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Desde el aire, el paisaje invita a instalarse junto a una ventanilla del avión y acompañar el descenso con la ñata pegada al vidrio. Los cordones montañosos preceden al valle, por el que se desparrama la ciudad.
A escasas dos horas de vuelo desde Buenos Aires, la capital chilena es un destino idóneo para una escapada corta y rendidora.
Algo nuevo se respira en sus calles. Modernidad y renovación es la fórmula que en los últimos años viene marcando el cambio de imagen de una ciudad históricamente tradicional y conservadora. ¿Una nueva Santiago? En eso andan.
El centro
Casi todos los circuitos urbanos se inician en una plaza central donde comenzó la historia. En Santiago, el punto de partida es la Plaza de Armas. Hoy tiene estación de metro propia y está justo en el corazón de la primera ciudad, aquella que fundó Pedro de Valdivia en 1541.
Bajo los árboles de la gran plaza, los santiaguinos se toman un respiro, mientras algunos artistas ?pincel en mano? se esmeran sobre sus telas con la esperanza de tentar a algún turista extranjero: un paisaje o un retrato al paso, le salvarán la jornada.
La catedral domina la panorámica. En realidad se trata de la tercera versión edilicia; es de 1775 y vale la pena una visita. Un jueves al mediodía puede deparar la sorpresa de encontrar la capilla lateral repleta de fieles que escuchan misa.
A un paso se destaca el Correo Central, una construcción con cúpula y mansarda donde funciona el Museo Postal y Telegráfico. Sus cuatro pequeñas salas recrean con diferentes ambientaciones la labor del correo en los albores del siglo XX. También se exhiben telégrafos, buzones, franqueadoras y antiguas balanzas, entre otras reliquias, que ayudan construir en la imaginación el mundo postal de antaño. La sala filatélica es una de las más interesantes; está organizada en sucesivos paneles desplegables y cuenta con unos dos mil sellos de todo el mundo: una perlita para coleccionistas y curiosos.
El circuito alrededor de la Plaza se completa con el Museo Histórico Colonial, antes sede de la Real Audiencia, que muestra una concentrada versión de la historia chilena, desde los tiempos precolombinos hasta el siglo XX.
A unos metros, sobre la calle Merced, la Casa Colorada fue la vivienda del conde Mateo Toro Zambrano. Allí descansaron San Martín y O?Higgins luego de la batalla de Chacabuco y hoy alberga el Museo de Santiago, especializado en temas de desarrollo urbano.
Pero lo mejor de la zona es el Museo Chilenode Arte Precolombino (Bandera 361).
El edificio que alguna vez fue Palacio de la Aduana, cuenta con una maravillosa colección de piezas de los diferentes pueblos de América, desde los inicios del arte cerámico y textil hasta la llegada de los españoles.
La puesta es excelente y cada vitrina posee un atractivo singular. Quien haya visitado México, Perú, Colombia, Centroamérica, incluso el Noroeste y la Patagonia argentina, encontrará aquí una suerte de síntesis de lujo de cada cultura, representada en bellísimos y valiosos objetos. Jugadores de pelota mayas esculpidos en piedra, estelas talladas, tejidos mapuches, trabajos en oro y plata de la culturas andinas y cerámica de Nazca, son algunas de los muchos atractivos del sitio.
El museo cuenta además con exposiciones temporales. Ahora y hasta mayo es el tiempo de Laberintos de un traje sagrado. Luz tenue y murmullo de pájaros reciben al visitante que recorre la muestra por una serie de pasadizos destinados a mostrar el complejo arte de la textilería chimú. Esta cultura se desarrolló en la costa norte y central del Perú entre los siglos lX y XV y es famosa por los inmensos palacios de barro que construyó en la capital imperial de Chan Chan.
Después de semejante recorrido cultural, una parada logística resulta imprescindible. A un lado de la Catedral, sobre la Plaza de Armas, hay unos cuantos barcitos de comida rápida, sin muchas pretensiones, que permiten descansar y seguir adelante.
La peatonal Ahumada lleva hasta Club de la Unión, reducto emblemático de la crème de la crème chilena. Desde allí, la calle Nueva York conduce a la Bolsa de Comercio. Después hay que avanzar por una callejuela lateral, simpática y empedrada ?llamada precisamente La Bolsa? para observar detenidamente todo la construcción.
Muy cerca, está el Palacio de la Moneda.
La Moneda y el Mercado
Una gran explanada precede el edificio de concepción neoclásica, que alguna vez sirvió para acuñar moneda y luego se trasformó en Palacio de Gobierno.
Hoy se visitan los dos patios centrales, custodiados por guardias de impecable uniforme blanco, versión sofisticada de los carabineros.
Pero la gran novedad es el recientemente inaugurado Centro Cultural Palacio La Moneda, a un lado de la casa de gobierno.
Una gran sala destinada a las artesanías chilenas ?donde se pueden comprar lindos objetos de factura local? y otros espacios para muestras temporales, completan el atractivo del lugar. Contará, además, con una exhibición permanente sobre la obra de Violeta Parra.
Una larga caminata en dirección al río Mapocho lleva hasta el Mercado Central (Ismael Valdés Vergara entre 21 de Mayo y Paseo Puente); otra alternativa es tomar el metro hasta la estación Cal y Canto.
El recinto fue construido hacia finales del 1800, a partir de una estructura de hierro prefabricada en Inglaterra. Primero se pensó para exposiciones de arte pero no tardó en transformarse en centro de compras y así perduró. La actividad comienza bien temprano y termina ?anótelo? a las cinco de la tarde.
Los vendedores de pescado aparecen alrededor de las seis de la mañana para recibir la carga que llega desde el extenso litoral marítimo chileno. Por momentos, el sitio es un hervidero y los turistas se mezclan con los locales que van a comprar. Choritos, jaibas, erizos, ostiones, algas, una gran variedad de pescado y otros mariscos se exhiben en los puestos; es todo un plan recorrerlos con tiempo para observar cómo limpian, pacientemente, los erizos o convierten el salmón en filet.
Al mediodía se puede almorzar en alguno de los restaurantes del mercado; el más famoso es Donde Augusto, cuya especialidad es la paila marina, una versión propia de la cazuela de mariscos.
Lastarria
Si el día es agradable, caminar desde el Mercado hasta el Museo de Bellas Artes por el Parque Forestal es una buena idea. Concebido por el paisajista Jorge Dubois, el Parque es un manchón verde que corre paralelo al río Mapocho.
Al final está el gran palacio que alberga al Museo Nacional de Bellas Artes y al Museo de ArteContemporáneo.
El edificio se diseñó inspirado en el Petit Palais de París y tiene un aspecto decididamente neoclásico, con detalles decorativos de puro Art Nouveau. En él se exhibe una extensa colección de pintura de plásticos nacionales y extranjeros; una sala entera está dedicada a la obra del pintor chileno Roberto Matta, mientras que en la planta baja hay muestras temporales, en general de artistas contemporáneos.
En los alrededores de la Plaza Mulato Gil, el barrio cobra color. El Museo de Artes Visuales (Lastarria 307) conjuga las obras más modernas con un pequeño museo arqueológico.
En las cercanías, los cafecitos y restaurantes forman un atractivo conjunto para disfrutar desde el atardecer. Pérgola de la plaza, R y Victorino ?todos sobre la calle Lastarria? y Patagonia (Huérfanos 609) son algunos de los puntos que convocan para el pisco sour o un simple y universal café.
Se puede deambular entre los puestos del mini mercado de pulgas o curiosear en la disquería Kind of Blue (Merced 323), especializada en jazz y música contemporánea. Allí atiende Víctor González, conductor del programa A todo Jazz que se transmite por Radio Universidad.
En plan shopping, Ají (Lastarria 316) es el lugar para comprar ropa y accesorios, modernísimos y fuera de lo común. Si prefiere una versión telúrica, camine hasta Tampu (Merced 327), una tienda que trabaja con diseños inspirados en la iconografía precolombina chilena.
Bella Vista
Para visitar la casa de Pablo Neruda hay que llegar a este barrio, al pie de cerro San Cristóbal. La Chascona (Fernando Márquez de la Plata 192) es el nombre de la casa que el poeta hizo construir para los encuentros con Matilde Urrutia.
El refugio tiene alma de barco y en el diseño se notan los muchos guiños que rememoran la vida en alta mar, ejemplo de la fascinación que por ella sentía el poeta. El living fue pensado como un faro, con un gran ventanal para ver la cordillera en lugar del mar. En la sala de lectura, el piso es de madera y tiene una suave inclinación; además cruje al caminarlo. Aquí y allí hay muebles rescatados de antiguos navíos.
La vivienda fue edificada junto a una cascada que hoy no existe; entonces, el agua formaba una suerte de arroyuelo que recorría la propiedad.
A un paso, la calle Pío Nono, es el corazón del barrio y en el que abundan lugarcitos muy económicos para comer. Por la noche, la zona es territorio de adolescentes, en especial los fines de semana. En las calles de los alrededores ?Dardignac y Constitución? el nivel gastronómico sube y los precios también, con sitios más cuidados y atractivos.
Subir a la cima del San Cristóbal en funicular es un lindo paseo para ver la ciudad desde lo alto, cuando el nivel de smog lo permite.
El breve viaje se inicia en la estación Pío Nono. Ya en la cima, hay que probar el mote con huesillo, bebida típica chilena hecha con durazno secos cocidos y trigo, que se aprecia bien helada.
Para el descenso, se puede tomar un cable carril que lleva al otro lado del cerro hasta la estación Pedro de Valdivia Norte, en Providencia.
Mesas de la ciudad
Las hay y muchas, producto de una movida que se inició hace algunos años. Hoy Santiago bien justifica una escapada ciento por ciento gourmet.
En Las Condes, muy cerca del Golf, la avenida Isidora Goyenechea tiene un carácter decididamente chic y cosmopolita, con el glamour que le imprime la vecindad del hotel Ritz. En esta zona residencial de edificios carísimos, restaurantes y tiendas de ropa y diseño comparten la escena a uno y otro lado de la avenida; caminarla de punta a punta es un verdadero placer.
El Nolita (Isidora Goyenechea 3456) abrió sus puertas a principios del 2005 bajo la dirección experta del chef Pancho Toro, famoso cocinero de la TV chilena y creador de A pinch of Pancho, restaurante tradicional de cocina norteamericana en la zona de Providencia.
El Nolita tiene una ambientación tranquila y cuidada y un clima de bistró neoyorquino. Pastas, mariscos y pescados protagonizan la carta. Porciones importantes y precios razonables se suman a ciertas premisas de calidad: la pasta se prepara en el momento que el garzón ?mesero chileno? toma la orden en su palm; el pan se amasa todos los días y los helados se preparan una hora antes de llegar a la mesa, ni más, ni menos.
El generoso surtido de mariscos ?ceviche de jibia, salmón ahumado, centolla, ostiones al vapor y camarones? es para comer de a dos. Si no puede prescindir de las pastas, los canelones de centolla son una buena opción. Y para sellar el rito, panna cotta con salsa de naranja.
En Vitacura, el Europeo (Alonso de Córdova 2417) ofrece una versión personal e innovadora de la cocina francesa. Carlos Meyer, propietario y chef, se formó en Suiza y trabajó en Europa durante años. De vuelta en Chile, montó el restaurante en un chalet con dos estilos bien diferenciados: por un lado la brasserie, de ambiente décontracté e ideal para disfrutar de una comida informal y por otro, la atmósfera elegante y casi de etiqueta que impera en el gran living; aquí la carta abunda en platos refinados de cuidada elaboración. La carta de vinos cuenta con 220 etiquetas organizadas por cepas y tiene una sección armada por cosechas verticales.
Para abrir el juego: la deliciosa terrina de hígado de pato, o, si es fanático del ahumado, pida la variación de salmón ?el ahumado se lleva a cabo en la casa? aunque después no pueda dejar de tentarse con el filet de salmón (levemente ahumado al calor y marcado a la parrilla) sobre ensalada de berros. De postre, la crème de vainilla sobre coulis de frutas al oporto y helado de lavanda.
Muy cerca, Puerto Fuy (Nueva Costanera 3969, Tel: 2028-8908) dirigido por el modernísimo Chef Giancarlo Mazzarelli, se convirtió en el preferido por locales y visitantes. Para probar los platos de la carta, especializada en pescados y mariscos, es imprescindible reservar mesa con varios días de anticipación.
Al otro lado de la ciudad, en el Barrio Concha y Toro, Zully (Concha y Toro 34, Tel: 696-1378) es una sensación. Fuera de los circuitos habituales, el restó ocupa el lugar de un casa de 1920, reciclada. Cada cuarto está ambientado de una manera particular; el salón de las Monas reproduce las famosas pinturas del uruguayo Jordi Labanda y es uno de los más solicitado. La cava, la terraza y el patio se suman al resto de las salas, que son cinco. En este multiespacio, la cocina está a cargo del chef Charles Becar; a su oferta de pescados, mariscos y carne suma un plato a base de avestruz.
Jofré (Jofré 388, Tel: 635-1927) es contraseña de picada en el centro de la ciudad. Ojo, no confundir con la picada argentina, esa que abunda en salamines, quesos y jamones. En Chile, picada es un localismo que se refiere a un sitio bueno, poco conocido y barato (aunque esto último no aplica para Jofré). El restaurante se armó en una antigua casa de alquiler que se reacondicionó, sin perder el espíritu original de adobe y madera.
La carta tiene pocos platos y se arma a diario con la oferta del mercado, salvo el pastel de jaiba y las pastas, dos propuestas que sí son fijas.
Escapada a una viña
Desde Santiago sólo hay que hacer unos pocos kilómetros para acceder a un medio verde y rural. La visita a un viñedo, por lo tanto, puede hacerse en media jornada, si es que el tiempo disponible es escaso.
Además de las bodegas tradicionales ?Concha y Toro, Cousiño Macul y Undurraga? existen otros circuitos más novedosos. El valle del Alto Cachapoal es una interesante ruta del vino con once establecimientos abiertos al visitante. Uno de ellos es Anakena (camino a Pimpinela s/n Requinoa, Tel: 72 55 2535. e-mail: info@anakenawinwes.cl. Visita y degustación con reserva previa. Gratis), perfecto para una recorrida corta.
Hay que tomar la ruta 5 sur, que lleva directo a Requinoa, un camino que trascurre entre la cordillera y una línea de cerros más bajos. En la 6° Región, comienzan a aparecer los viñedos y los campos de árboles frutales. Otra alternativa es tomar el Metrotren en la capital.
Ubicada a unos 100 km de Santiago, Anakena comenzó a funcionar hace unos ocho años. En las 150 hectáreas de la propiedad se cultivan variedades tintas como Cabernet Sauvignon, Merlot, Carmenère, Syrah, Malbec y Pinot Noir que ocupan un 70% de la tierra. El resto está dedicado a las variedades blancas como Sauvignon Blanc, Riesling, Viognier y Moscatel de Alejandría.
El recorrido comienza por un muestrario gigante, de casi una hectárea, donde se pueden ver las diferentes cepas. Luego está la bodega y los productos que elabora: Anakena ?en versiones varietal, reserva y single vineyard? y Ona, línea premiun de assemblage.
La degustación se realiza en la gran casa, construida a imagen y semejanza de las antiguas viviendas coloniales. La actividad viene precedida de un entretenido juego que ayuda al viajero a agudizar sus sentidos, básicamente el olfato, y por fin todos prueban una selección de vinos guiados por un experto.
Y después, de vuelta a la ciudad con gusto a vino chileno y el placer de haber pasado varias horas al aire libre. El consejo de LUGARES es programar la visita a la bodega para el último día; como cierre de la escapada al país vecino es ideal.
Por Gabriela Pomponio
Fotos de Daniel Biagini
Publicado en revista LUGARES 0119. Marzo 2006





