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Tráfico, bocinas, ansiedad al volante: postales de la ciudad en hora pico. Por fin, el último peaje dio luz verde para iniciar nuestra marcha hacia el oeste. Tomamos la ruta 7 con la Kia Sorento ?en adelante, la nave?, que hizo llevaderos los casi 800 km hasta la ciudad de San Luis (en lugar de hacerlos de un tirón, se pueden acortar durmiendo en Rufino o Laboulaye). Mucho más que una parada técnica resultó ser la noche en el Vista Suites & Spa, feliz hallazgo a metros de la antigua estación de tren. Se trata del último hotel inaugurado en la capital puntana y el único 4 estrellas superior: suites de dimensiones generosas, restaurante internacional y una decoración minimalista de ley. La perlita es el spa del sexto piso, con piscina climatizada. Si no alcanza con los masajes y el hidromasaje que allí se ofrecen, la vista de las sierras es siempre un buen antídoto contra el cansancio.
Sierra de las Quijadas
Antes de abandonar San Luis, quisimos conocer Sierra de las Quijadas. Una hora por ruta 147 hasta Hualtarán y un imprevisto desvío a la izquierda nos plantó frente a este parque nacional, uno de los más jóvenes del país, creado en 1991.
Allí hay varios senderos propuestos, de corto y mediano aliento. Se puede llegar por cuenta propia al de los miradores. Si se decide por otro, no lo intente sin la guía de un baqueano y procure abastecerse de protector solar y botellas de agua (en el ingreso hay una proveeduría). Nosotros elegimos el de Farallones, que demanda 5 horas de caminata, pero es el único que se mete en las entrañas de esta enorme depresión rojiza. El trekking alcanza el Potrero de la Aguada, considerado la versión local del Cañón del Colorado. Con sus paredones, acantilados y terrazas, es la máxima expresión de lo que los plegamientos de capas esculpieron en esta geografía hace 25 millones de años.
El pasado está ahí tangible, en las rocas labradas por la erosión, en los troncos petrificados y en los fósiles de dinosaurios.
Con un poco de suerte, el parque será pronto designado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, como sus vecinos Ischigualasto y Talampaya, lo que significaría no sólo su puesta en valor, sino además un marcado aumento en la afluencia de turistas.
La santa pagana
El camino nos deparaba otro alto, el primero sanjuanino y de carácter místico. Nadie que pase por Vallecito (Caucete), a un costado de la ruta 20, puede esquivar el santuario de la Difunta Correa. La sede del mayor culto pagano del país ?con perdón del Gauchito Gil? se monta sobre la leyenda de Deolinda Correa, quien murió de sed al cruzar este desierto y cuyo cuerpo sin vida siguió amamantando a su bebé. La imagen épica de la madre eternamente nutricia encendió el mito y los milagros no tardaron en aparecer.
Vallecito sigue siendo un paraje desolado, pero el santuario es casi una ciudad, con hotel, terminal de ómnibus, camping, restaurantes, estación de servicio y puestos que exhiben el profuso merchandising de la Difunta, donde se amontonan los cientos de miles que se acercan a dejar sus botellas de agua a la difuntita sedienta en el punto de su calvario final.
Mientras se asciende por las escalinatas que conducen a la ermita, entre fieles que lo hacen de rodillas, y en las 14 capillas al pie de la misma, se puede observar el barroco repertorio de ofrendas: desde las clásicas placas y flores, hasta viejos autos, joyas, motos, vestidos de novia, réplicas de casas en miniatura, documentos, patentes, muletas, trofeos y la lista sigue?Incluso las donaciones a la administración pueden hacerse en forma virtual: el sitio oficial (www.visitedifuntacorrea.com.ar) acepta todas las tarjetas de crédito.
"La Difunta cumple siempre, pero también te la cobra", se escucha repetir a sus devotos. Dicen por ahí que cada vez que alguien se lleva alguna ofrenda del santuario, después pincha una rueda en el camino?Literalmente, creer o reventar.
Ciudad de San Juan
Las prolijas hileras de viñedos a ambos lados de la ruta 20 fueron la primera impresión en el arribo a la capital sanjuanina. Una recorrida nos bastó para descubrir que al nuevo maquillaje que luce ?plazas remozadas, construcciones modernas y un flamante centro cívico- acompañan las apuestas turísticas.
¿Qué menos puede esperarse de una ciudad que se reconstruyó de cero tras un terremoto? La muestra más contundente de este novel empuje es la apertura en noviembre de 2008 del primer cinco estrellas, el Del Bono Park Hotel Spa & Casino, con 101 habitaciones de lujo y un servicio a la medida de un público exigente. De diseño vanguardista, el edificio tiene una cúpula vidriada y un puente de cristal que conecta sus alas norte y sur. Su restaurante La Cava, construido en una bodega de fines del siglo XIX (conserva sus arcadas y madera de pinotea), sirve platos de alto vuelo elaborados a la vista de los comensales y reúne las mejores cepas locales en la carta de vinos. Hay, mientras tanto, opciones de calidad para bolsillos menos holgados. En esta lista figuran algunos apart florecidos en las afueras, como el coqueto Provincia del Huarpe y Aire Andino, una casona de campo reciclada con parque y piscina.
En materia gourmet, la ciudad también se va aggiornando. Una de las últimas apuestas es De Sánchez, de los mismos dueños del concurrido Baró ?pegadito a éste?, pero con un menú más sofisticado. Libros y discos de jazz conviven en este multiespacio construido en una de las casas que sobrevivió al terremoto del 44, frente a la Catedral. Un secreto: en la YPF de Libertador se come muy bien, casero y a precios razonables. Créase o no, los fines de semana arde y hay que pelearse para conseguir mesa.
Si se busca relax, hay que rumbear hacia el Dique de Ullum, a 20 minutos de la ciudad. Bordeando el lago hay varios paradores ?cobran un precio mínimo? y clubes náuticos que proponen paseos en kayak, velero, windsurf y parapente. El complejo Bahía de las Tablas tiene la playa más exclusiva. Sus palmeras y mega piletas circulares transportan a alguna escena del Caribe, aunque la vista de la precordillera detrás del lago ubica de nuevo en la aridez de la geografía.
Hacia la Cordillera
El camino pleno de curvas hacia el valle de Calingasta no tiene desperdicio. Para alcanzar este vértice sudoeste del mapa pegado a las alturas de los Andes, debe tomarse la nueva ruta 149 (ex 414) pavimentada, atravesar la Quebrada de las Burras hasta Pachaco, y avanzar 37 km de ripio. El río San Juan acompaña algunos tramos y la flora exhibe lo poco que puede: algunos matorrales pinchudos alternados con largos intervalos de suelo desnudo. Más allá se divisa la cordillera con sus picos nevados, una presencia magnética que emboba hasta al más apático.
En poco más de dos horas llegamos a Villa Calingasta. El pueblo conserva campos de hierbas aromáticas y una capilla jesuítica de 1739, amén de un pasado glorioso como productor de manzanas a la altura de las de Río Negro, según se jactan sus pobladores.
Poco después, un corto desvío a la izquierda nos condujo hacia el cerro El Alcázar, una mole rocosa de policromía asombrosa y formas irregularmente bellas cuya silueta evoca, con bastante imaginación, al palacio homónimo de Sevilla. El lugar fue escenario de un amor prohibido, con ribetes de tragedia, entre un cacique huarpe y una mujer castellana. Retomando aquel romanticismo, varios lugareños sostienen la costumbre de celebrar allí los casamientos.
Barreal
Las calles de tierra son escoltadas por filas rectas de álamos, cuyas copas acompañan la brisa que sopla, incansable. La lavanda tiñe el aire de un perfume balsámico. El fluir del agua por las acequias es la música de esta villa y el río Los Patos aporta la cuota de frescura. Al fondo se divisa el cerro Mercedario. Todo bajo un cielo azul intenso y diáfano la mayor parte del año.
No extraña que muchos de los que pusieron un pie aquí no quisieron irse más; hay historias como la de Ricardo Zunino, ex corredor de Formula 1 y pionero en la zona, que transformó una vieja casona familiar en la Posada San Eduardo, o la de Adela y Carlos Lázzaro, al frente de La Querencia, un cálido hotel de campo convertido en un imán para extranjeros desde que fue recomendado por la guía Lonely Planet.
Hace rato que Barreal es el centro turístico de Calingasta, pero el auge actual no tiene precedentes. A los locales que incursionaron en proyectos de toda suerte, se agregó un grupo de alemanes seducidos por el hamburgués Berni Inmgraben, dueño del restaurante El Alemán, que invirtió en viñedos y casas bioclimáticas. Y varios ya tienen la intención de ser residentes, si hasta sueñan con trasladar algún día la fiesta Oktoberfest a estas alturas. Quién sabe?
Carmen Manolio jura que encontró en Barreal su lugar en el mundo.
Correntina de nacimiento, esta mujer de energía contagiosa construyó con sus propias manos su espléndido rancho de adobe y caña. Afecta a agasajar a sus visitas, hace poco más de un año extendió la invitación a viajeros, y así nació El Rancho de Carmen, que conserva sin esfuerzo esa impronta hogareña. En la propuesta es clave la presencia de Eva, una simpática barrealina que acompaña a Carmen hace añares en una sociedad aceitada, de esas en las que hay entendimiento sin palabras.
Las dos habitaciones y el living rodeado de ventanales son dignos de una revista de decoración, con un estilo que podría definirse como country cuyano: mucha madera, tonos ocres, coquetos sombreros colgados de las paredes, cestas de mimbre y tejidos. Pero el corazón de la casa es la cocina, donde volveríamos a cada rato para compartir una cervecita, picar alguna delicia y charlar a toda hora con Carmen y Eva. Las comidas son un capítulo especial donde nunca faltan los chutneys caseros de la anfitriona y las hierbas aromáticas de la huerta, ni algún Malbec mendocino (una justificada traición a San Juan), todo a la luz de las velas y con música clásica de fondo. Difícil de resistirse.
Pampa del Leoncito
Para llegar, hay que alejarse unos 30 km del pueblo y soportar la metamorfosis de la geografía: el verde del valle fértil se va apagando y, una vez en Barreal Blanco ?como también se conoce a esta planicie?, el desierto es categórico. La enorme sábana de arcilla blanca agrietada en forma de pentágonos genera entre desconcierto y fascinación. Sólo la presencia de la sierra del Tontal y el inmenso cielo azul hacen desvanecer la ilusión de haber pisado la luna o alguna otra dimensión desconocida. Lo que hoy se ve, cuenta la leyenda, es la cuenca de un lago que se secó por un castigo divino sobre los huarpes, en respuesta a sus quejas por el viento y el barro.
El viento conchabado, bautizado así porque viene a diario, tampoco estuvo de franco esa tarde y se hizo notar como pudo, obligándonos a empujar con fuerza las puertas de la camioneta y a sujetar con firmeza gorros y anteojos. El clima perfecto, sentenció Rolo Toro, un histórico instructor de carrovelismo y pionero en este deporte de origen belga, que nos esperaba con los carros a vela de tres ruedas listos para lanzarnos sobre la pista de barro.
Con la compañía de un guía, navegamos al ras de la tierra a 80 km por hora, intentando en vano maniobrar la vela que respetaba más los designios del viento que nuestra propia voluntad. Un giro para acá, otro para allá, y el armatoste metálico permanecía, increíblemente, en pie. Del respeto-temor inicial pasamos sin escalas a una euforia infantil. Hubo segunda vuelta, y tercera. Después de todo, entendimos por qué Rolo se refería a esta disciplina como carroterapia.
Donde sopla el viento
Pusimos rumbo norte y otra vez nos devoró el desierto. El viento Zonda, casi tan famoso como Sarmiento, se hizo presente con sus ráfagas calientes. El camino oscilaba entre tramos de asfalto y otros de pedrerío que cubrían la camioneta de un manto de talco gris. Cada tanto aparecía una serie de casitas de adobe desperdigadas en medio de la nada, con sus gallineros y carretas viejas. En un abrir y cerrar de ojos pasamos Villa Nueva, Bella Vista, Iglesia y Las Flores. Llegamos al poblado de mayor envergadura, Pismanta, donde un típico hotel termal recuperado por sus trabajadores, de pura estética retro, resulta una buena opción para hacer noche o aprovechar las propiedades curativas de sus aguas de vertiente volcánica.
El paisaje cobra vida más adelante, en Rodeo, donde se descubre el Dique Cuesta del Viento. Cualquier lugar donde se acumule agua es bienvenido en estas latitudes, aún intervención humana mediante. Pero este lago es especial.
En su versión matinal, verdoso y planchado, es ideal para pasear en kayak y pescar sin despeinarse. Pasado el mediodía, hace honor a su nombre. Un viento intenso y constante (el sudeste) se concentra entre los cerros y agita sus aguas formando un oleaje descomunal. Esta condición lo perfiló a nivel mundial como una de las mecas del windsurf.
La movida reúne un hostel cool frente a la playa (Lamaral) y una guardería y parador de estilo rastafari (Puerto de Palos), donde confluyen seguidores de este deporte de todo el mundo. Si el windsurf no es lo suyo, un programa alternativo e igualmente dotado de adrenalina es el rafting por los rápidos del río Jáchal. La empresa Rafting San Juan organiza bajadas en gomones hasta la garganta del río, un cañón de seis metros de ancho.
Decidimos hacer base en la única posada con vista al dique, Posta Huayra o lugar del viento, en quechua. Cuando Cecilia Holecek y Esteban Banga descubrieron este lote les dijeron que no se vendía debido al viento. Por esos inexplicables cruces de deseos, eso que otros rechazaban fue lo que más atrajo a esta pareja de médicos amantes del windsurf, que un día decidieron colgar el guardapolvo y anclar en este oasis. La excusa fue abrir un restaurante y después sumaron cinco habitaciones, que lucen murales de la artista local Ruth Orozco.
El restaurante es una galería de curiosidades: viejos sifones pintados comparten espacio con una cítara hindú, artesanías con cucharas y una colección de tallas de reptiles. En ese marco colorido se degustan delicias regionales, y otras de carácter internacional, a cargo de la sanjuanina Delia Tapia.
Talampaya
En el camino de cornisa que va de Rodeo a Jáchal, el río Jáchal serpentea por abajo y desemboca luego en el dique Pachimoco. Aunque es una ciudad emblemática de San Juan, el turismo no acompañó mucho a San José de Jáchal. De fisonomía colonial, su ubicación entre dos puntos fuertes ?Rodeo y Villa Unión? la obligó a diseñar alguna estrategia para captar visitantes.
Tradición e historia se convirtieron en su slogan, sostenido por un circuito de antiguos molinos harineros, el tributo al poeta Buenaventura Luna y la Fiesta Nacional de la Tradición, durante el mes de noviembre. No se puede pasar por Jáchal sin visitar el Cristo de cuero negro de la Iglesia San José, probar una tortita jachalera (una especie de scon grande con licor de anís) y dar una vuelta por el pueblito de Huaco (ver LUGARES 152).
La lluvia fue un bálsamo después de tantos días de sol impiadoso y con ésta llegamos, por la 40, a nuestra única escala riojana, Villa Unión. Fuimos derecho a conocer el hotel Cañón de Talampaya, flamante inauguración a cargo de los mismos dueños del Pircas Negras, otra de las apuestas regionales de peso. Concebido como hotel boutique, éste tiene 30 habitaciones que dan a un patio interno, tipo casa de campo, con palmeras y aljibe. En todos los ambientes predomina una decoración rústica con el plus de toques de diseño, como lámparas de vitraux y sillones de cuero.
Para todo aquel que ya recorrió y admiró los rojizos paredones del cañón de Talampaya, el nuevo circuito Arco Iris es una opción recomendable para seguir explorando el Parque Nacional. Hasta allá partimos en una camioneta con los guías Ariel y Camilo, de la Cooperativa Talampaya. Custodiados por tropillas de guanacos, atravesamos lechos de ríos secos, señal de que alguna vez existió selva donde hoy sólo hay desierto.
La llegada a la boca del cañón superó todas las expectativas. Nos paramos justo en el medio para dejarnos rodear por la sucesión de colores matizados en las moles de piedra. El trekking entre cuevas y laberintos es como meterse en un túnel del tiempo: cada metro que se avanza equivale a miles de años en clave geológica.
La llegada al anfiteatro, punto culminante del recorrido, incluyó un descanso bajo un algarrobo blanco, el único árbol que pudo adaptarse a este suelo seco. También conocimos a la chica, un arbustito sin hojas que crece en terrenos con pendiente y da un fruto dulzón que puede ser salvador después de varias horas de caminata.
Merlo
Decidimos volver por donde vinimos, por San Luis, pero esta vez fuimos hacia Merlo. El cuerpo pedía descanso y la ciudad con su microclima serrano representaba una maravillosa excepción a la regla del clima seco que nos había acompañado los días previos.
"Welcome to our place", fueron las primeras palabras de Bob Fowler, un californiano ex piloto que llegó aquí tras los pasos de su mujer, la agrónoma Belén Gurruchaga. Ambos reciben en La Quinta Resort, uno de los más recientes emprendimientos de esta pujante villa. El complejo incluye cinco cabañas de piedra y madera, club house, una piscina con cascada, gimnasio, canchas de voley y tenis. Con este proyecto familiar, Belén retomó un viejo sueño de su padre de cultivar berries en una quinta entre las sierras. En un terreno contiguo brotan distintas variedades de frambuesa, grosellas, corintos, cassis, moras híbridas y boysenberries, materia prima de los dulces que se sirven en el desayuno. Además, si lo pide con tiempo, Bob puede preparar comida mexicana de la auténtica, su especialidad.
Con el físico y el espíritu recompuestos, no hubo más que volver. Dejamos atrás las serranías y aparecimos de nuevo en la llanura. El cuentakilómetros marcaba 4.750. De nuevo el tráfico y las bocinas, aunque ya no aturdían tanto.
Por Cintia Colangelo
Fotos de Esteban Widnicky
Publicado en Revista LUGARES 160. Agosto 2009.






