Valles calchaquíes

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12 de noviembre de 2009  • 00:00

El plan es simple y lo suficientemente promisorio: llegar a Salta, encontrarse con Fernando Gamarra, guía especializado en turismo cultural calchaquí, y salir por RN 68 hacia la Cuesta del Obispo.



Así se inicia este viaje de redescubrimiento. Por delante existe un territorio vasto de hallazgos grandes y pequeños, teñidos de los colores que aparecen en los sueños más profundos y mecidos al ritmo manso de la tierra parda y roja, el sonido de las maniobras del águila, el agua que corre, las campanas, los telares y los fuegos guardados en su horno de barro, y es mejor hacer entonces lo que en la caza inmóvil, es decir: no hacer (o hacer muy poco), para dejarse ser y dejar que sea el trayecto el que sugiera el qué y el cómo.



Así, vale repasar el itinerario: después de alcanzar las alturas del pueblo de Cachi, la idea es visitar los parajes de Payogasta y La Poma (con sus graneros incaicos cavados en la piedra) hacia el norte, y El Colte, el Camino de los Artesanos, Seclantás y Molinos hacia el sur, para regresar luego a la ciudad de Salta.



En el camino



La ruta que conduce a Cachi es un adentrarse lentamente en ese mundo tan propio de los Valles: primero está Cerrillos, donde se firmó el pacto histórico del mismo nombre, ahora célebre por sus carnavales; le sigue La Merced, que da comienzo a la Ruta del Vino (ver LUGARES 136), y El Carril, donde ya se ensanchan los plantíos de ají, pallares y tabaco. Enseguida, un camino cada vez más sinuoso marcado por quebradas: la de Pulares, con el río y la salvaje selva pedemontana; la del Infiernillo; la de las Goteras; y la de las Chuñas, donde se empiezan a apreciar las terrazas de cultivo originales de los asentamientos prehispánicos. Y puentes y pasos y peñas y abras y cientos de formaciones que no son sino una muy buena parte de las maravillas con que la naturaleza sabe entregársenos.



A lo largo de la ruta, y a medida que se va trepando, se destacan los matices de una magia que conjuga las texturas, las fragancias y los tonos de las plantaciones de maíz, habas y ajíes con el orgullo de plata de los álamos en recta al cielo, los sauces volcados, y abajo los nogales silvestres que forman selvillas a cuya sombra prosperan los helechos y, entre las flores, las reinas dalias encarnadas. Más los ríos: los ríos torrentosos de toda clase, cristalinos, leoninos y retintos, y los arroyos que se cruzan y se descruzan como un hilarse y deshilarse.



Tras la subida suave a la Quebrada del Escoipe, en El Maray ?un parador donde se puede comprar un buen queso y pan para el camino? comienza un camino que trepa hasta los 3348 metros. Conocido como la Piedra del Molino, es el punto más alto de la magnífica Cuesta del Obispo, que se extiende por 20 km de intrincadas curvas, peñones y pendientes ripiosas.



La sigue la entrada al Parque Nacional Los Cardones, con sus serranías marrón-azuladas y la Recta de Tin Tin: una traza inca que corta la llanura por 12 km de largo. Decir que este lugar es deslumbrante parecería un cliché. Los cerros de colores, el campo llano con su ejército de cardones imperturbables y las tropas de burros salvajes al trote, las siluetas dramáticas de las rocas y los cielos espejados sobre el valle anchísimo dibujan una suerte de partitura visual con una acústica perfecta, conmovedora.



A la salida del Parque sobresalen de inmediato las dos grandes cadenas montañosas que dominan toda el área ( Palermo y Cachi, cada cual con su pico nevado), y el sitio arqueológico que es atravesado por la ruta y en el que, según los expertos, hubo un importantísimo foco de intercambio entre los Incas y las tribus autóctonas. Es sólo cuestión de bajar del auto y mirar el suelo, porque de ello hay testimonio por todas partes. Así hasta la pequeña y doméstica Payogasta ("pueblo blanco"), parador obligado en la vía de acceso a Cachi, donde manda la Sala de Payogasta.



Se trata de la casa principal de la antigua finca de don Julio Ruiz de los Llanos, que ha sido recientemente reciclada y enriquecida con un viñedo que produce, en edición limitada, uno de los mejores Tannat de la región. Aquí se pueden degustar exquisitos platos regionales (ricottas y quesos de cabra especiados, ensaladas frescas, y carnes y achuras de cordero de elaboración propia) a la sombra de un amplio techado de cañas, y después visitar el mercado de artesanías, con un completo catálogo de lanas teñidas con flores y plantas nativas como el molle, el jume y el algarrobo. Se espera próximamente la inauguración del hospedaje de la Sala, una vez que las obras de renovación de la casa original hayan concluido. Y harán bien en estar atentos a este dato quienes busquen un espacio de soledad confortable.



Cachi




El pueblo de Cachi es por contraste un centro urbano, con su plaza seca de estilo calchaquí, ornada con piedras y pircas bajas, su iglesia de frente amarillo pálido y tres campanarios ?de las más bonitas del área, con su bóveda de madera de cardón?, y un laberinto desplegado de calles y casas claras al arrullo del inquieto río Calchaquí.



Cachi cuenta con una buena cantidad de hospedajes (entre ellos el Nériz, cuya propietaria se hizo rica cuando el marido encontró una vasija repleta de doblones de oro en el campo que labraba), comedores populares y almacenes sobre veredas elevadas, el impecable hotel y restaurante del ACA, la grata hostería El Cortijo ?con nuevo manager a cargo?, dos estaciones de radio, puestos improvisados de venta de productos típicos y no obstante, como en las postales, un aire tranquilo que invita a los paisanos a demorarse en las esquinas con un perro dormido a los pies.



Como parte de su variada gama de opciones, Cachi acaba de estrenar La Merced del Alto, un hotel de lujo emplazado en las afueras del pueblo. Se trata de una espléndida casona de estilo neocolonial recientemente construida, que domina el valle fértil con su torre, sus espaciosas terrazas y galerías, la piscina, y el remozado rancho (otrora la vivienda del predio) que funciona como spa. El contraste entre el señorío del hotel y la cuidada rusticidad del rancho de adobe ilustra la historia de este paraje, y se luce en una ubicación de privilegio, con vista asegurada del Nevado de Cachi cada mañana.



La experiencia del paisaje y el espacio arquitectónico coinciden aquí de modo soberbio: afuera los campos siempre verdes y las serranías, y en el interior todas las comodidades: un salón comedor, un bar, tres áreas de estar que comparten un inmenso hogar a leña, una cava, una sala de arte, una capilla, una tienda de artesanías, un business center, y un playroom con TV por cable y DVD. En el restaurante se sirve cocina gourmet de excelente preparación (se recomiendan los agnolottis de charqui sobre una cama de puré de maíz y habas), que es acompañada por una muy buena carta de vinos. Al frente de la atención está Diego Patrón Costas ?hijo de Alejandro, que lidera al grupo que es propietario del Solar de la Plaza y la agencia de viajes Tastil de Salta? y un staff local de excelencia. Y el plus: la vista del Nevado que se puede disfrutar desde el jacuzzi al descubierto.



La Poma




42 km al norte de Payogasta, La Poma es accesible por una ruta de ripio ?la RN 40? en zigzag y cuesta arriba que acompaña la margen este del río Calchaquí. En verano no siempre está habilitado (sobre todo para llegar a San Antonio de los Cobres, pues es preciso atravesar las alturas del Abra del Acay, donde la combinación de lluvias, aludes y deshielos suelen destrozar el camino), pero si está abierto, vaya: el viaje y la llegada son para el asombro. Después de atravesar quebradas, mesetas de lajares y valles azules sembrados de alfalfa, se llega al Campo Negro: una platea cubierta en piedra pómez oscura y diminutas flores de color fucsia, con una larga pirca renegrida. Al fondo se vislumbra el volcán Los Gemelos (una rareza geológica con dos cráteres ubicados en laderas opuestas) y el camino enroscado que lleva al nuevo pueblo de La Poma, urbanización que hay que cruzar para alcanzar la vieja Poma.



El viejo pueblo de La Poma, que colapsó por un terremoto en 1930, se conserva a salvo casi como un fósil, del color rojo apagado de los fósiles, una miniatura delicada de encanto crudo y primitivo. Dicen que un grupo de japoneses quiso comprar el pueblo entero y que los propietarios no quisieron entregarlo. Se entiende: el campanario doble, los restos de las casas de adobe y las calles adornadas con la simplicidad espartana de la puna no tienen precio. Su locación es en sí una ventaja ganada al desierto, y por ello es mejor traer un tentempié, caminar el pueblo, observar la fina arquitectura de madera de cardón y tortas de barro, y luego sentarse a la sombra de los pocos árboles de la plaza a disfrutar de la infinidad de colores minerales y la vista de la finca de doña Eulogia Tapia, ya un nombre de leyenda que se canta en zambas.



En las cercanías, allí donde se multiplican los lirios salvajes, se adivina el camino que hay que bajar a pie (por un desfiladero agudamente inclinado) y que conduce al Puente del Diablo, un conjunto de túneles naturales sobre el río de cuyos techos, si la corriente es baja y se puede acceder, penden estalactitas que crean un entorno de puro misterio. Y un poco más allá, tras una caminata breve, se encuentran los graneros incaicos, de más de 500 años de antigüedad, cavados en la roca, prácticamente intactos: un puñado de silos tallados en la piedra y aderezados con pinturas rupestres, que hacen pensar en las empresas de otros tiempos.



Seclantás y Molinos



Siguiendo la RN40 al sur, a 12 km de Cachi se halla Puerta de la Paya, capital de los chicoanas (flecheros), un paraje con hostería ( La Paya), ubicado en el sitio arqueológico de Casa del Inca, desde donde el camino comienza a descender y verdearse paulatinamente. Apenas otros 12 km más adelante, al cruzar el puente sobre el río Calchaquí se ingresa a El Colte, desde donde se abre el Camino de los Artesanos, una larga calle sinuosa poblada con 18 casas/puntos de venta de los más refinados tejidos de toda la provincia. Es allí, bajo los techos de caña hueca y pastos colgantes, que trabajan artistas como el Tero Guzmán (ponchero de Los Chalchaleros) o Eduardo y Esther Choque. Con maniobras a la vez precisas y secretas animan telares enormes, de manera que la lana de oveja y llama que ellos mismos procesan desde la esquila hasta el teñido artesanal, se convierta en ponchos, chales, bolsos, cintos y chuspas únicos, apreciados en el mundo entero.



Un poco más al sur, y con las cordilleras del Churcal y del Brealito a izquierda y derecha, se llega a la siguiente parada: Seclantás, un pueblito pintoresco y muy bien cuidado, con la nueva posada El Capricho, un par de comedores, una plaza de árboles altos, una iglesia que data de 1835 (con una notable decoración que mezcla el estilo ingenuo, la impronta cusqueña y algunos detalles de cuño florentino), y la particularidad que representa la capilla de la familia Díaz, sobreelevada, de frontispicio rosado tenue y, adentro, pinturas sencillistas que semejan un trompe-l'oeil de salón principesco.



Hacia el sur, y tras atravesar varios campos productivos y las ruinas del molino de El Churcal (ver LUGARES 98) se arriba a Molinos.

El pueblo, más extenso que los otros, es un muestrario de esquinas sin ochava y viejos edificios de comercios y servicios mantenidos en un tiempo lejano y cercano a la vez. La población, más numerosa, es de raigambre colonial: de herencia y trabajo. No faltan la plaza central con su vallado bajo, la iglesia parroquial de dos campanarios y cúpulas redondas (erigida en 1639, con un balcón al frente), el correo (con el cartel de Encotel) y la orilla del río (Humanao), pero el conjunto aquí tiene un carácter distinto del resto. Será la piedra roma de las calzadas, o el hacer constante de su gente. O será que este pueblo se siente el rey del valle, y eso se siente. Por lo que fuere, Molinos tiene un donaire que invita a andar, detenerse, escuchar el silencio y observar las líneas del horizonte de los techos de tejas y de paja, y volver a andar las calles largas que se cortan abruptas y se siguen todavía más largas. Como inmerso en un remanso en que respirar muy hondo, al amparo de una buena estrella: la Hacienda de Molinos. Esta casa histórica, devenida primero Hostal Provincial y hoy hotel, brinda alojamiento del más puro estilo salteño, sin apartarse de los estándares de lujo buscados por los turistas extranjeros.



La Hacienda ocupa la sala de la antigua Hacienda Calchaquí de San Pedro Nolasco de los Molinos: data del siglo XVIII y conserva los muros de más de un metro de espesor. Después de una larga obra, el hotel reabrió con 18 habitaciones distribuidas en dos patios españoles bordeados de galerías con columnas azuladas: las de adelante entorno a un molle del tamaño de un ídolo, las de atrás asomadas a los rosales blancos y las lavandas, próximas a la piscina desde donde se ve el Nevado de Cachi, las sierras y los cielos que de noche se cruzan con estrellas fugaces.



Hay múltiples espacios para reunirse, conversar o leer al calor del fuego y en compañía de libros y objetos de arte, un bar que asemeja un viejo despacho de bebidas, un comedor de dos alas (con un muy recomendable servicio de cocina), y un Museo con piezas prehispánicas halladas en la zona, más otras 50 de la colección más completa del país (la de Matteo Goretti), que se exhiben en el área de recepción, de manera de integrarlas a la experiencia del lugar. La atención y el ambiente son amables y sin impostura, justo reflejo de su creadora, Cecilia Patrón Costas (prima de Diego de La Merced del Alto). Tras la travesía bella e intensa por igual, el pueblo, la Hacienda, las lagunas y cuevas que los rodean y el criadero de vicuñas Coquena tienden su manto de feliz reposo, antes de emprender el regreso al punto de partida.



Km 0



Salta la linda, la que siempre da la bienvenida: ¿cómo no volver a ella?

Además de la múltiple (y en crecimiento constante) oferta hotelera, y de los muchos paseos posibles, de placer y de compras, merece un aparte la visita al Museo Arqueológico de Alta Montaña. No podría haber actividad mejor para cerrar este viaje. El que no lo conoce se asombrará del excelente criterio curatorial con que se exhiben las piezas y las momias, y el que lo conoce podrá apreciarlo con la mirada fresca y todavía impregnada de lo visto y aprendido recién. Aquí están, precisamente, las huellas remanentes de la organización social que ocupó la zona de Santa Rosa de Tastil, el Potrero de Payogasta y los Graneros de La Poma (el camino que se acaba de andar) antes de, y hasta, el siglo XV. Así, al fin, se puede entonces volver a casa. Con un tesoro portátil: lo vivido.





Por Bárbara Belloc

Fotos de Vera Rosemberg



Publicado en Revista LUGARES 144. Abril 2008.

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