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Todo está como era entonces. Una calle de tierra que sube y conduce hasta la comisaría, la iglesia y el (nuevo) cajero automático. Una avenida -la RP 65- que va paralela al lago y pasa delante del muelle, el correo y los bomberos. Varios campings, algunos complejos de cabañas, una chocolatería, una fábrica de alfajores y unos pocos restaurantes. Las rosas bien cuidadas, el césped corto, los juegos en la plaza casi siempre solos, el camión aguatero que aplaca la polvareda todas las tardes.
En la tres Villas que impulsó el Estado en la década de 40 ?Traful, Angostura y Mascardi?, el destino no pudo haber operado más distinto. Mascardi terminó consumida por el desarrollo de Bariloche, La Angostura recibió lluvia de inversiones y apechugó con ellas, y Traful? Traful es la que parece aferrarse con gusto a aquellos años. Al menos para los incautos, los que se fijan en la fisonomía exterior. Por dentro pasan cosas: hay debates, intereses, cuestionamientos. Sin embargo, por algo que oscila entre la preservación y el conservadurismo, Traful mantiene una actitud esquiva frente al exitismo del falso progreso. Y, sobre todo, un poder de encantamiento que no falla.
Sucede cuando uno llega y se detiene en el centro de la plaza (que no tiene forma de plaza) y mira la calle que sube a la comisaría, la avenida que pasa frente al lago. Es cuando comprueba que el tiempo aquí se detuvo. Y no entiende cómo puede ser en esta Patagonia en alza del siglo XXI. No es posible, no, no? Es cuando, sin haberlo percibido, sucede el hechizo.
Le pasó a René Zapata, que llegó en1994 desde La Plata. Vio Villa Traful y le dijo a Marta, su mujer: "yo quiero vivir y morirme aquí". Logró que un vecino ?el de las cabañas Waldesruh, con uno de los jardines más cuidados de la Villa? le vendiera una porción de tierra en lo alto de una colina y montó allí la parrilla La Terraza. René falleció en 2004 y ahora su hijo Daniel regentea el rumbo de la rebautizada Alto Traful, siempre con las mejores carnes y una vista insuperable.
Alberto Casabonas es el concesionario de Los Troncos, el restaurante de la hostería y cabañas Villa Traful. Y si bien conoce el lugar palmo a palmo ya que lo eligió como destino de vacaciones desde 1989 hasta 1999, es una víctima más de sus problemas de vivienda. Duerme en su motor home porque no consigue que nadie le alquile una casa todo el año.
Cualquiera de los 600 habitantes del lugar recuerda o escuchó hablar de Walter Overbeeke y especialmente de su viuda Margot. Fueron los concesionarios de la hostería Rincón del Pescador (hoy Marinas Alto Traful) y crearon leyenda. Él llegó en 1966 y trajo de Mar del Plata la imagen de la virgen de Stella Maris ?patrona de los navegantes? que instaló en una cueva natural en uno de los acantilados de la costa de enfrente. El sitio es conocido como la Gruta de la Virgen y constituye parada obligatoria en el paseo al Bosque Sumergido. Son coihues y cipreses que se mantienen bajo el agua desde hace 90 años, tras desprenderse con montaña y todo como consecuencia de un sismo en Chile. Es una imagen onírica de transparencia turquesa y azul que funde a negro en un escenario de ramas grises de memoria centenaria. Cada tanto, una de esas ramas sale a la superficie como pidiendo auxilio, pero el bosque está intacto allí abajo.
Armando es el nuevo encargado de Marinas Puerto Traful. Conoce a los dueños del hotel −los mismos del Marinas Alto Manzano de Villa La Angostura− de otras temporadas en Las Leñas y Caviahue. Este verano estará abocado a atender las 17 habitaciones del único hotel de la villa, al que le cambiaron la decoración y algunos sanitarios, a la vez que sumaron detalles de servicios como picadas y tragos a la hora de la tarde, cuando los huéspedes regresan de sus jornadas de pesca o excursiones.
Esther Christensen es la creadora de Ñancu Lahuen, la primera chocolatería del pueblo. Sus tres hijos son nacidos en Traful e hicieron la escuela en Bariloche. En esa etapa fue que Esther comenzó a hacer tortas para el Cerro Catedral y huevos de Pascua. Esteban Gresznaryk, su esposo, es auténtico nyc (nacido y criado en Traful, pues sus padres eran los encargados de Huinca Lu, la estancia que está sobre la RP 65 camino a Confluencia). Cuando los chicos crecieron, y ya no hubo que viajar de lunes a viernes a Bariloche, naturalmente surgió la idea de abrir Ñancu Lahuen en el terruño. Y como ya hacía tiempo que habían cerrado los restaurantes Til Til y Ruca Mac, nombres que hicieron historia en la corta historia de 70 años de este pueblo, pronto surgió la necesidad de abrir el salón comedor. Y así es como ahora se come aquí la mejor trucha a la manteca. En temporada alta, no es rara verla a Esther preparando chocolate a medianoche, a Esteban dando una mano con la caja y a sus hijas Patricia y Cristina desplegando manteles y vajilla sin respiro.
Ahora bien, si de pioneros se trata, es deber mencionar a Jacqueline Marti, hija de un matrimonio de suizos que llegaron a Traful en diciembre de 1940. Jacquie todavía recuerda los tiempos en que la hostería, que empezó siendo solo restaurante, servía almuerzos para 200 comensales. Sus padres tuvieron en la década del 50 la única usina que vio la luz en el pueblo. Más de 20 años después, llegarían los motores que aún hoy funcionan a diesel. Al principio los encendían sólo algunas horas por día. "Hoy no, cuando andan, andan, si andan", explica Jacquie que prefiere no dar el e-mail porque no sabe cuándo arreglarán el servidor. Cuando ella se casó, abrió la casa como hostería y con sus cuatro hijos (Germán, Mario, Andrés y Laila Quelín) incluyeron luego las cabañas.
En términos históricos, no hay servicios turísticos más antiguos que los que prestan los Marti, y sin embargo hay que charlar con Jacquie, que llegó a tener una empresa de radiotaxis en Bariloche, para darse cuenta de que la coneja corre y mucho. En un lugar en el que prácticamente nadie vende terrenos y el gobierno del Neuquén aplica un riguroso plan maestro en cuanto a desarrollo urbano, Jacquie sabe que es millonaria en tierras. Mientras contempla el jardín de rosas que forma parte de las siete hectáreas de la propiedad reflexiona acerca de cómo será lo que vendrá. Como sea, probablemente suceda en Traful, donde Andrés trabaja como guía de pesca y descansan los restos de sus padres. Herman murió en 1989 e Irma en 1991. El pequeño cementerio de la Villa tiene un cerco de abetos altísimos y un suave pendiente hacia el lago.
El Ruso se llama Néstor Grees. Su empresa es Eco Traful, pero para todos es lo del Ruso. La suya es una de las das únicas agencias de turismo y organiza salidas al bosque sumergido y a las lagunas Las Mellizas. Escondidas en la costa de enfrente del lago Traful, se trata de un par de joyitas a las que se arriba en jornada de día completo, únicamente con guía. Tras desembarcar en la Bahía Grande, donde se puede encontrar al poblador Ismael Livio que, con 93 años, rema y cruza solo el lago, comienza el trekking de 12 km. La salida incluye visita al Alero Las Mellizas, un paredón de 15 metros de frente y 4 de ancho, con las pinturas rupestres más importantes del Parque Nacional Nahuel Huapi. Están a 1.050 metros sobre el nivel del mar, en las estribaciones del cerro Huelta. Son 33 motivos regulares (círculos, cruces, formas peiniformes) perfectamente identificables y que permiten acercarse a la cosmovisión andino-patagónica.
Siguiendo el curso del Arroyo Verde aparece a la primera laguna, la Verde, rodeada por un área de mallines. Le sigue la laguna Azul, donde el calor del verano suele invitar al chapuzón de los más valientes. La siguiente parada, antes de emprender la bajada hacia la costa, es un portezuelo de 1.200 metros desde donde se obtiene una panorámica soberbia del lago Traful y su entorno. Otro mirador para tener en cuenta es el de la piedra El Naso, en el trekking al Cerro Negro. Son cinco horas de sendero autoguiado, cuyo punto de partida está detrás de la Secretaría de Turismo, en pleno pueblo. Desde allí arriba se llega a ver el Lanín.
Por último, un balcón que figura entre los singulares de la región de los lagos es el Mirador del Viento. Más conocido como Mirador del Traful, es el peñasco que cae vertical sobre el lago. Está a pocos kilómetros de la villa y se llega después de trepar unos pocos escalones. Desde arriba se ve la coronilla del bosque de cipreses que crece en los acantilados. Tenga cuidado si juega a arrojar alguna piedra o rama. El nombre no es en vano: el viento golpea en el paredón, generando térmicas y ráfagas que hacen muy difícil que caigan al agua. Mucho más probables que los objetos vuelvan cual boomerang hacia la cara.
Patricia Pasarón y Eduardo Datoli son oriundos de General Roca. Se instalaron en Villa Traful en 1986. Él trabajó como guía de pesca, tuvieron un kiosco, prepararon tortas para el ACA de Confluencia, hasta que un día se pusieron a hacer alfajores. Fue cuando Alberto Lopatín, que estaba como concesionario de la confitería del Bosque de Arrayanes, les preguntó si podían hacer 500 alfajores por semana. Hoy, la fábrica Del Montañés, prepara 1440 alfajores por día que se distribuyen en toda la región, y elabora también dulces y helados. Los Datoli abrieron un complejo de cabañas y una tienda de artesanías. Eduardo fue director de la Comisión de Fomento del pueblo hasta hace pocos días y es un convencido del crecimiento pausado y sostenible de Villa Traful.
"Hay varios tipos de oro", les dijo siempre Osvaldo Lagos a sus hijos cuando ellos insistían en buscarlo en el río de la estancia que por algo se llama Minero. "El oro que está en el río es para criar flojos; y además no es suyo, se los va a quitar el Estado". A Osvaldo, a su vez, se lo repetía su padre Abel, y a Abel el suyo, don Feliciano Lagos, que se estableció en la zona en la década del 20. Si bien todavía discuten con la provincia y Parques Nacionales el tema de papeles, su estancia abarca la friolera de 32 mil hectáreas que lindan con las de Ted Turner, con quien han mantenido novelescas reyertas. Don Osvaldo no habla inglés, pero el honor y el amor por la tierra de sus ancestros no entiende de lenguas, y por eso los ha defendido a caballo y rifle.
Ante semejante figura paterna y familiar, la quinta generación de Lagos no podía ser menos.
Tras sucesivos conflictos con Parques, Lucas y sus hermanos decidieron capitalizar las enseñanzas, y pronto vieron en el turismo la posibilidad de profundizar en la causa. Así, cambiaron los perros leoneros por los labradores, "que son más ecológicos", les enseñaron a no correr a los patos de los torrentes, y montaron una empresa de cabalgatas que invita a recorrer al paso la perfecta transparencia del río Minero, después de un asado de ley, en lo que acaba siendo una jornada inolvidable.
Para los que se quedan con ganas de más ?que no son pocos? armaron tres cabañas de ensueño en tres lugares bien distintos de la estancia. Y decir tres lugares distintos en propiedades tan extensas implica kilómetros de distancia entre una y otra. A Lucas le encanta contar la experiencia de quienes se quedan varios días: "nos dejan a los hijos, los llevamos a andar a caballo, a pescar, a trabajar en el campo y se los devolvemos hechos unos indios", bromea bajo la mirada cómplice con su padre.
A la hora de continuar viaje, no hay apuro que merezca pasar por alto el Valle Encantado y parajes tan deliciosos como Cuyín Manzano. De allí son los Chamorro, familia paterna de Leonilda, la mamá de Lucas Lagos. Es un paisaje de bardas coronadas por cipreses, paredones que doran su cresta por la tarde mientras la oscuridad engulle los ríos y sus pedregosos lechos.
Por lo demás, todo está como era entonces en Villa Traful.
Relato y fotos: Soledad Gil.
Publicado en Revista LUGARES 140. Diciembre 2007.




