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El Alto Valle es un oasis apaisado, un largo cajón verde y ubérrimo de cultivares por el que discurre el río Negro. Los inmensos álamos que delimitan la tierra en parcelas para atajar el viento, son una constante en este paisaje rionegrino. Nunca visto gigantes así, nunca. Si es otoño, les da por volverse tan amarillos que irradian luz, como si las encendieran a las copas.
Aquí llegaron los ingleses con el ferrocarril a fines del siglo XIX e instalaron un depósito de empaque de fruta en cada estación del Alto Valle, y allá iban los productores con sus mercancías que transportaban en carros.
El gran impulso del valle llegó con la construcción del dique Ballester (1928), proyecto del ingeniero Cesar Cippoletti, que vivía en Italia pero conocía la zona (en su haber tiene trabajos similares realizados en Mendoza); la disponibilidad regulada del agua del río para el riego trazó la promesa de un futuro colmado de mucha, mucha fruta. Pera y manzana por empezar. Uvas para seguir y vinos que después dieron que hablar.
También hubo un olvido de viñedos hasta que a mediados de los 80 un grupo de entusiastas se preocupó por despegar la producción vitivinícola de la frutícola, reivindicando el carácter patagónico de las enologías rionegrinas bajo una identidad, la de ser los Vinos Finos de las Zonas Frías. A la cabeza de ese movimiento efímero pero no inútil estuvo la bodega más antigua del valle y la más fuerte.
En el 97 llegó un bodeguero francés, afincado en Mendoza e inició su propia experiencia de hacer vinos de estirpe sureña. Hace unos cuatro años, cierta dama italiana de muy célebre apellido apareció por la zona y no tuvo dudas: el valle bien ameritaba una inversión en Vitis vinífera, y un primo suyo, marqués vinculado también a estas cuestiones viñateras, siguió el ejemplo.
Además de estos proyectos que apuntan a elaborar productos de alcurnia, surgieron los que hacen vino y se enrolan en la dinámica de recibir turistas. Y ya se habla de un Ruta del Vino en el Alto Valle.
El quinteto estepario
Los cuatro hermanos Prieto y Juan Álvarez se enrolaron en la aventura de hacer vino. En 2001 compraron 50 hectáreas de un viñedo antiguo en Guerrico, con cepas antiguas de 40 años pero al principio no tenían dónde procesar las uvas y alquilaban la bodega La Sarita (propiedad del Domaine Vistalba), hasta que en 2006 ya pudieron comprar la propia. Esta bodega había sido construida en el 65 y después abandonada; fue restaurada, equipada con tanques de acero inoxidable para la fermentación y barricas de roble francés y bautizada Estepa. Así reza el cartel de la entrada, junto al asfalto de la ruta 22, camino a General Roca. La capacidad de elaboración es de 600 mil litros y para el desarrollo de las líneas de vino Mística (un año de crianza en roble), Tierras, Clásica y Limitada, cuentan con el asesoramiento del enólogo Juan Carlos ?Pulqui? Rodríguez Villa.
Ahora están desarrollando un viñedo muy particular en la finca La Agreste, del otro lado del río Negro. En un terreno escarpado entre alpatacos, chañares y jarillas desparramaron 16 mil plantines, sobre todo de Malbec y Cabernet sauvignon. Por lo pronto, las uvas de esta viña orgánica se aplican a la línea Limitada para la elaboración de dos tintos varietales, Malbec y Cabernet, con la marca de Agreste y Huellas (porque es de uvas pisadas). La ingeniosa idea de alternar vides con la flora endémica fue un aporte de Hervé J. Fabre, propietario del mentado Domaine Vistalba. Así me lo contó un pajarito.
Pionera casi secular
El apellido Canale está íntimamente ligado al Alto Valle, pero el establecimiento donde se elaboran vinos finos desde que se fundó la bodega en 1913, nada tiene que ver con las galletitas. Esto es lo primero que se les dice a los visitantes cuando llegan hasta aquí; también se enteran de que Humberto Canale fue el iniciador de la vitivinicultura en el valle, un visionario que hizo traer de Burdeos cepas de Cabernet sauvignon, de Malbec, de Semillón?
Y pensar que la historia argentina de esta familia empezó en 1875, en una panadería porteña de Cochabamba y Defensa, propiedad de la viuda de Canale. Uno de sus hijos ?Humberto? fue quien montó el imperio industrial. El hombre no se casó, así que no hubo generación que medrara entre éste y su sobrino nieto, Guillermo Barzi Canale, actual responsable de la empresa que nació en 1909.
Hoy producen 10 millones de kilos anuales de fruta fresca, de la que se exporta el 90%; de las 500 hectáreas en producción, 145 son de viñedos. En uvas finas, el rendimiento es de 1.150.000 kilos. Este año la bodega incorporó acero inoxidable suficiente para un millón de litros; por año se suman 170 barricas nuevas, manteniendo en uso 700 unidades.
Las visitas guiadas arrancan en el museo, la sala que generaba electricidad para la empresa. Sobre una pared se expone un gran mapa que muestra la configuración del valle y la red de canales que distribuyen el agua del río; aquí y allá, toda una parafernalia de instrumentos vinculados a las tareas de la fruti y viticultura de la época: una moledora de uvas 1930, una balanza de 1877, la campana de 1920 con la que se llamaba al personal, arados, filtros (uno a placa, de 1930; otro a pasta), bombas para mostos y tantos artilugios más... Es como estar en una juguetería para grandes.
Los vinos tienen aquí su lugar, en un completo muestrario de todo lo que se ha venido haciendo hasta el presente, con el Cabernet Íntimo a la cabeza, varietal insignia. No faltan el blanco Semillón (el primero del país identificado como tal que se lanzó al mercado cuando la varietalidad era, en la Argentina, un concepto todavía en pañales) ni el Blush (rosado natural obtenido por contacto de los hollejos con el mosto), otra osadía que llegó a mediados de los 80, la misma época en que nació Marcus.
A principios de los 90, con la incorporación de Guillermo hijo a la gestión de la empresa, la imagen de los vinos comenzó a cambiar; se reformularon contenidos, empezaron los viajes al Reino Unido y a otros mercados y los Humberto Canale se volvieron parte del mundo. La elaboración es responsabilidad del enólogo Horacio Bibiloni y el maestro don Raúl de la Mota, enólogo de enólogos, los bendice.
Un brindis
"La gente escucha atentamente toda la explicación de cómo hacemos nuestro espumoso; que luego de fermentar pasa un año sobre las lías, y a continuación va a los pupitres para que las levaduras muertas vayan depositándose en el gollete de la botella? pero cuando llegan a la etapa de quitar ese tapón de borras y ven las botellas con el pico congelado para descorcharlas con la consiguiente liberación del bloque sólidos, la fascinación es total", comenta Norberto Girardelli, propietario de una minúscula bodega donde elabora 30 mil botellas de espumante NG y 15 mil de vinos varietales, etiquetados con la marca Agrestis.
El emprendimiento arrancó en el 92 con 15 hectáreas de viñedos en los que predomina la uva Chardonnay y tampoco falta la Pinot Noir, las uvas esenciales para elaborar champaña. De reciente implantación son las Merlot y la blanca, perfumada Gewurztraminer.
El NG es suave y de agradable sabor, un muy interesante nature genuino, ya que prescinde del licor de expedición. ¿De qué corchos le estoy hablando? Se lo explico sencillito: el mentado licor, que no es tal, es un vino con una cantidad variable de azúcar (la dosis define el tipo de espumoso que se busca elaborar, si brut, extra brut, brut nature, demi sec?) y se añade después de eliminar el tapón de lías muertas.
Río Negro es territorio idóneo para la elaboración de espumosos. "La zona los produjo de calidad superior ?subraya Girardelli? al punto que a fines de los 50, Chandon decidió instalarse en Choele Choel, pusieron viña pero el gobierno no permitió que prosperara y en el 60 la empresa se fue a Mendoza".
Los Girardelli reciben visitas por el día desde hace unos cuatro años y proponen tres modalidades, con tarifas diferenciadas.
Los vinos de Noemí
La dama de itálico linaje llegó al valle, instada quizás por el enólogo Hans Vinding-Diers que ya había tenido una provechosa experiencia en la zona, con ocho años de asesoramiento en Humberto Canale (de este prestigioso winemaker es la paternidad del preciado Pinot Noir Reserva).
Noemí Marone Cinzano (dueña de una bodega en Burdeos y otra en Italia, en Montalcino, patria del apreciable Brunello) recorrió y dijo compro cuando vio el monte que se resguarda al pie de una barda, donde el viento sopla pero no fustiga y donde la amplitud térmica es notable sin el karma de las inclemencias fatales de las grandes alturas.
La adquisición de 167 hectáreas en Valle Azul quedó formalizada en mayo de 2003: hubo que desmontar, construir camino, traer la red eléctrica, bombear el agua del canal del riego? En el único alto que acusa el terreno, Noemí hizo levantar su casa; en otra loma se sitúa la sala de degustación con una cava en la que Hans colecciona vinos nacionales, y abajo está la bodega. Enfrente, la parcela experimental de 4 Ha de Malbec, ½ de Merlot y otro tanto de Petit Verdot. Del otro lado de las uvas está la casita de huéspedes. Un amor de refugio, eso es lo que es.
El viñedo viejo, la felicidad de esta signora y Hans, está en otra parte; a 40 km de la bodega, en Mainqué. Allí se guarda un verdadero tesoro de 1932, el que da sus frutos para el Noemía, vino tinto acorde a su cuna. Hay también una parcela con vides de 1955, con cuyos frutos se elabora el tinto J. Alberto (en honor a un tío de Noemí) y parte del A Lisa (in memoriam de su abuela) que se completa con uvas compradas a productores locales. El total de este viñedo viejo son 8 Ha, y la parte más antigua ocupa nada más que una hectárea y media.
No están las puertas de la bodega abiertas al turismo ni es evidente su existencia, metida como está tierra muy adentro, pero Noemía es una distinción del valle insoslayable, con vinos cuya estirpe devuelven la fe en el trabajo; espejos del lugar origen, hacen que el mundo tenga ganas de ellos, de su tierra y de la gente que los crió. Emprendimientos como éste son los que le cambian la vida a los lugares.
La chacra del Pinot noir
A la vuelta, como quien dice, del viñedo de Mainqué, a 20 km de General Roca, otra flamante bodega (italiana también) apunta a hacer vinos mayores en reducida cantidad. Detrás también está la mano santa de Hans y, atención al dato, aquí nada más se elabora vino tinto Pinot noir. Tienen 22 hectáreas ?con una viña vieja de 10 Ha? de este cepaje, quebradero de cabeza en tantas otras partes, estrella mayúscula en el valle.
Los racimos recolectados se acomodan en cajas, se refrigeran y al día siguiente se desgranan a mano y se mandan a las piletas de hormigón, donde fermentan por maceración, sin añadido de levaduras, de 15 a 20 días. Luego se decanta el vino por gravedad y a las barricas se ha dicho, a dormir por 11 meses. El 95% del vino se va al mercado externo; el resto se vende sólo en hoteles top y vinotecas de Buenos Aires y de la Patagonia.
Chacra quedó lista en marzo de 2006, en pleno fervor de vendimia. Hecha de bloques de hormigón protegidos con material aislante, responde a los criterios de una arquitectura modernísima, cúbica, y aunque súper luminosa, no recibe sol directo. La sala de las barricas (117, puro roble francés) es una caja dentro de otra.
La novel bodega es propiedad del marqués de Sassicaia, referente emblemático de la vitivinicultura en la Toscana (Italia), a quien se le debe la concepción de un tinto varietal 100% Cabernet sauvignon de calidad superlativa. El revuelo que ese producto armó cuando salió a la luz, es parte de otro capítulo; pero está claro que al marqués le van los desafíos. Ahora la emprendió con el Pinot noir rionegrino? y hará historia. No hay más arrimar los sentidos a las maravillas que están concibiendo sus hombres.
Los "nyc" infinitos
Pañuelo al cuello y peinado hacia atrás, de intachable vestimenta y un trato que sólo los caballeros saben prodigar, monsieur Hervé Fabre jura por sus ancestros que vivir en la Argentina es una experiencia, por ahora irrenunciable. Bastante verdad ha de ser, si tenemos en cuenta que ya lleva en el país una larga década; que está felizmente afincado en Mendoza, a tiro del Domaine Vistalba, la bodega que fundó en sociedad con Montmayou, y que desde el 97 extendió sus redes a la Patagonia.
El horizonte inalcanzable de la estepa inspiró el nombre del vino: Infinitus. Un cauquén ilustra las etiquetas y en las botellas se guarda la calidad de unos productos que fueron una revelación, vigorosamente frescos y límpidos. Con la compra de las tierras (70 hectáreas) venía el viñedo (45 hectáreas) lleno de Malbec, Cabernet, Merlot, Syrah, Torrontés, Semillón y Chardonnay, cepas plantadas en la década de los 60.
A tiro de piedra de General Roca nacen los agradables bivarietales (un blanco y dos tintos) de Hervé Fabre, pero viajan a Vistalba para su crianza, fraccionamiento y comercialización. El Gran Reserva Merlot es otro excelso ejemplo de lo que dan los pagos patagónicos en materia de tintos difíciles. Los Infinitus son vinos nyc atípicos (nacidos en Río Negro y criados en Mendoza) de los que un 65% del volumen que producen (unos 300 mil litros) se va afuera.
En proyecto, un vino bio dinámico, y para el próximo año habrá champaña elaborado por método absolutamente ancestral.
En el este, otro paraíso
Es la segunda visita de esta revista a las bodegas de San Patricio del Chañar (LUGARES 128), el foco vitivinícola más joven del país que se desarrolló al norte de la ciudad de Neuquén. Nació de un emprendimiento mobiliario que propició un diferimiento impositivo, pero al margen de las críticas que esto ha suscitado, el resultado fue provechoso. Nadie, por empezar, imaginaba que el este neuquino iba a convertirse en tierra de grandes vinos. Al igual que en el Alto Valle (no obstante la composición del suelo, que es distinta), uvas como la Pinot noir y la Merlot dan resultados excelentes. Y no son las únicas. ¿Qué tal los Malbecs, los Cabernets, los Sauvignon blanc?? Estupendos.
La ruta de San Patricio del Chañar es breve pero rendidora: las bodegas y sus viñedos son ejemplos de avanzada y dos de ellas tienen restaurantes abiertos al público. Dada la proximidad con el Alto Valle, ambas se enhebran naturalmente.
La infraestructura hotelera de la región todavía tiene sus limitaciones, pero todo se andará. Por lo pronto, ya está cuajando la idea de un hotel y bodega en el cogollito de San Patricio; se habla y mucho del proyecto Muñoz del Toro pero? mejor se lo contamos cuando se concrete. Por cábala ¿vio?
Alma de dinos
Ya lo hemos contado y aquí lo repetimos. Cuando excavaban el terreno para construir la bodega Schroeder se toparon con huesos de un monstruito jurasico, porque de estas criaturas también está hecho el suelo de Neuquén. El hallazgo le dio identidad al vino más conocido de la casa, Saurus, y el visitante puede apreciar tales restos fósiles en la última etapa del recorrido, al llegar a la cava.
Schroeder es toda madera clara y destello de tanques de acero inoxidable que son como Leo Puppato, padre de todos los vinos aquí, quiso que fueran. Igual que dispuso dónde habrían de ponerse las barricas, hoy 700. La orientación y diseño del edificio no son producto del azar; el arquitecto Ernesto Tonelli lo hizo mirando al noroeste, que es el camino de los vientos más fuertes, y el techo lo concibió como el ala de un avión, de manera que la molienda, que se realiza afuera en la parte posterior, queda protegida por la barda que tiene enfrente.
El restaurante es espléndido. Uno llega hasta allí, en plena estepa y a la gratificante visión de los viñedos y el paseo por una bodega modernísima añade la naturaleza de ese ámbito gourmet, puesto de maravillas. El chef es Boris Walker, un suizo licenciado en gastronomía y marketing que había estado en la Argentina del 96 al 00; aquí conoció a su actual mujer, se fueron para allá y a fines de 2004 volvieron. Las vueltas de la vida lo trajo a Boris hasta San Patricio y su mujer no puede estar más feliz, porque además ella es de Neuquén.
Las siglas del vino
NQN es la firma que más focalizada está al turismo. Tienen programas de visita durante la vendimia, es el momento más crítico para quienes están trabajando en la bodega pero el más colorido en los viñedos. Ahora estaban viendo de implementar el tema de la poda como atractivo; esta tarea es clave para el buen desarrollo del follaje y los futuros racimos, así que instructivo sería, qué duda cabe. Al final del recorrido, en el Wine Shop venden hasta cremas rejuvenecedoras para la piel, del laboratorio Icono, y es, parece ser, uno de los productos que más se venden. Las artesanías mapuches conviven con botellas (muy lindas) de grappas varietales, ideales para regalar y regalarse.
Comer después del recorrido por los intersticios de esta bodega que también hace vinos remarcables, es un obligado final. El restaurante Mallma también saca provecho del entorno con sus paredes transparentes, para que el viñedo que se explaya del otro lado le recuerde a cada mortal que allí se sienta y come, que el líquido que brilla en su copa se originó en esas vides. La ejecución de los platos recae en de Matías Núñez y una brigada de la escuela Gato Dumas.
La capacidad en tanques de NQN es de 1.810 mil litros; tienen 106 barricas de roble francés y americano y en estiba se contabilizan 400 mil botellas.
Enormemente enorme
La bodega madre de todo el desarrollo vitivinícola de San Patricio del Chañar deja boquiabierto a los que hasta aquí llegan. Miren hacia donde miren, se encuentran con innumerables tanques de reluciente acero inoxidable, barricas que superan las dos mil unidades y botellas en estiba que son, a simple vista, la trama misma de las paredes. De reciente adquisición son los cuatro toneles de seis mil litros cada uno, que se destinarán, en palabras de Julio Viola hijo, "a criar productos súper especiales", todavía en etapa de elucubración.
Detrás de toda tanta ebullición de mostos y un mar de vinos haciéndose, está la sensatez de Marcelo Mira, enólogo de 44 años, oriundo de San Rafael (Mendoza). Con 12 años al servicio de la bodega Humberto Canale y comprometido con ésta, la Del Fin del Mundo, desde que arrancó, Marcelo cultivó un amor al arte de hacer vinos con una pasión especial por el Semillón y no lo esconde; "es el Malbec de los blancos" dice.
El viñedo cubre 800 Ha; alrededor del edificio son 400 las hectáreas y al fondo están las llamadas chacras verdes. Son las propiedades que generó el emprendimiento inmobiliario de Julio Viola. La chacra se vende armada, con tractor y encargado incluidos, y al que compra se le ofrece, además, asesoramiento.
Por Rossana Acquasanta
Fotos de Denise Giovaneli
Publicado en Revista Lugares 136. Agosto 2007




