empleados que llevan más de 20 años trabajando con él, personas que se jubilaron dentro de la empresa, vínculos que funcionan como una familia extendida. “Siempre trato de rodearme de gente con valores y compromiso, que sientan este lugar como propio”, dice.
A los 56 años, Danny sigue mirando hacia adelante. Sueña con un centro de esquí cerca del glaciar Moreno y con desarrollar un hotel en Ushuaia, ciudad con la que tiene una conexión profunda. Mientras tanto, sigue haciendo lo que hizo siempre: abrir caminos, leer el territorio, pensar el turismo no como consumo rápido sino como experiencia transformadora.
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